Autora: Jennifer Paniagua
Hay personas a quienes conocemos por sus nombres, otras por sus historias y unas pocas que, cuando finalmente tenemos la oportunidad de tenerlas enfrente, nos hacen comprender que ninguna palabra escrita sobre ellas será suficiente para describirlas. José Rubén Zamora Marroquín pertenece a estas últimas.
Durante mucho tiempo supe de él a través de los periódicos, las noticias y una historia que Guatemala todavía no termina de comprender. Conocía al periodista que había dedicado buena parte de su vida a investigar el poder, pero hace unos días tuve la oportunidad de conocer al ser humano detrás de aquel nombre que ha ocupado tantos titulares. Descubrí que algunas historias no necesitan grandes escenarios para conmovernos; a veces basta con una conversación y una taza de café.
Zamora tiene una dulzura que sorprende. Habla con la serenidad de quien ha vivido demasiado, con la inteligencia de quien nunca ha dejado de aprender y con esa peculiar capacidad de convertir una conversación cotidiana en una lección de historia, periodismo y vida. Uno puede sentarse frente a él con la intención de hacer algunas preguntas y terminar descubriendo que las respuestas más importantes vienen de aquellas preguntas que nunca pensó formular.
En medio de nuestra conversación me enseñó sus corbatas favoritas, algunos ejemplares físicos de su periódico y hasta me recomendó un té de jengibre. Eran gestos sencillos, pero profundamente entrañables. Frente a mí no estaba solamente el periodista que tantas veces había leído en los titulares, sino un hombre que todavía encontraba alegría en compartir pequeñas partes de su mundo.
Y quizá fueron precisamente esos detalles los que me hicieron pensar con mayor profundidad en todo lo que había vivido.
José Rubén Zamora no llegó al periodismo por casualidad. En 1990 fundó Siglo Veintiuno y seis años después dio vida a elPeriódico, un medio que durante décadas investigó la corrupción, los abusos de poder y las estructuras que han marcado buena parte de nuestra historia. Su trabajo lo convirtió en una figura reconocida internacionalmente, pero también lo expuso a amenazas, agresiones y episodios de violencia que habrían sido suficientes para alejar a muchas personas del oficio.
Su historia, sin embargo, no puede contarse únicamente desde sus logros profesionales.
El 29 de julio de 2022 fue detenido y comenzó uno de los capítulos más difíciles de su vida. En junio de 2023 recibió una condena de seis años de prisión por lavado de dinero, posteriormente anulada por una sala de apelaciones que ordenó repetir el juicio. Mientras los procesos judiciales continuaban, distintas organizaciones internacionales comenzaron a documentar irregularidades y cuestionamientos sobre las condiciones de su encarcelamiento.
En agosto de 2024, expertos de Naciones Unidas denunciaron que Zamora habría permanecido cerca de veinte meses en aislamiento, prácticamente en la oscuridad. También recibieron información sobre privación del sueño, desnudez forzada, registros arbitrarios y la falta de atención ante una infestación de ácaros en su celda. Advirtieron que las condiciones descritas podían constituir tortura. Los informes señalaron, además, un deterioro preocupante de su salud, pérdida acelerada de peso y dificultades en la visión a consecuencia del aislamiento en el que se encontraba.
Intento imaginar lo que significa permanecer durante tantos meses privado de la luz, del contacto humano y de las condiciones más elementales de dignidad. Pienso en el tiempo que transcurre dentro de una celda mientras la vida continúa afuera, en las conversaciones que no pudieron suceder, en los días que nadie podrá devolverle.
En 2024, el Grupo de Trabajo de Naciones Unidas sobre la Detención Arbitraria concluyó que su privación de libertad había sido arbitraria y contraria a las garantías internacionales. Posteriormente, aunque obtuvo medidas sustitutivas, volvió a prisión en marzo de 2025. No fue sino hasta febrero de 2026 cuando recibió nuevamente arresto domiciliario, mientras sus procesos judiciales seguían pendientes.
Resulta profundamente indignante que, frente a procesos judiciales cuestionados por su legitimidad y señalados como espurios, buena parte de la discusión se haya reducido a determinar si José Rubén Zamora debe enfrentar sus procesos dentro o fuera de una prisión. Pareciera que, cuando las pruebas resultan insuficientes para sostener una acusación, el debate deja de centrarse en la responsabilidad penal y se traslada a la permanencia del acusado en prisión, como si la privación de libertad pudiera sustituir la solidez de los argumentos jurídicos.
