¿Está de moda escribir un libro?

Por: Marolen Martínez

Hoy escribo este artículo porque una inquietud insiste en mí: en una época que promete convertirnos en autores en un fin de semana, ¿estamos aprendiendo a escribir o solamente a publicar? Las redes sociales repiten el mismo mensaje: “escribe tu libro en un fin de semana”, “publica en siete días”, “conviértete en autor best seller con inteligencia artificial”. Los cursos de escritura creativa se multiplican como nunca y, con ellos, los libros nacidos de una instrucción tecleada en una pantalla. No me preocupa que existan nuevas herramientas; me preocupa que la prisa nos haga confundir la producción de texto con el acto profundo de escribir. Por eso escribo.

No lo hago desde la nostalgia ni desde una visión de la Edad Media. La tecnología es una aliada valiosa y negarlo sería ingenuo. Lo hago desde una pregunta más honda: ¿qué significa escribir un libro?

Escribir no consiste únicamente en reunir ideas, entregárselas a una máquina y publicar el resultado. Puede surgir un texto, sí, pero un libro con sentido exige algo más: una necesidad de comprender a la sociedad, una pregunta que no nos deja dormir o una hipótesis que sentimos el deber de explorar. Incluso una novela requiere investigación, porque detrás de cada personaje existe un mundo que debe conocerse antes de nombrarlo. Julio Verne pasaba horas entre libros y mapas para que sus viajes imaginarios resultaran creíbles. La imaginación no reemplaza la profundidad: se alimenta de ella.

Pensemos en quienes nos enseñaron lo que es la palabra con alma: Shakespeare, Dumas, Mistral, Neruda, Benedetti, Asturias, García Márquez. Cada uno escribió desde un lugar distinto, pero todos tenían algo en común: habían vivido, observado y sentido lo que decían. Sus páginas respiran porque alguien las respiró antes, no empezaron escribiendo por el dinero que pensaban recibir.

Hoy el mundo corre en un bucle veloz: cuanto más rápido puedo publicar, mayor parece la promesa de obtener impacto financiero. En esa lógica, el libro deja de ser un espacio de búsqueda y se vuelve producto; la autoría deja de ser una responsabilidad y se convierte en etiqueta. El problema no es aspirar a vender, sino permitir que la urgencia por ser visible decida qué merece ser dicho. Cuando la velocidad sustituye a la maduración, quizá publiquemos más, pero comprendamos menos.

He escuchado a personas que me dicen: “Quiero escribir un libro, ¿cuánto me cobra por revisarlo y editarlo?”. Cuando les doy mi tarifa de honorarios, la respuesta suele ser: “La IA me ayuda y lo corrige, y no me cobra”. Y enseguida llega la otra pregunta: “¿En cuánto tiempo puedo tener ganancias? Quiero darme a conocer y ganar dinero con esto”. Nadie pregunta qué quiere decir, a quién le hablará ni qué necesidad quiere atender. Pero un libro no es solo una fuente de ingresos. Es una responsabilidad, porque alguien, en algún lugar, dedicará horas de su vida a leernos.

Por eso creo que debemos recuperar el sentido de escribir para otros. No desde una ley moral que nos imponga una obligación, sino desde un nivel de conciencia más profundo: el de la unidad, el del amor natural que reconoce en el otro a alguien de nuestra misma esencia. Quien escribe desde ahí no pregunta primero cuánto venderá, sino a quién podrá acompañar, qué duda podrá aclarar o qué herida podrá aliviar.

Escribir es un estado de conciencia: una forma de estar presentes ante lo que pensamos, sentimos y provocamos en quien nos lee. Ocurre cuando la mente y el alma se encuentran en nuestras manos, pero también cuando escuchamos, dudamos, investigamos, revisamos y asumimos las consecuencias de cada palabra. Esa disposición no se descarga de una aplicación ni se adquiere en un curso exprés; se cultiva con silencio, lectura, humildad ante la tarea y años de oficio.

Y aquí no hay una condena. La inteligencia artificial puede ayudarnos a ordenar, corregir o investigar. Lo que no puede hacer es vivir por nosotros, sentir por nosotros ni responder por lo que decimos. Esa parte, la que da sentido a un libro, sigue siendo humana.

Si usted siente el llamado de escribir, hágalo. Pero hágalo con tiempo, con preguntas verdaderas y con el deseo sincero de servir. Porque de lo que se trata no es de publicar un libro, sino de dejar una huella que valga la pena leer.

Que escribir sea el disfrute del alma y la respuesta a ese llamado divino que inspira e impulsa; pero también un acto de presencia, humildad y responsabilidad ante los demás. Tal vez entonces el libro deje de ser una meta apresurada y vuelva a ser lo que puede llegar a ser: un encuentro entre una conciencia que se atreve a hablar y otra que encuentra, en esas palabras, compañía y sentido.

Termino este artículo siendo yo, que escribo desde la pasión que me inspira y desde la conciencia del significado de cada palabra que transmito. Por eso no aspiro solamente a publicar: aspiro a que lo escrito sea fiel a lo que pienso, a lo que siento y a la huella que deseo dejar.

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