Anahid: la mujer que aprendió a soltar el control para conquistar el liderazgo
Por: Marolen Martínez
La Gerente General del Hospital Herrera Llerandi habla sin filtros sobre maternidad en tres décadas, duelos que la forjaron y el precio —y la recompensa— de atreverse a tener voz.
Anaid, una mujer auténtica, emprendedora, soñadora, apasionada y disciplinada.
Sin duda alguna, hay mujeres que llegan a una posición de liderazgo después de construir un camino prolijo, sin demasiados tropiezos visibles. Y hay mujeres que llegan después de haberlo perdido todo —dos veces— y haber decidido, igual, volver a empezar. Anahid pertenece a la segunda categoría, aunque ella lo cuenta sin dramatismo, con esa serenidad particular de quien ya saldó sus cuentas con el pasado.
Madre de tres hijos nacidos en tres décadas distintas —a los veintes, los treintas y los cuarentas, empresaria, gerente general, mentora y ahora, Mujer del Mes de Revista Mujer de Negocios en un mayo dedicado a la maternidad. No podría haber una portavoz más honesta.
Anahid dirige hoy el Hospital Herrera Llerandi, institución de 62 años de trayectoria que ella está conduciendo hacia una transformación generacional. Pero antes de hablar del hospital, hay que hablar de la mujer. De la que fue becada en la Landívar, entró al mundo bancario a los 23 como jefe de ventas, lo dejó todo por un hospital, construyó una carrera de 28 años en administración hospitalaria, quebró un negocio, perdió un matrimonio y un trabajo al mismo tiempo, sobrevivió cinco años de desierto —sus palabras— y salió del otro lado convertida en la líder que es hoy.
Esta es su historia. Sin paracaídas prestados. Con la voz que aprendió, al fin, a no callar.
Sobre ser madre en tres tiempos
¿Cómo defines quién eres hoy? Soy una mujer, madre de tres hijos, esposa y empresaria. Me gusta definirme como empresaria porque siempre busco ser pionera y emprender en los negocios, actualmente como gerente general mi enfoque es buscar la innovación y el crecimiento del hospital que dirijo, lo siento y lo veo como mi empresa.
Eres madre de tres ¿Cómo es eso de haber sido mamá en momentos tan distintos de tu vida? Fui mamá a los veintes, a los treintas y a los cuarentas. Tengo tres generaciones de hijos. Con el primero quería ser la mamá perfecta, la esposa perfecta, hacerlo todo bien. Cargaba una presión enorme. Con el tercero ya era una mamá experimentada —casi abuela, más liberada—. Fui una mamá más light con él, más tranquila.
| “Renuncié a ser la súper woman hace muchos años. Pedí ayuda y aprendí que eso no es debilidad: es inteligencia.” |
¿Cómo has logrado sostener el equilibrio entre ser madre, esposa y ejecutiva? Al principio uno quiere hacerlo todo perfecto y trae una carga muy fuerte. Pero llega un momento donde dices: necesito ayuda. Para mí la clave ha sido construir mis círculos de apoyo. No lo hago todo yo. Renuncié a ser la súper woman hace muchos años. Tengo a mi esposo, a mis hijos, y tengo a alguien que vive en casa y que es mi brazo derecho, la que carga mi paracaídas todos los días. Así lo he logrado: pidiendo apoyo y entendiendo mis límites.
Sobre los duelos que te forjan

A los 34 años perdiste el trabajo, un matrimonio y te habías quedado sin el negocio que habías montado, todo al mismo tiempo. ¿Cómo se sobrevive eso? Fue un golpe bien fuerte. Yo venía de ser estudiante brillante, de casarme de blanco, de construir una vida que creía que, si hacías las cosas bien, te iría bien. Y todo se me vino al piso. Pasé como un año, lamentándome y cuestionando los por qué, hasta que un día mi mamá me sacudió: «Te tienes que levantar porque tienes dos hijos que dependen de ti». Ese día fue un shock. Hoy veo hacia atrás y me digo: todas esas pérdidas fueron la mejor bendición que me pudo pasar.
¿Por qué bendición? Porque en medio de ese terremoto tuve que buscar entre los escombros y decidir qué me quedaba para empezar a construir algo nuevo. Vendí la casa de mis sueños en ese momento, porque traía recuerdos, y dije: empiezo de cero. Esa fue una de las lecciones más importantes de mi vida: aprender a soltar. Y hubo un momento en que caí de rodillas y le dije a Dios: si me vas a quitar todo, quítamelo. Ahí te lo entrego. Y desde ahí empecé a caminar diferente.
Diez días después de esa caída, te contrataron para crear un hospital desde cero.
Sí. Con todo el miedo del mundo. A mis 34 años, cometí muchos errores. Aprendizaje. Cuando la gente me ve cree que todo ha sido fácil y piensa qué bueno que lo lograste, pero nadie sabe las lágrimas detrás, las quiebras económicas, los cinco años de desierto donde trataba de empezar y no podía. Pero en ese desierto ayudé a formar tres hospitales. La vida no se detuvo, aunque yo sentía que sí.
| “Tienes que superar las lecciones de la vida. Son como tus materias y tienes que ganarlas. No hay forma de saltárselas.” |
También te tocó ser mamá y papá sola durante ocho años. Así es. Me tocó formarlos desde los valores, desde la excelencia, hablarles de todo —incluso de lo que las mamás no suelen hablar. Aprendí a quitarme los tabúes con los que había crecido. Y también tuve que soltarlos, no ser la mamá sombra encima de ellos. Les decía: esta es la mamá que te tocó, aprovéchame. No puedo estar en tu clase de natación los sábados porque me toca trabajar. O te doy la casa y la comida, o te doy natación. Son decisiones. Y les enseñé algo que me parece fundamental: no vivan de apariencias. Lo que tenemos es lo que hay.
Sobre liderar en un mundo de hombres

