Mujeres que tejen con hilos de identidad

Autor: Mónica Argueta – IG: monyyy.tz – Editorial: youngfortransparency@gmail.com

En los mercados de Chichicastenango, en los patios de tierra de Santiago Atitlán, en las laderas neblinosas de Nebaj y muchos más sitios de Guatemala, miles de mujeres indígenas se sientan frente al telar de cintura y con sus manos forjan piezas llenas de resistencia y con una voz silenciosa. Guatemala es un país con una riqueza textil que sitúa en el centro a la mujer indígena, cuyo labor se presume como parte de las tradiciones, pero silencia el esfuerzo con el que se obtiene. Son las mujeres pertenecientes a las comunidades K’iche’, Q’eqchi’, Kaqchikel, Q’anjob’al, Poqomchi’, Achi, Tz’utujil, Ch’orti’, Ixil, entre otras, quienes sostienen viva una de las expresiones artísticas más complejas y simbólicas del país.

El telar de cintura es el instrumento ancestral que ha acompañado a varias mujeres desde niñas. Desde la infancia muchas aprendieron observando a sus madres y abuelas. No había un manual escrito, pues la enseñanza de este arte es oral, visual y táctil. Se transmite en el silencio de la convivencia cotidiana, en la corrección de una mano mayor que guía a una más pequeña. Cada comunidad tiene su propio lenguaje visual; los colores, las figuras geométricas, los animales y los elementos naturales bordados en huipiles son un sistema de comunicación. Como un quetzal puede simbolizar libertad, ciertos patrones cumplen el papel de identificar a una mujer de un municipio específico siendo el hilo el protagonista que narra toda una historia. Quien sabe leer un textil, lee una historia.

Sin embargo, este arte monumental vive en condiciones de profunda desigualdad. La mayoría de las tejedoras trabaja sin ningún tipo de protección laboral, seguridad social ni reconocimiento institucional. Sus piezas, que pueden tardar semanas o meses en completarse, se venden con frecuencia a precios irrisorios en mercados locales o a intermediarios que las revenden multiplicando su valor en mercados internacionales o tiendas de artesanías para turistas. La brecha de ganancia entre una tejedora y una tienda orientada a turistas es injusta. A esto se suma que el trabajo textil rara vez es contabilizado como actividad económica productiva. Para la percepción popular, muchas tejedoras simplemente «no trabajan». La invisibilización es más fuerte todavía, como mujer, como indígena y como tejedora.

A pesar de todo, las mujeres tejedoras no han cedido. Al contrario, en los últimos años han comenzado a organizarse. Colectivos como el Movimiento Nacional de Tejedoras y diversas cooperativas de mujeres artesanas han logrado acceder a mercados más justos, capacitarse en costos de producción y negociar directamente con compradores nacionales e internacionales. Algunas han llevado sus textiles a ferias en Europa y Estados Unidos, donde se ha logrado ver la magnitud de lo que crean. Del mismo modo, hay una nueva generación de mujeres jóvenes que reivindica el textil como identidad activa. Lo usan, lo exhiben y lo defienden frente a la apropiación cultural, fenómeno que se ha vuelto cada vez más frecuente con marcas que copian diseños indígenas sin crédito ni compensación.

Cualquiera de estas piezas es un archivo vivo que contiene la visión del mundo de una comunidad, la memoria de sus antepasadas y la afirmación de que esa cultura sigue en pie. Cada vez que una mujer se sienta al telar, está haciendo algo más que tejer: está diciendo aquí estoy, aquí hemos estado siempre. Guatemala le debe mucho a esas manos, le debe reconocimiento, precio justo, derechos y, sobre todo, escucha. Porque en cada hilo hay una historia que merece ser contada y valorada bajo sus propios términos.

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