Por: Marolen Martínez
En cada conferencia que doy a las chicas, hay una frase que siempre repito: no soy Alicia, soy Marolen, y Guatemala es mi país de las maravillas. No necesito atravesar un espejo ni caer por una madriguera para encontrar magia; me basta con abrir los ojos cada mañana y reconocer que vivo en una tierra que asombra, que desafía, que enamora.
Por eso, en este mes de fiestas patrias, quiero escribirle una carta a mi país. No la carta protocolar de quien celebra por costumbre, sino la de quien ha decidido, con los años, amar a Guatemala de una forma más consciente, más honesta, más comprometida.
Una carta desde quien he llegado a ser
Guatemala, tierra que me vio nacer y que sigue llamándome incluso cuando intento alejarme, hoy te escribo desde un lugar distinto: desde la mujer que he llegado a ser, desde la madre que aprendió a amar con profundidad, desde la ciudadana que ya no se conforma con sobrevivir, sino que elige despertar.
Te escribo porque te llevo en la piel. Porque tu silencio me habla. Porque tu dolor me duele. Porque tu belleza me sostiene.
He caminado tus calles, he respirado tus montañas, he sentido el pulso de tus mercados y el abrazo de tu gente. Y, aun así, por años, también cargué tu sombra: la desigualdad, la violencia, la indiferencia, la costumbre de esperar que otros cambien lo que nos toca transformar a nosotros.
Desde la posibilidad, no desde la herida
Pero hoy no quiero hablarte desde la herida. Hoy quiero hablarte desde la posibilidad.
Guatemala, yo creo en ti. Creo en tus mujeres que sostienen hogares, comunidades y sueños sin reconocimiento. Creo en tus jóvenes que, aun sin oportunidades, siguen imaginando futuros. Creo en tus hombres que buscan reconstruirse desde la responsabilidad y la ternura. Creo en tu espíritu que nunca se rinde, aunque la historia haya sido dura.
Yo te elijo. Te elijo con tus contradicciones, con tus luchas, con tus colores. Te elijo porque eres raíz, porque eres memoria, porque eres destino.
Y desde este amor que no se explica, te prometo algo: seguiré trabajando para que seas un país donde las niñas crezcan sin miedo, donde los adolescentes descubran su valor, donde las mujeres sean escuchadas, donde los hombres aprendan a sanar, donde la política sea servicio y no botín, donde la esperanza deje de ser un lujo.
Porque así te he descrito antes, en otras páginas, con otras palabras, que hoy quiero traerte de vuelta:
Recorremos la eterna primavera, este hermoso país, nuestra Guatemala, con la devoción de dos amantes donde el fuego se hace amor y contemplan la hermosa creación divina como peregrinos comprometidos que entregan corazón y pensamientos ante paisajes de verdes y azules que forman parte de una historia ancestral donde se guardan los mejores secretos milenarios, mitológicos, rodeados de magia con aroma a café y cacao. Así, en plenitud, somos amantes acompañados de hermosos volcanes, aguas cristalinas en tonos turquesa o donde el cielo se pierde con los azules de mares y lagos; nos volvemos tiernos idólatras de la miel del amor, teniendo como testigos estrellas y astros, envueltos en textiles de vivos colores con significado, arrullados en la cuna de la cultura Maya, así somos vencedores del más antiguo enigma… ¡el amor! (fragmento introducción 100 kilómetros de pasión)
Guatemala, siempre vuelvo a ti. Y cada vez que vuelvo, me encuentro.
Con amor, pasión, compromiso y fe,
Marolen