La violencia que no sangra pero sí desgarra

Autor: Carolina Hernández Melendrez – Instagram: @_carolhm_ Email: hmcarol1903@gmail.com – Editorial: youngfortransparency@gmail.com

La violencia psicológica destruye sin dejar cicatrices visibles. Durante demasiado tiempo, la sociedad asoció la violencia únicamente con las agresiones físicas; sin embargo, existen formas de maltrato que actúan de manera discreta pero no por ello menos destructiva. De todas ellas, la violencia psicológica contra la mujer es una de las expresiones más frecuentes y, al mismo tiempo, la más invisibilizada de la violencia de género.

Se manifiesta a través de insultos, humillaciones, manipulación emocional, amenazas, control excesivo y conductas destinadas a debilitar la autoestima y la autonomía de la víctima. Vale entonces cuestionarnos: ¿cuántas mujeres de nuestro entorno cotidiano —o inclusive nosotras mismas— hemos sufrido esta forma de violencia sin reconocerla?

Lo que revelan los datos

Los datos del contexto guatemalteco confirman la gravedad del problema. El INE, a través de la Encuesta Nacional de Calidad y Bienestar de los Hogares (ENCABIH) 2024, estableció que el 48.8% de las mujeres guatemaltecas de 15 años o más manifestaron haber sufrido al menos un hecho de violencia a lo largo de su vida. Entre las distintas manifestaciones, la psicológica ocupa un lugar alarmante: el 31.67% de las mujeres reportó haber sido víctima de este tipo de agresión.

Los registros del Ministerio Público refuerzan esa alarma. Durante 2025, se contabilizaron 36,947 mujeres víctimas de violencia en el país, y la violencia psicológica representó aproximadamente el 53% de las denuncias. Sin embargo, estas cifras corresponden únicamente a los casos que lograron ser denunciados. La realidad puede ser mucho más grave: miles de mujeres nunca denuncian por temor a represalias, por dependencia emocional o económica, por vergüenza o porque han sido convencidas de que el maltrato forma parte de la normalidad de un vínculo.

El silencio como cómplice

El silencio impuesto por el miedo se convierte así en aliado de la violencia, ocultando historias que permanecen fuera de los registros oficiales. Frente a esta realidad, la sociedad tiene la responsabilidad de reconocer que la violencia no se limita a los golpes. La educación desempeña un papel esencial para erradicar patrones de conducta que perjudican a miles de mujeres, y las instituciones del Estado deben impulsar acciones concretas que garanticen el bienestar, el seguimiento de cada caso y, sobre todo, herramientas reales para la prevención.

Un compromiso colectivo e impostergable

Toda transformación social comienza cuando somos capaces de cuestionar aquello que durante mucho tiempo se ha considerado normal. Romper estos patrones implica reconocer que ninguna persona debe vivir bajo el miedo, la manipulación o la desvalorización constante. Implica también asumir un compromiso colectivo: educar en el respeto y construir espacios donde sea posible un desarrollo pleno.

Solo entonces podremos afirmar que avanzamos hacia la erradicación de esa violencia silenciosa que no deja heridas visibles pero que, durante demasiado tiempo, ha desgarrado la vida de miles de mujeres. Las mujeres guatemaltecas merecen vivir libres de miedo, libres de violencia y rodeadas de la dignidad y el respeto que les corresponden como seres humanos.

Sobre el Autor: Estudiante de Ciencias Jurídicas y Sociales, Abogado y Notario, del departamento de Petén. Apasionada por la lectura, la historia y el pensamiento crítico.

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