Por: Marolen Martínez
Las arquitectas del cambio territorial en Guatemala
En el corazón de las comunidades rurales de Guatemala, una revolución silenciosa pero poderosa está tomando forma. Las mujeres cooperativistas no solo están transformando sus propias vidas y las de sus familias, sino que se han convertido en las verdaderas arquitectas del cambio territorial, construyendo puentes entre generaciones y sembrando las semillas de un futuro más próspero y equitativo.
Esta reflexión surge de mi participación en el seminario organizado por INACOP en el marco del Año Internacional de las Cooperativas 2025, declarado por la ONU bajo el lema «Las cooperativas construyen un mundo mejor«. La Comisión Nacional Organizadora del Año Internacional de las Cooperativas, integrada por CONFECOAC, CONFECOOP, Cooperativas Independientes e INACOP, impulsa este tipo de eventos como parte del plan nacional de celebraciones cooperativas, con el objetivo central de fortalecer el liderazgo femenino y juvenil como motor de transformación del movimiento cooperativo guatemalteco en su conjunto.
Tuve el honor de ser invitada como parte de COOICOM – Cooperativa Integral de Medios- a compartir mis reflexiones sobre «Mujeres cooperativistas como agentes de cambio territorial» con un grupo extraordinario de líderes cooperativistas, una experiencia que me permitió constatar de primera mano la fuerza transformadora que estas mujeres representan para Guatemala.
El poder oculto de la cooperación femenina

Cada mujer cooperativista es como una semilla de cambio, pero no cualquier semilla. Son semillas cooperativas que crecen mejor cuando están juntas, se fortalecen en comunidad y tienen el poder de transformar no solo un terreno, sino todo un territorio completo. Los números hablan por sí solos: en Guatemala, las mujeres representan el 60% de la membresía cooperativa rural, y las cooperativas lideradas por mujeres reinvierten el 90% de sus ganancias en la comunidad. Más impresionante aún, los territorios con mayor participación femenina cooperativa reducen la pobreza tres veces más rápido que aquellos donde esta participación es limitada.
Una mujer cooperativista capacitada impacta en promedio a doce personas directamente, las mujeres líderes cooperativas incrementan la participación juvenil en un 40%, y los proyectos liderados por mujeres tienen 85% más probabilidad de sostenibilidad a largo plazo. Estos datos no son meras estadísticas; representan vidas transformadas, comunidades revitalizadas y territorios en proceso de cambio estructural.
El desafío generacional: construyendo puentes hacia el futuro
Una de las misiones más críticas de las mujeres cooperativistas actuales es la construcción de un legado generacional sólido. La historia cooperativa guatemalteca puede contarse a través de tres generaciones: la abuela que sobrevivió y resistió en tiempos difíciles, la madre que cooperó y prosperó construyendo las bases del movimiento cooperativo, y ahora la hija, quien tiene el potencial de liderar y transformar completamente el panorama territorial.
Sin embargo, existen brechas significativas que deben ser atendidas con urgencia. Solo el 23% de mujeres jóvenes entre 18 y 25 años participan activamente en cooperativas, mientras que el 67% de los cargos directivos están ocupados por mujeres mayores de 40 años. Además, el 45% de mujeres cooperativistas jóvenes no tienen acceso a tecnologías cooperativas modernas, lo que limita su potencial de innovación y liderazgo.
Para cerrar estas brechas, las líderes cooperativistas están implementando estrategias innovadoras como el programa «Madrina Cooperativista», donde una líder experimentada acompaña a una joven por doce meses en un proceso de mentoría integral. Los círculos de sabiduría, reuniones mensuales donde se comparten experiencias y conocimientos, están creando espacios de aprendizaje intergeneracional genuino. Los proyectos conjuntos, donde jóvenes y experimentadas trabajan como socias en igualdad de condiciones, están demostrando que la combinación de experiencia e innovación genera resultados extraordinarios.
Liderazgo preventivo: la clave de la transformación sostenible

