¿Qué papel vamos a jugar ante las elecciones de 2027?
Autor: Esteban Conde – X: @esteban_j_conde – Instagram: @estebanjose_conde – Editorial: youngfortransparency@gmail.com
Es frecuente cometer el error de entender la democracia como el mero acto de votar y después desencantarse con los resultados, porque no fueron lo que hubiéramos querido. A menudo culpamos a aquellos votantes que tuvieron a bien (o a mal) elegir a personajes oscuros o, al menos, cuestionables. Sin embargo, estamos ante un sistema que facilita la presencia de tales perfiles.
Un sentido más amplio de la democracia nos obliga a pensar que los ciudadanos jugamos un papel en sus procesos y no solo en determinar sus resultados más alienantes.
Quienes nos abstenemos de participar activamente en alguna organización política sí tenemos algunas opciones para participar en el proceso democrático que, ojalá algún día, permita las transformaciones urgentes que este país necesita.
Primordialmente debemos informarnos e informar con honestidad. Reconocer nuestra propia ignorancia con humildad, pero principalmente con la curiosidad y el grado de escepticismo necesario para descubrir aquello que hasta ahora nos es extraño. No es desconfiar de todo lo que se nos presenta, sino acercarnos a ello con ojo crítico y con la disposición a corregir nuestros propios sesgos.
Además, también debemos estar en disposición a comprender cómo funciona el sistema político, que es la herramienta de muchos oportunistas, quienes se aprovechan del desconocimiento de la mayoría para promover intereses personales o sectoriales, que rara vez tienen impacto positivo más allá de los círculos inmediatos del tomador de decisiones.
Por último, considerar los espacios colectivos de construcción de futuro como oportunidades de transformación, sobre todo en los espacios urgentes, no es una cuestión de solo sostener diálogos a modo de catarsis, más bien hablo del ejercicio de imaginar alternativas plausibles y tomar acciones al respecto. Es en la comunidad donde se pueden enriquecer las perspectivas. Siempre habrá quien quiera ser protagonista. Eso es inevitable, sin embargo, ello no elimina la capacidad de tales iniciativas para fomentar transformaciones profundas. Poner temas sobre la mesa, debatir con honestidad, plantear posibilidades, apoyar acciones nobles. Todo eso podemos hacerlo sin la sombrilla de una organización que busca adeptos más que miembros.
La política guatemalteca ha estado permeada por manipulaciones, mentiras, medias verdades y mentiras disfrazadas por mucho tiempo, por lo que poner bajo escrutinio a las autoridades y quienes pretendan serlo debería ser práctica común.
Quizás en cada ocasión hemos interpretado la próxima elección no como la pelea por el futuro, sino por tratar de negar aquello que en el pasado no salió como quisimos. Quizás allí está el error que hemos sostenido en el tiempo. A veces en contra de nuestros propios intereses colectivos.
Debemos entender el sistema también en una clave que nos hemos negado a dar cabida. Las grandes transformaciones requieren grandes cantidades de partidarios que las respalden. Y mantengo mi insistencia sobre el rol determinante del Congreso de la República para encarrilar un tren que siempre ha tenido unas cuantas [muchas] ruedas fuera de su riel. Reformas y novedades son necesarias para mejorar el rumbo, pero en la medida que para hacer una buena acción haya que sacrificarnos con dos o tres malas acciones simplemente agravamos la insostenibilidad del sistema actual.
Nuestras ciudades, nuestras comunidades, nuestros entornos y nuestro país requieren un espíritu de colaboración ordenada que hasta ahora no ha existido. Por ello necesitamos encontrar proyectos coherentes entre sí, que no busquen hacer tropezar unos a otros, sino sacar al país del letargo en que hemos estado. Claramente esto es utópico, pero no por ello deja de ser una tarea pendiente que deberíamos, como país, aspirar a cumplir.
En la medida que esas aspiraciones sean claras, el rol activo de la sociedad en torno al próximo ejercicio electoral podrá tener un mejor impacto. Después de todo, el voto, como se ha podido ver en algunas ocasiones, no tiene precio, pero sí un gran valor.