Hay algo profundamente doloroso en esa historia. No solamente por lo que representa para la libertad de prensa o para el sistema de justicia guatemalteco, sino por lo que significa para una persona concreta. Porque detrás de cada resolución judicial existe alguien que envejece, que extraña, que conserva recuerdos y que no puede recuperar los años perdidos en prisión injustamente.
Y mientras escuchaba a Zamora, me resultaba imposible separar esos antecedentes del hombre que tenía enfrente.
Pensaba en cuánto puede soportar una persona antes de perder la voluntad de compartir lo que sabe. En lo difícil que debe resultar conservar la sensibilidad después de experiencias tan duras. Y, sobre todo, en esa contradicción que tanto me impresionó: descubrir a un hombre que conoce el temor, pero que no ha renunciado al coraje.
A veces construimos una imagen equivocada de quienes admiramos. Imaginamos que son incapaces de sentir miedo, que su fortaleza los vuelve invulnerables y que las experiencias dolorosas les afectan menos que al resto de nosotros, pero el valor no consiste en desconocer el miedo. Su expresión más auténtica aparece cuando alguien comprende perfectamente las consecuencias de sus decisiones y, aun así, procura mantenerse fiel a sus convicciones.
La historia de Zamora, como la de cualquier ser humano, merece ser conocida en toda su complejidad. Lo que sí puedo decir es que pocas veces se encuentra a alguien con semejante disposición para compartir sus conocimientos sin hacer sentir pequeño a quien lo escucha.
En sus palabras encontré fragmentos de una Guatemala que mi generación conoce principalmente por los libros. Escucharlo significaba acercarme a décadas de acontecimientos, decisiones, conflictos y experiencias que ayudan a comprender por qué nuestro país es como es. Había momentos en los que sentía que estaba recibiendo una clase de historia; en otros, que simplemente escuchaba a alguien contar su vida.
Entonces comprendí por qué conocer a Zamora es conocer al mundo.
No porque tenga todas las respuestas, sino porque ha visto demasiado, ha preguntado mucho y todavía conserva la generosidad de enseñar. Cualquier joven dispuesto a escucharlo podría encontrar en él un mentor, alguien que nos recuerde que el conocimiento no sirve únicamente para acumular respuestas, sino también para aprender a formular mejores preguntas.
Salí de aquel encuentro con una mezcla de admiración, tristeza y gratitud. Me impresionó su inteligencia, me dolió pensar en las experiencias que había atravesado y agradecí profundamente la oportunidad de conocer una parte de su vida que ningún titular habría podido mostrarme.
Pero hubo algo que terminó por conmoverme todavía más: cuando hablamos del futuro de Guatemala, encontré que su esperanza estaba depositada en la juventud.
No pude evitar pensar en lo extraordinario de aquello. Un hombre que ha presenciado tantas contradicciones de nuestro país, que ha sufrido las consecuencias de ejercer su profesión y que conoce de cerca las debilidades de nuestras instituciones, todavía encuentra razones para creer en las generaciones que venimos detrás.
Aquella confianza me hizo pensar en la responsabilidad que tenemos quienes apenas comenzamos nuestro camino. No basta con admirar las trayectorias de quienes nos precedieron ni con indignarnos por las injusticias que conocemos. Tenemos también la obligación de aprender, cuestionar, desarrollar nuestro propio criterio y comprender que las transformaciones que anhelamos requieren mucho más que buenas intenciones.
Quizá uno de los regalos más grandes que puede recibir una persona joven es encontrarse con alguien que, después de haber vivido tanto, todavía crea en lo que esa juventud puede llegar a hacer.
Quisiera que, cuando se hable de él, también exista espacio para reconocer al ser humano que hay detrás de su historia. Al hombre que conserva sus corbatas favoritas, que guarda ejemplares de los periódicos que ayudó a construir, que recomienda un té de jengibre y que puede compartir una vida entera alrededor de una taza de café.
Porque las experiencias más difíciles de una persona no deberían terminar por definir toda su existencia, mucho menos cuando todavía tiene tanto conocimiento por compartir.
Y si algo quisiera conservar de aquel encuentro es precisamente esa esperanza que encontró en nosotros. Ojalá algún día podamos demostrarle que tenía razones para creer en la juventud guatemalteca.
Porque después de conocer a Zamora comprendí que hay personas que nos enseñan la historia de un país, pero también nos hacen preguntarnos qué lugar queremos ocupar en ella.