Autor: Linda Alay Medina – Instagram: @lindamedina__ Editorial: youngfortransparency@gmail.com
Queridas mujeres guatemaltecas,
Hoy no quiero escribir una columna de opinión. Hoy quiero escribirles una carta: una carta personal, pero que habla de algo colectivo.
Nacer mujer en Guatemala es una especie de ruleta de la suerte. Dependiendo del lugar donde nacemos, de la familia que nos toca, de las oportunidades que nos rodean, nuestra vida puede ser más agradable que la de otras. Pero, aun con estas diferencias, compartimos algo en común: todas crecemos en un país que nos trata distinto por ser mujeres.
Desde que somos niñas escuchamos frases que nos condenan. A Alisson le dijeron: “¿Para qué vas a seguir estudiando si te vas a dedicar a atender a tu marido y a cuidar hijos?”. A Ester, cuando dio a luz, le dijeron: “Abra las piernas, que para otra cosa sí las abrió”.
No son casos aislados. Todas hemos escuchado testimonios parecidos. Situaciones de una cultura que ha normalizado la humillación hacía nosotras. Con los años aprendemos a cuidarnos más de lo que deberíamos; aprendemos a caminar con miedo -incluso si vamos a comprar tortillas-, a cuidar la ropa con la que salimos, a aguantar el acoso en la calle. Normalizamos relaciones de control, gritos, golpes y violencia.
Mientras todo eso pasa, se nos sigue enseñando que debemos servir. Que debemos cuidar a todo el mundo, especialmente en los días festivos cuando viene la familia. Nos han dicho que nuestras necesidades van en segundo lugar. Que ser “buena mujer” significa sacrificarse siempre.
Nosotras las mujeres guatemaltecas, hemos cargado demasiado. Hemos cargado con la violencia que arrebata a nuestros hijos, hermanos, y padres. Hemos cargado con el dolor de nuestras ancestras, muchas de ellas violentadas sexualmente durante el conflicto armado interno. Llevamos la carga del odio de quienes minimizan nuestras luchas o se burlan cuando exigimos derechos.
Pero también hemos heredado algo más fuerte que el miedo: la capacidad de resistir. Por eso les escribo hoy. Para recordarnos que no estamos solas. Compartimos toda esta historia de complejidades, y también compartimos la historia de lucha, de resistencia y dignidad.
Puedes estar de acuerdo o no con el feminismo, pero, lo que no podemos negar es que necesitamos estar unidas para vivir mejor. Seguimos siendo un país profundamente desigual para las mujeres, y esa realidad no va a cambiar si no la enfrentamos juntas.
Nos merecemos estar bien, vivir bien. Unirnos significa organizarnos con otras mujeres y hablar de estos temas. Quitar esa idea dañina de que “el peor enemigo de una mujer es otra mujer”. Eso es mentira. Porque cuando las mujeres sufrimos, siempre hay otra mujer que nos respalda: la abuela, la madre, la suegra, la hermana, la vecina, la amiga. Nuestra historia está llena de mujeres que levantan a otras mujeres.
El feminismo es una necesidad en Guatemala porque es un movimiento político que hace que podamos vernos y reconocernos como sujetas de derechos. Es el camino que ha permitido impulsar leyes, políticas públicas y presupuestos para nuestros derechos.
Queridas mujeres guatemaltecas, nos merecemos un buen vivir. Creer en nosotras, apoyarnos entre nosotras, celebrarnos entre nosotras. También les escribo pensando en las niñas. En esas niñas que hoy están creciendo y que no deberían sentir que ser mujer en Guatemala es una tortura. Enseñémosles que la igualdad es posible. Que sus sueños no son exagerados. Que sus voces importan.
Hoy les escribo para invitarlas a unirnos en esta lucha que es por y para nosotras. Porque si las mujeres guatemaltecas, de todos los pueblos y territorios, nos uniéramos, la historia cambiaría. Nos faltan muchos derechos por conquistar. Iniciemos hablando con otra mujer de esto, y veremos cómo, poco a poco, seremos cada vez más mujeres luchando por todos los derechos que aún nos falta conquistar.
Con esperanza y convicción,
Una mujer que también lucha.