Ser estudiante es…

Autor: Kevin Segura Carillo – Instagram: @Kevincsegura – Email: Kcsegura@gmail.com – Editorial: youngfortransparency@gmail.com

“Ser universitario y de la San Carlos es un honor —decía mi abuela—. Vos podés vender en el mercado o barrer en una oficina, pero nunca dejés de pensar en abrirte camino hasta llegar a la universidad, como lo hicieron tus tíos y tu mamá”.

En el Día Internacional del Estudiante recuerdo, con absoluta claridad, la primera vez que soñé con ser sancarlista. Pienso en el estudiante que fui —como muchos—, con más miedo que certezas. Ese que compraba sopas instantáneas para mermar el hambre de las horas de clase y desvelo.

Así como miles de jóvenes que buscan desesperadamente en la educación una herramienta para sobrevivir con dignidad. Quieren que sus familias abandonen la precariedad, que el esfuerzo se transforme en estabilidad económica y laboral. Así era yo: uno de esos que anhelan dejar de ser simples espectadores de un país que parece avanzar sin ellos.

Algunas personas no lo imaginan, pero el conocimiento en las aulas se siente como un shot de adrenalina, con sabor a miel, que despierta la conciencia. Fue esa conciencia la que nos hizo caminar, en más de una ocasión, kilómetros hacia la Plaza Central, animados por el espíritu de lucha, en un país donde el cinismo de la corrupción parecía desbordarse.

Pienso en lo importante que es para la juventud un espacio como la universidad. Para ese joven que despierta cada mañana, que corre detrás de un bus —que tarda demasiado— y atraviesa una ciudad llena de injusticias, encontrarse en el aula significa hallar un espacio donde su voz se vuelve un crisol de conocimiento y verdad.

Hoy las universidades privadas y la pública están obligadas a repensarse. El estudiante no puede seguir siendo visto únicamente como un número de matrícula o un cliente. Debe ser comprendido como sujeto de derechos, como ciudadano y como actor central del presente.

Muchos estudiantes se gradúan para sobrevivir en un mundo donde el trabajo se precariza y los sueños parecen reducirse al mínimo. Y aun así, seguimos exigiéndoles que sean el motor de las transformaciones sociales sin ofrecerles siquiera una red de cuidados que sostenga sus vidas.

Como egresado, pienso en el estudiante que sigo siendo. Sí, porque aprender no termina con un cartón, ni con una toga; implica aceptar nuestra pequeñez frente a un vasto universo de saberes y, aun así, insistir en comprender la inmensidad de la tierra y del cielo.

Por eso aquella frase tiene sentido: “En la universidad hay que ser un estudiante eterno y no un eterno estudiante”. Se trata de conservar intacta la capacidad de cuestionar, de dudar, de aprender y de indignarse.

Quizá allí radique el verdadero papel histórico del estudiante universitario: no en salvar al país en soledad, sino en defender la verdad, la justicia y la esperanza de su generación.

Te digo a vos, amigo y amiga estudiante: puede que la vida todavía no te entregue lo que merecés; pero habrá algo que nadie podrá arrebatarte la solvencia moral, esa de haberte negado a aceptar la desigualdad como destino inevitable.

Que vivan los estudiantes. Los que todavía creen en la libertad cuando el cinismo parece imponerse. Los que encuentran alegría en medio de la incertidumbre. Los que siembran justicia, conocimiento y ternura en un país acostumbrado a la desigualdad.

Sobre todo, quienes sabemos que la autonomía no es una etiqueta, sino una inefable sed de sapiencia emancipadora.

En este día, envío un saludo especial a la universidad pública, que —incluso en sus momentos más oscuros— sigue albergando universitarios que se atrincheran contra las depravaciones de la corrupción institucional y defienden el mañana.

Sobre el Autor: Arquitecto egresado de la Universidad de San Carlos de Guatemala especializado en estudios de desarrollo urbano, territorio y políticas públicas.

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