La profesión que sostuvo el mundo cuando nadie miraba
Por: Marolen Martínez
Estudié secretariado hace poco más de 30 años en el Colegio Comercial Guatemalteco, donde escribíamos 120 palabras por minuto en las clases de taquigrafía — y hasta hoy sigo tomando mis notas en taquigrafía, como si esa escritura secreta nunca me hubiera abandonado. Lo digo sin rodeos y con un orgullo que ha madurado con los años. Aún tengo mi máquina de escribir, y este artículo decidí escribirlo en ella. Será que la nostalgia me ha invadido en estos días, al recordar que fue mi papá — quien está por cumplir 20 años de vida eterna — quien, con mucho esfuerzo, me la compró. Sus palabras quedaron grabadas en mí para siempre: «Acá está su machete para que sea una gran secretaria.» Un machete que no corta caña, sino caminos. Y vaya que los cortó.
Hoy, desde el lugar que ocupo, desde los años que llevo observando empresas y organizaciones por dentro, puedo decirlo con toda claridad: me equivoqué al dudarlo. Y el mundo se equivoca, sistemáticamente, cuando subestima esta profesión.
Detrás de cada empresa que funciona, hay una persona que sabe exactamente cómo mantenerla en pie. Y esa persona, con demasiada frecuencia, lleva el título de secretaria.
El 26 de abril, Guatemala celebra el Día de la Secretaria. Y este año quiero que la celebración vaya más allá del pastel y el ramo de flores —aunque también los merecen, y con creces. Quiero que sea una oportunidad de reflexión genuina sobre el valor de esta figura en el ecosistema empresarial, especialmente en un momento en que la automatización y la inteligencia artificial están redefiniendo los roles profesionales.
Lo que una secretaria realmente hace
Cuando alguien que no conoce la profesión desde adentro piensa en una secretaria, piensa en llamadas contestadas y agendas organizadas. Lo que no ve —lo que casi nunca se visibiliza— es todo lo demás.
Una secretaria ejecutiva de alto nivel es gestora de información crítica, guardiana de la confidencialidad, traductora entre jerarquías, amortiguadora de conflictos, administradora de recursos, protocolarista, redactora, coordinadora de proyectos y, en muchos casos, la primera persona que evalúa qué merece la atención del líder y qué no. Es, en términos prácticos, la arquitectura invisible de la eficiencia organizacional.
Eso no lo hace un software. No todavía. Y me atrevo a decir que hay dimensiones de ese rol que ningún algoritmo podrá replicar, porque requieren algo que las máquinas no tienen: criterio humano. Empatía situacional. Lectura del contexto. Discreción.
La tecnología cambia el rol, no lo elimina
Sí, la automatización ha transformado muchas tareas administrativas. Los calendarios se sincronizan solos, las herramientas de IA redactan correos, los sistemas de gestión documental archivan y recuperan información en segundos. Sería irresponsable ignorarlo.
Pero hay una diferencia fundamental entre automatizar una tarea y reemplazar un rol. Las tareas operativas se pueden automatizar. El juicio no. La relación de confianza con el equipo directivo, no. La capacidad de leer una sala, anticipar una necesidad, manejar una crisis con serenidad y representar a una organización con integridad: eso no viene en ninguna actualización de software.
Lo que sí ha cambiado —y es una evolución que la profesión debe abrazar con convicción— es el perfil que se requiere hoy. La secretaria o asistente ejecutiva del siglo XXI es una profesional con manejo avanzado de herramientas digitales, conocimientos de gestión empresarial, habilidades de comunicación estratégica y, sobre todo, la capacidad de convertirse en un aliado de pensamiento para quien lidera. No una ejecutora de instrucciones: una colaboradora de visión.
Un homenaje personal
Cuando pienso en las secretarias que han pasado por mi vida —y por la vida de las empresas que he acompañado— pienso en mujeres extraordinarias. Mujeres que sabían cosas que nadie más sabía. Que resolvían antes de que se pidiera. Que sostenían con sus manos el orden de mundos que habrían colapsado sin ellas.
Pienso también en lo poco que se les reconoció. En cuántas veces su trabajo fue invisible precisamente porque lo hicieron bien: cuando todo funciona, nadie pregunta quién lo hizo posible.
Por eso este día importa. No como gesto condescendiente de los que ‘arriba’ hacia los que ‘abajo’, sino como reconocimiento real, sostenido, de que las organizaciones son tan fuertes como las personas que las sostienen desde adentro. Y que esas personas —las que conocen cada proceso, cada persona, cada detalle— merecen ser vistas, nombradas y valoradas todos los días del año.
La secretaria no es el soporte de la empresa. Es, muchas veces, su columna vertebral.
A todas las que eligieron esta profesión con convicción, a las que la ejercen con excelencia, a las que han modernizado su perfil sin perder su esencia: este día es suyo. Y este reconocimiento, aunque venga en palabras, intenta tener el peso que su trabajo merece.