¿Ya llegó Navidad?

Todavía no terminamos de vivir el año, y ya nos venden diciembre

Por: Marolen Martínez

Septiembre apenas comienza y, sin embargo, camino por los pasillos de un supermercado y me recibe un pino artificial, luces intermitentes y esferas rojas apiladas a todo lo necesario para fiestas patrias. Todavía no izamos la bandera del 15 de septiembre, el desfile. Ni siquiera las y los estudiantes han cerrado su último bimestre. Todavía no nos sentamos, como cada año, a saborear el fiambre, la quema del diablo, la marimba de fondo en cada fiesta patronal. Y ya nos están vendiendo Navidad.

No es nostalgia ni resistencia al cambio. Es una pregunta legítima que como mujeres de negocios, como consumidoras y como madres, deberíamos hacernos en voz alta: ¿qué perdemos cuando la voracidad comercial nos adelanta las estaciones del alma?

¿Qué perdemos cuando adelantamos las estaciones del alma?

Cada etapa del año tiene su propósito. Septiembre es identidad: es el mes en que Guatemala se pone azul y blanco, en que recordamos —o deberíamos recordar— qué significa ser independientes, no solo como país, sino como mujeres que construimos negocios, hogares y proyectos de vida con autonomía. Octubre y noviembre cierran ciclos: el año escolar concluye, los presupuestos se revisan, los equipos evalúan resultados, las familias respiran antes del último tramo del año. Y diciembre, cuando por fin llega, tiene sentido precisamente porque llegó a su tiempo: es la recompensa de haber transitado las etapas anteriores, no un consumo anticipado que nos roba la posibilidad de vivir el presente.

Cuando una empresa decide llenar sus estanterías de Navidad desde agosto, no está celebrando nada; está monetizando nuestra ansiedad. Sabe que, si logra instalar la idea de que “ya casi es Navidad” con suficiente anticipación, activará compras impulsivas, comparaciones de precios prematuras, y esa sensación —tan rentable para el comercio y tan costosa para nuestra salud financiera y emocional— de que siempre vamos tarde, de que siempre falta comprar algo más.

No se trata de satanizar la Navidad

Y aquí quiero ser clara: no se trata de satanizar la Navidad ni el comercio. Yo amo la Navidad. Como empresarias, sabemos que toda temporada alta sostiene empleos, ventas y economías familiares enteras. El problema no es que existan las ofertas navideñas; el problema es la voracidad de adelantarlas al punto de arrebatarnos las etapas intermedias, de borrar el mes patrio, el cierre de ciclo escolar, el descanso necesario, para imponernos una sola narrativa de consumo que dura cuatro meses en lugar de cuatro semanas.

Vivir cada etapa con intención: un acto de liderazgo

Como mujeres de negocios tenemos, además, una responsabilidad doble. Somos consumidoras, sí, pero muchas de nosotras también somos quienes deciden qué mercadería sale a los anaqueles, qué campaña se lanza y cuándo. Tenemos la oportunidad —y me atrevo a decir, la obligación ética— de preguntarnos si nuestras propias decisiones comerciales respetan el tiempo de nuestros clientes, o si simplemente estamos replicando la misma prisa que después, como consumidoras, nos indigna.

Vivir cada etapa con intención es, en el fondo, un acto de liderazgo personal. Es decidir que septiembre se vive como septiembre: con memoria histórica, con orgullo de identidad, con la pausa necesaria antes de octubre. Es permitir que octubre y noviembre cumplan su función de cierre, de balance, de agradecimiento por lo logrado. Y es, finalmente, llegar a diciembre no exhaustas ni endeudadas, sino con la capacidad intacta de disfrutarlo, porque no nos lo vendieron tres meses antes de tiempo.

Este año, antes de dejarnos arrastrar por la marea de renos y luces que ya asoma en los pasillos, hagamos una pausa. Celebremos septiembre. Cerremos con dignidad el ciclo escolar y el año que aún no termina. Y cuando de verdad llegue diciembre, que llegue como regalo, no como otra factura más de un consumismo que empezó demasiado pronto.

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