El verdadero liderazgo no consiste en resolver problemas después de que aparecen, sino en evitar que se conviertan en crisis. Las mujeres cooperativistas están adoptando un enfoque de liderazgo preventivo que abarca cuatro dimensiones fundamentales: económica, social, ambiental y organizacional.
En la dimensión económica, están implementando estrategias de diversificación productiva antes de las crisis de precios, estableciendo fondos de emergencia cooperativos, manteniendo programas de capacitación continua en nuevas oportunidades de mercado, y forjando alianzas estratégicas preventivas que fortalecen su posición competitiva.
La prevención social se manifiesta en programas de retención juvenil diseñados antes de que ocurra la migración masiva, sistemas de resolución temprana de conflictos internos, iniciativas de fortalecimiento del tejido social comunitario, y programas integrales de prevención de violencia de género que abordan las causas estructurales del problema.
En el ámbito ambiental, están adoptando prácticas sostenibles antes del agotamiento de recursos, implementando estrategias de adaptación al cambio climático, desarrollando programas de conservación de suelos y agua, e invirtiendo en energías renovables cooperativas que garantizan su autonomía energética.
La prevención organizacional incluye la planificación de la sucesión de liderazgo, la actualización constante de estatutos y reglamentos, la implementación de sistemas robustos de transparencia y rendición de cuentas, y la adopción gradual de innovación tecnológica que mantiene a las cooperativas a la vanguardia.
Para operacionalizar este liderazgo preventivo, muchas cooperativas están adoptando la metodología RADAR: Reconocer señales tempranas, Anticipar escenarios futuros, Diseñar estrategias preventivas, Actuar con tiempo suficiente, y Revisar y ajustar continuamente. Esta herramienta práctica está permitiendo a las líderes cooperativistas tomar decisiones informadas y oportunas que previenen crisis y maximizan oportunidades.
El impacto territorial: de lo local a lo regional
El verdadero poder transformador de las mujeres cooperativistas se evidencia cuando su impacto trasciende las fronteras de sus organizaciones y comunidades inmediatas para generar cambios territoriales profundos. Este impacto opera en tres niveles interconectados que se refuerzan mutuamente.
A nivel interno, dentro de las cooperativas, se está produciendo un fortalecimiento institucional sin precedentes, con innovación constante en productos y servicios, mejoras significativas en la gobernanza, y un crecimiento económico verdaderamente sostenible que beneficia a todos los miembros por igual.
El impacto comunitario se manifiesta en la generación masiva de empleo local de calidad, la transferencia efectiva de conocimientos y tecnologías, la mejora tangible de servicios básicos en las comunidades, y el fortalecimiento integral de la economía local que reduce la dependencia externa y aumenta la resiliencia comunitaria.
Las mujeres cooperativistas guatemaltecas están escribiendo una nueva página en la historia del desarrollo territorial.
A nivel territorial, el impacto más transformador se produce a través de la articulación estratégica con otras cooperativas, la influencia creciente en el diseño e implementación de políticas públicas, la creación de cadenas de valor regionales que benefician a múltiples actores, y el posicionamiento exitoso en mercados nacionales e internacionales que genera divisas y reconocimiento para toda la región.
Casos exitosos como la Red de Cooperativas de Mujeres del Altiplano, que ha generado impacto directo en 45 comunidades, la Cooperativa de Mujeres Productoras de Café, que ha logrado certificación internacional y acceso a mercados de comercio justo, y la Alianza Cooperativa de Ahorro y Crédito Femenino, que ha facilitado la bancarización rural de miles de familias, demuestran que este impacto territorial no es una utopía, sino una realidad tangible y replicable.
El futuro que construimos hoy
Las mujeres cooperativistas guatemaltecas están escribiendo una nueva página en la historia del desarrollo territorial. No se trata simplemente de sobrevivir o resistir, sino de prosperar y transformar. Cada decisión que toman, cada joven que mentorean, cada alianza que construyen, cada práctica preventiva que implementan, está contribuyendo a la construcción de un territorio donde las oportunidades son accesibles, donde el liderazgo es compartido, donde la sostenibilidad es prioritaria, y donde las futuras generaciones encuentran no solo un lugar para crecer, sino las herramientas para seguir transformando.
El territorio que están construyendo no es perfecto, pero es uno donde las semillas del cambio han sido plantadas con sabiduría, cuidadas con dedicación, y están floreciendo con la fuerza transformadora que solo la cooperación femenina puede generar. En este territorio, cada mujer joven sabe que tiene un lugar y una oportunidad de crecer, cada familia tiene acceso a servicios financieros y oportunidades económicas, cada comunidad cuenta con líderes preparadas para los desafíos del futuro, y cada región se beneficia de redes cooperativas sólidas y sostenibles.
Un compromiso colectivo con el cambio

El movimiento cooperativo femenino guatemalteco representa más que una estrategia económica; es un modelo de desarrollo territorial que coloca a las personas en el centro, que valora la sostenibilidad sobre el crecimiento acelerado, que prioriza la equidad sobre la concentración de beneficios, y que construye poder colectivo en lugar de depender de liderazgos individuales.
Una mujer cooperativista empoderada transforma una familia. Un grupo de mujeres cooperativistas empoderadas transforma una comunidad. Una red de mujeres cooperativistas empoderadas transforma un territorio completo. En Guatemala, esa red existe, está creciendo, está innovando, y está generando el cambio territorial más profundo y sostenible que el país haya experimentado.
El momento de reconocer, apoyar y amplificar este poder transformador es ahora. El futuro de Guatemala se está construyendo en las manos expertas y los corazones comprometidos de sus mujeres cooperativistas, y ese futuro luce prometedor, equitativo y próspero para todas y todos.