El costo invisible del liderazgo femenino

Necesitamos mujeres que no sientan que deben pedir permiso

Autor: Julissa De La Paz – X: @JulyDeLaPaz1 – TikTok: @julydelapaz – Instagram: @_julydelapaz
Email: ingriddelapaz.98@gmail.com – Editorial: youngfortransparency@gmail.com

¿Alguna vez has sentido que, además de hacer bien tu trabajo, también debes cuidar la forma en que cada palabra será interpretada? ¿Te has descubierto suavizando una decisión, justificando una instrucción o agregando una sonrisa para evitar que te consideren «demasiado firme»?

Desde muy temprano aprendemos que se espera de nosotras una combinación difícil de sostener, ser competentes, pero humildes; firmes, pero sin parecer autoritarias; inteligentes, pero sin opacar a los demás. Crecemos con la idea de que liderar sí está permitido, siempre y cuando no incomodemos demasiado.

¿Cuántas veces has pensado dos veces antes de corregir un error? ¿Cuántas veces has reformulado una decisión para que nadie se sintiera ofendido? Incluso cuando una situación exige determinación, muchas terminamos suavizando las palabras, justificando nuestra postura o acompañando cada decisión de una explicación adicional, como si ejercer autoridad necesitara un permiso especial cuando quien la ejerce es una mujer.

Y entonces surge una pregunta que vale la pena hacernos: ¿realmente estamos protegiendo las relaciones de trabajo o, sin darnos cuenta, estamos cargando con una expectativa que pocas veces se exige de la misma manera a los hombres?

Lo curioso es que las mismas características que suelen reconocerse como liderazgo en un hombre como la seguridad para decidir, la firmeza para corregir o la capacidad para exigir resultados. En una mujer pueden convertirse en motivos de crítica. Si marca límites, es «demasiado dura»; si corrige un procedimiento, es «conflictiva»; si mantiene una postura técnica frente a una presión externa, es «inflexible».

Cuando una mujer siente que debe medir cada palabra para evitar ser juzgada, el liderazgo comienza a depender de la aprobación de los demás y poco a poco, las decisiones dejan de responder únicamente al criterio profesional y empiezan a pasar por el filtro de cómo serán percibidas.

Liderar nunca ha significado agradar a todo el mundo, significa asumir responsabilidades, tomar decisiones con la mejor información disponible y responder por ellas, aun cuando no siempre generen consenso. Habrá momentos en los que decir «sí» será sencillo, pero también habrá otros en los que el deber exija decir «no», sostener una postura incómoda o defender una decisión porque es la correcta desde el punto de vista técnico, jurídico o ético.

La amabilidad, por supuesto, sigue siendo una virtud que hace más fácil el diálogo, acerca a las personas y construye confianza. El problema aparece cuando deja de ser una elección y se convierte en una condición para reconocer el liderazgo de una mujer.

Necesitamos mujeres que no sientan que deben pedir permiso para ejercer la autoridad que les fue confiada ni ofrecer disculpas por cumplir con la responsabilidad que asumieron. La legitimidad de un liderazgo no nace de la simpatía que despierta, sino de la integridad, el conocimiento y la coherencia con la que se actúa.

Si hoy ocupas un espacio de liderazgo, no permitas que la necesidad de agradar pese más que la responsabilidad de decidir. Habrá quienes cuestionen tu firmeza, quienes confundan tu convicción con dureza o tu criterio con inflexibilidad, no dejes que esas voces definan la forma en que ejerces tu liderazgo.

Sigue preparándote, sigue estudiando, sigue levantando la mano cuando tengas algo que aportar y continúa tomando decisiones con la tranquilidad de saber que están fundamentadas. No pidas disculpas por ejercer la autoridad que has ganado con trabajo, conocimiento y esfuerzo; la amabilidad puede acompañar al liderazgo, pero nunca debe sustituir al criterio.

Las mujeres no necesitamos demostrar que podemos liderar; lo hacemos todos los días, lo que sí necesitamos es dejar de cargar con expectativas que no se exigen de la misma manera a los demás. Que tu mayor preocupación nunca sea si agradarás a todos, sino si, al terminar la jornada podrás mirarte al espejo con la certeza de haber actuado con honestidad, coherencia y convicción.

Sobre el Autor: Politóloga; Magister en Gestión, Fiscalización y Control Gubernamental. Escritora en @Jxt_gt y Secretaria del Cocode Central Fraijanes.

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