Por: Marolen Martínez
Hoy, al terminar de almorzar, me di ese pequeño momento de ocio que tanto disfruto: sentarme a leer las noticias globales del día. Y no pude dejar pasar lo que esta mañana se dio a conocer a nivel mundial: los resultados de las pruebas PISA 2025, y con ellos, la noticia de que Guatemala quedó de último lugar en toda América Latina. No pude quedarme solo con el dato. Hice lo que más me apasiona: escribir. Hoy te invito a leer, a compartir y a reflexionar. Y si hay que tomar acciones —en casa, en el trabajo, en la vida— hay que hacerlo. Porque cada uno de nosotros somos ciudadanos responsables.
Un país que retrocede
Apenas el 8% de nuestros adolescentes alcanzó el nivel mínimo de competencia en matemática, el 17% en lectura y el 21% en ciencias. En comprensión lectora tuvimos el retroceso más pronunciado de toda la región: 37 puntos menos que en 2022. Como referencia, 20 puntos equivalen aproximadamente a un año completo de aprendizaje.
Las cifras duelen. Como sociedad, la primera reacción suele ser la misma: señalar al Ministerio de Educación, al sindicato de maestros, a la falta de presupuesto, a la infraestructura deficiente. Todo eso es real, y no pretendo minimizarlo. Pero hay una pregunta que casi nadie se hace en voz alta: ¿qué estamos haciendo nosotros, los adultos, los padres, en casa?
Costa Rica: la diferencia está en la prioridad
Vale la pena mirar a Costa Rica como referencia cercana. No es un país perfecto —también está por debajo de los promedios de la OCDE—, pero es el sistema con mejor desempeño de Centroamérica. Logró mantener sus resultados, e incluso mejorar en ciencias, ampliando al mismo tiempo la cobertura de secundaria hacia poblaciones antes excluidas. Costa Rica demuestra que sí es posible crecer en cobertura sin sacrificar calidad, cuando existe una apuesta sostenida —de país, de escuela y de familia— por la educación. La diferencia entre Costa Rica y Guatemala no es solo de presupuesto: es de prioridad colectiva.
Los que ya no están en el aula
Hay otro dato que no podemos ignorar: cada año, decenas de miles de adolescentes guatemaltecos ni siquiera llegan a presentar una prueba como PISA, porque ya no están en la escuela. Solo en 2021, casi 187 mil niños y adolescentes inscritos no concluyeron el ciclo escolar. Las razones son conocidas: pobreza, trabajo infantil, embarazo adolescente, migración, violencia. Cada uno de esos jóvenes que deja de estudiar es una historia interrumpida, un talento que no llegamos a conocer. No podemos hablar solo de qué tan bien leen o calculan los que sí llegaron a la prueba; también tenemos que hablar de los que ya no están en el aula para intentarlo.
La responsabilidad empieza en casa
Es fácil sentir que el problema nos rebasa, que es demasiado grande, demasiado institucional, demasiado ajeno a lo que un padre o una madre puede hacer desde su casa. Pero la educación no ocurre solo entre las cuatro paredes de un aula. Ocurre —o deja de ocurrir— en la mesa donde se conversa después de la cena, en el tiempo que le damos a un hijo para que nos cuente su día, o en el celular que le entregamos para que «no moleste». Ocurre también en si lo vemos leer un libro alguna vez, o si solo nos ve a nosotros con la mirada perdida en una pantalla.
Algo tan sencillo como leerle un cuento a un hijo antes de dormir —ese ritual que muchos hemos dejado de practicar por cansancio o por falta de tiempo— es, en realidad, uno de los actos más poderosos que existen para formar un cerebro lector, curioso y capaz de imaginar. No es un lujo ni un gesto anticuado: es la base sobre la que se construye todo lo demás.
Cuando delegamos toda la responsabilidad educativa al sistema, le estamos pidiendo a la escuela que haga, en pocas horas al día, lo que solo puede construirse con constancia en el hogar: el hábito de leer, la curiosidad por preguntar, la disciplina de terminar lo que se empieza, el respeto por el esfuerzo. Ningún maestro, por más vocación que tenga, puede compensar solo lo que no se siembra en casa.
No se trata de culpa, se trata de responsabilidad. La diferencia es que la culpa paraliza y la responsabilidad moviliza. Como madre, como guatemalteca, como parte de un país que necesita adolescentes capaces de pensar, cuestionar y construir futuro, creo que este es el momento de mirarnos también a nosotros mismos. No dejemos que lo externo —las crisis, las noticias, las carencias del sistema— sea más grande que nuestra responsabilidad como seres humanos llamados a ser únicos, excelentes e irrepetibles. Cada niño que hoy entra a un kinder en Guatemala trae consigo ese potencial irrepetible; lo que hagamos o dejemos de hacer en esos primeros años determinará si ese potencial se despliega o se apaga en el camino.
Sembrar desde el kinder
Exijamos al Estado que invierta en educación, maestros mejor formados y mejor pagados, y políticas que retengan a los adolescentes en la escuela. Pero mientras eso llega —y en Guatemala sabemos que las reformas institucionales toman años— hay algo que sí está en nuestras manos hoy: sentarnos con un hijo a leer diez minutos, preguntarle qué aprendió, apagar la televisión durante la tarea, modelar con el ejemplo que aprender vale la pena.
La transformación real de un país no empieza en la universidad ni en el primer empleo; empieza en el kinder, en la mesa de la casa, en el cuento de las ocho de la noche. Si sembramos bien desde esa edad, cuando esos niños lleguen a las aulas universitarias y a sus primeros trabajos, podremos por fin visualizar un país distinto. Los resultados de PISA no son solo un diagnóstico del sistema educativo: son un espejo de lo que estamos —o no estamos— sembrando en nuestros hogares. Y ese espejo, aunque incómodo, es el que con más urgencia necesitamos mirar.
Aprovecho y te dejo este enlace si consideras que te puede ser de utilidad. Seminario web «PISA 2025 en América Latina: aprendizajes, desigualdades y desafíos para las políticas educativas» https://www.cepal.org/es/eventos/seminario-web-pisa-2025-america-latina-aprendizajes-desigualdades-desafios-politicas
