El padre que se queda

Semana para celebrara papá

Una carta a los hombres que eligen quedarse, a los que no son de sangre pero son de alma, y a las madres que deben recordar que sus hijos también los necesitan.

Por Marolen Martínez

Cada 17 de junio en Guatemala o bien, cada tercer domingo de junio en otros países el calendario nos recuerda que existe el Día del Padre. Para muchas de nosotras ese día activa recuerdos cálidos, para otras activa silencios complejos. Pero hoy quiero hablarle a nuestras lectoras no del padre idealizado de los anuncios, sino del padre real: el que se queda cuando todo invita a irse, el que llega sin apellido biológico y sin pedir reconocimiento, y el que sigue siendo padre aunque el amor de pareja haya terminado.

En lo personal, el Día del Padre tienen gran relevancia y por ello me permito recordarlo a nuestras lectoras. Porque el Día del Padre no debería ser solo una fecha en el calendario. Debería ser un espejo en el que nos miramos todas.

El padre que cría solo

Guatemala no tiene estadísticas oficiales recientes sobre jefatura masculina monoparental, pero basta caminar por los mercados, las colonias, las escuelas, para encontrarlos: hombres que a las cinco de la mañana ya tienen el desayuno listo, que aprenden a trenzar el cabello de sus hijas, que van solos a las reuniones de padres de familia y aguantan las miradas sin que les importe. Son hombres que tuvieron que convertirse en todo.

Hay algo profundamente transformador en un padre que cría a una niña solo. No porque sea heroico —aunque sí lo es—, sino porque ese hombre aprende a hablar de emociones, a poner límites con ternura, a criar desde la vulnerabilidad. Y esa niña crece sabiendo que un hombre puede ser fuerte y delicado al mismo tiempo. Eso es un legado que ninguna herencia económica puede reemplazar.

«Un padre que cría solo a una hija no solo la forma a ella. Le enseña al mundo entero que el amor no tiene género asignado.»

El padre que elige serlo

Existe también ese padre que no aparece en el acta de nacimiento pero aparece todos los días. El padrastro que ayuda con las tareas sin que nadie se lo pida. El abuelo que se convierte en papá porque el papá no está. El tío, el vecino, el mentor. El hombre que un día decidió que ese niño o esa niña le importaba, y no volvió atrás.

La paternidad elegida es, quizás, la forma más pura de querer. Porque no hay biología que la sostenga, solo decisión. Y decidir quedarse, repetidamente y sin aplausos, es uno de los actos más valientes que existe.

Si en tu vida hay un hombre así —para ti o para tus hijos—, llámalo hoy. Dile lo que significa. Esas palabras no se dicen suficiente.

El padre y el divorcio: lo que los hijos necesitan que sepamos

Este es el punto más difícil de este editorial, y lo escribo con respeto pero con claridad: cuando un matrimonio o una relación termina, el conflicto es entre dos adultos. Pero los hijos no eligieron ese conflicto y no deberían pagarlo.

Como mujeres, como madres, tenemos una responsabilidad enorme. Muchas veces el dolor del divorcio —la traición, el abandono, el dinero que no llega, los acuerdos que no se cumplen— se convierte sin querer en una barrera entre nuestros hijos y su padre. Y aunque los motivos pueden ser completamente válidos, el costo lo pagan ellos.

Los hijos que crecen sin la figura paterna —cuando esa figura existe y podría estar presente— cargan con una herida que no siempre saben nombrar. No importa si el padre fue imperfecto. La ausencia forzada también deja marca.

Esto no es un llamado a perdonar lo imperdonable ni a poner en riesgo la seguridad de nadie. Es un llamado a separar con consciencia los pleitos de adultos de las necesidades de los hijos. A preguntarnos: ¿estoy tomando esta decisión por el bienestar de mis hijos o por el dolor que siento yo? Y a tener el valor de responderla con honestidad.

«Quitarle a un hijo la relación con su padre, cuando esa relación no representa un riesgo real, no es un acto de amor. Es un acto de guerra en el que el único herido es quien menos lo merece.»

El Día del Padre de este año es una invitación. A honrar a los que se quedan. A reconocer a los que eligieron amar sin ser llamados papá. Y a cuestionarnos, con valentía y sin culpa, si estamos siendo el puente o la pared entre nuestros hijos y su figura paterna.

Los hijos crecen. Y cuando lo hacen, recordarán quién los dejó querer y quién no.

✦ Reflexión práctica para esta semana

  • Escribe el nombre de una figura paterna significativa en tu vida y hazle saber lo que significa para ti.
  • Si tienes hijos y el padre está presente (aunque no vivas con él), revisa si hay algo que puedas hacer para facilitar esa relación.
  • Si eres padre leyendo esto: gracias. Tu presencia importa más de lo que imaginas.

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