¿Y si lo que vemos todos los días también es trata?
Autor: Linda Alay Medina – Instagram: @lindamedina__ Editorial: youngfortransparency@gmail.com
Hay personas muy astutas. Saben manipular, engañar y aprovecharse de las necesidades de las y los demás. Ven la pobreza, la soledad, la falta de oportunidades o el deseo de salir adelante como una oportunidad para hacer dinero. Así funciona la trata de personas.
Todos los días aparecen ofertas de trabajo en Marketplace o en WhatsApp prometiendo buenos sueldos y empleos «fáciles». También hay hombres que enamoran a mujeres, les prometen una vida mejor, o como solemos decir: “el sol, la luna y las estrellas”. Lo que nunca dicen es que detrás de esas promesas puede esconderse una red de trata. Hay mujeres que por confiar en esta “persona maravillosa”, terminan siendo explotadas sexualmente.
Y hay algo que me sorprende cuando reflexiono de este tema. Lo más duro de la trata, y lo que la diferencia de otros delitos como el tráfico de drogas, es que la droga se vende y se consume una sola vez. Pero en la trata de personas el «producto» es un ser humano. Una mujer, una niña o un niño pueden ser explotados una y otra vez. Hay víctimas que son obligadas a soportar hasta veinte agresiones sexuales en un solo día. Pensarlo duele e incómoda, pero más duele saber que sucede y puede estar más cerca de lo que creemos.
También hay formas de trata que hemos aprendido a ver como si fueran normales.
Nos parece normal que una adolescente de 12, 13 o 15 años de otros departamentos del país llegue a trabajar a la ciudad en una casa por Q700 o Q1,200 al mes, porque «se le da dónde dormir y qué comer». Nos parece normal ver a niñas y niños pidiendo dinero en los semáforos o en las calles sin preguntarnos quién los puso ahí o quién recibe ese dinero. Muchas veces no es casualidad. Muchas veces también es trata de personas.
Y creo que ahí está el verdadero problema, hemos normalizado la explotación.
Por eso, cuando hablamos de trata, casi siempre pensamos en las víctimas. Y sí, debemos acompañarlas, protegerlas y apoyar a las personas sobrevivientes para que puedan reconstruir su proyecto de vida. Pero también debemos poner el foco en quienes hacen negocio con el cuerpo y la vida de otras personas. Porque nadie explota a otra persona por accidente. Lo hace porque cree que puede sacar provecho de ella.
Vivimos en una sociedad capitalista, que nos enseña a ser individualistas, a pensar primero en nosotros y a medir el valor de las personas por el dinero que tienen o por lo que producen. Cuando esa forma de pensar se junta con el patriarcado, el clasismo y el racismo, aparecen ideas muy peligrosas, como la ideología supremacista, que dice que hay personas que valen más que otras y que, por ello, tienen derecho a controlar, dominar, explotar o tratar a las demás como si fueran objetos.
Muchas personas, sin darse cuenta, reproducen estas dinámicas a través de prácticas laborales, hábitos de consumo o formas de relacionarse con quienes consideran «inferiores». Otras sí saben plenamente y actúan motivadas por la ambición al dinero y el poder.
Realmente espero que podamos comprender que todas las personas, independientemente de su color de piel, de si provienen del área rural o urbana, de su país de origen, su edad, su orientación sexual o cualquier otra condición, tenemos la misma dignidad.
Que aprendamos a mirarnos como iguales, con el convencimiento de que todas las personas merecemos condiciones dignas para vivir. Que el odio y la división que algunos grupos promueven son caminos que debemos dejar atrás, ya que sólo fortalecen a quienes lucran con la vida de otras y otros, y que sea la justicia la que guíe nuestras acciones.
Este 30 de julio se conmemora el Día Mundial contra la Trata de Personas, por eso, traer a la reflexión este delito, nos ayuda a prevenirlo y dejar de normalizarlo.