¿Activismo real o solo indignación digital?
Autor: Gabriela Solorzano – Instagram: @gabrielasolorzano_
Vivimos en la era en la que una historia de Instagram puede convertirse en una denuncia, un video de TikTok puede abrir un debate nacional y un hashtag puede movilizar a miles de personas en cuestión de horas. Nunca antes los jóvenes habían tenido tantas herramientas para expresarse. Sin embargo, también surge una pregunta incómoda: ¿estamos participando más o solo estamos reaccionando más?
En Guatemala, las redes sociales se han convertido en la plaza pública de una generación que informa, cuestiona y opina desde la pantalla de su celular. Según el informe *Digital 2025 Guatemala*, el país cuenta con 11.3 millones de usuarios de internet y 10.4 millones de usuarios activos en redes sociales, lo que representa el 56.1 % de la población. Más aún, el 89.2 % de los guatemaltecos mayores de 18 años utiliza alguna plataforma social. TikTok, Instagram y Facebook se han consolidado como espacios donde se discute desde política hasta derechos humanos y problemas sociales.
Pero la facilidad para expresar indignación no siempre se traduce en participación ciudadana.
La llamada «generación del hashtag» tiene una capacidad extraordinaria para visibilizar causas. Lo vimos durante las manifestaciones ciudadanas de los últimos años, en campañas de solidaridad y en la difusión de denuncias que antes difícilmente habrían encontrado eco. Sin embargo, también hemos normalizado una especie de activismo instantáneo: compartir una publicación, dejar un comentario y sentir que con eso ya cumplimos con nuestra responsabilidad cívica.
La paradoja es evidente. Nunca hemos estado tan conectados y, al mismo tiempo, nunca habíamos mostrado niveles tan altos de desconfianza hacia las instituciones y la política. Datos de Latinobarómetro muestran que el 73 % de los guatemaltecos considera que las personas no dicen realmente lo que piensan cuando hablan de política, una cifra superior al promedio latinoamericano. Esto refleja un ambiente de polarización, cansancio y desencanto.
Quizá por eso muchos jóvenes han sustituido los espacios tradicionales de participación por las redes sociales. Debatimos en X, nos informamos en TikTok y nos indignamos en Instagram. Pero pocas veces damos el siguiente paso: involucrarnos en organizaciones comunitarias, participar en procesos ciudadanos o exigir cambios de manera sostenida.
No se trata de despreciar el activismo digital. Las redes sociales han democratizado la conversación y han permitido que muchas voces, especialmente las de los jóvenes, tengan una influencia impensable hace dos décadas. El problema surge cuando confundimos la visibilidad con la transformación.
Un hashtag puede iniciar una conversación, pero difícilmente cambiará un país por sí solo.
La verdadera participación sigue requiriendo algo que ningún algoritmo puede reemplazar: compromiso, organización y constancia. Porque compartir una publicación es importante, pero construir ciudadanía exige mucho más que un «like».
Tal vez el desafío para esta generación no sea dejar las redes sociales, sino aprender a convertir la indignación digital en acciones reales. Porque un país no se transforma únicamente desde una pantalla, sino desde la voluntad de sus ciudadanos de involucrarse más allá de ella.