Llevas 28 años en administración hospitalaria. ¿Cómo llegaste a ser Gerente General del Hospital Herrera Llerandi? Empecé en el área bancaria a los 23 como asistente de mercadeo y llegué a ser jefe de ventas. Pero me casé y busqué algo diferente, encontré en el periódico un aviso de jefe de servicio al cliente en un hospital. Pensé que era una transición temporal. Terminé trabajando 12 años ahí. Desde ese primer hospital entendí que mi vocación era el servicio, la salud. Vi a una señora con cáncer terminal, con un pañuelito, con una paz… y dije: qué bonito es ayudar a una persona a sanar. Desde ahí encontré que ese era mi propósito y se convirtió en mi pasión.
¿Qué encontraste en ese camino que nadie te había advertido? Los techos de cristal. Cuatro veces llegó el momento de un ascenso y cuatro veces trajeron a un hombre para el puesto. Y yo tenía que enseñarle lo que él no sabía. Eso duele. Pero aprendí algo más valioso: que pelearme con eso no me llevaba a ningún lado. En cambio, observé a mis jefes —los que sí llegaban— y me pregunté: ¿Qué tienen ellos que yo no tenga? Son muy mentales, muy objetivos, saben venderse, saben hacer valer su voz. Y ahí empecé a trabajar en eso.
¿Qué significa para ti haber llegado a la Gerencia General de Hospital Herrera Llerandi? Es algo que una vez soñé, para mí el Hospital Herrera Llerandi ha sido siempre el referente de alta calidad médica y ética en Centroamérica, ser la Gerente General significa un gran compromiso y entrega para continuar con el legado que recibí y que debo continuar y hacer lo que esté en mi para mejorar y crecer.
¿Qué consideras que te ayudó a llegar a ser la Gerente General de Hospital Herrera Llerandi? Tomé riesgos que otros anteriormente no tomaron. Fui la que propuso cambiar la imagen de la marca del hospital, modernizarla, atraer a las nuevas generaciones, me esforcé en hacer un trabajo con responsabilidad, transparencia e innovación.
| “Me gustaría ser recordada como la mujer que abrió el camino para que otras, las que vienen atrás, puedan dirigir hospitales. Era un mundo de hombres. Ahora estamos escribiendo un nuevo capítulo.” |
El hospital tiene 700 colaboradores, 80% mujeres. ¿Qué estás haciendo por ellas? Para mí lo primero es cuidarlas, enseñarles su valor. El 90% de nuestras enfermeras son mamás solteras, con cargas enormes. Entonces nos preguntamos: ¿quién cuida a la que cuida? Hemos empezado cursos de autoestima para ellas. Quiero que ellas aprendan su valía. Me encanta empoderarlas.
Sus palabras para las que vienen
¿Qué le dices a las mujeres jóvenes que no se atreven a alzar la voz? Primero: trabajen su amor propio. Su valía no está en sus hijos, en su esposo, ni en lo que han logrado. Está dentro de ustedes. Segundo: ayuden a los demás, aunque no les paguen bien, porque creo en la siembra y en la cosecha. Nada queda oculto. Y tercero —y esto es clave— aprendan de los hombres a venderse. Nadie se va a enterar de tus logros sino te atreves a contarlos. No estén esperando al príncipe que va a venir a rescatarlas y a contarle al mundo lo que valen. Nunca va a llegar. Eres tú. Es tu voz. Y tienes que aprender a poner límites, a decir: esto no me agrada, hasta aquí.
¿Y qué es lo que más cuesta? Dejar de ser complaciente. A las mujeres nos enseñaron a agradar a todos menos a nosotras mismas. Pero para llegar a una posición de liderazgo no se llega complaciendo a todos, porque te va tocar tomar decisiones que no son populares, pero las tienes que hacer. Llegas siendo diferente. Y eso implica encontrar tu autenticidad. ¿Qué eres tú? Solo tu. Yo intenté copiar a mis mentores y no pude. Fui al otro extremo y tampoco. Hasta que dije: hay que encontrar mi yo, mi esencia. Y cuando no tienes miedo de ser lo que eres, ahí está la clave.

Anahid se despide con esa energía que mezcla convicción y calidez —las dos cosas al mismo tiempo, sin que una cancele a la otra. Ha gestionado hospitales, criado hijos sola, enterrado negocios y madrugado más veces de las que puede contar.
Pero lo que más sorprende de ella no es lo que ha logrado. Es lo que ha decidido hacer con lo que ha logrado.
Desde la Gerencia General del Hospital Herrera Llerandi, Anahid gobierna un equipo donde el 80% son mujeres —muchas de ellas madres solteras, muchas cargando mundos invisibles bajo el uniforme. Y ella lo sabe. Porque lo vivió. Por eso no se conforma con dirigir: elige iluminar. Impulsa cursos de autoestima, pregunta quién cuida a la que cuida, y recuerda, cada vez que puede, que el liderazgo verdadero no se mide en el tamaño del despacho, sino en cuántas vidas se transforman a su alrededor.
Hay líderes que suben y cierran la puerta. Anahid subió y la dejó abierta de par en par.
«Me gustaría ser recordada como la mujer que abrió el camino para que otras puedan dirigir hospitales», dijo. Y uno la escucha y entiende que no es una aspiración: ya lo está haciendo. Un curso, una conversación, una enfermera que se mira al espejo con más dignidad que ayer. Así se construye la transformación. Así se escribe, en silencio y en acción, el nuevo capítulo.