Crecer siendo mujer en Guatemala también es aprender a tener miedo
Autor: Dania Vanessa Verbena Flores – Instagram: @dania_vvf – Facebook: Dania Vanessa Verbena – Email: dania.verbena22@gmail.com – Editorial: youngfortransparency@gmail.com
Quienes crecimos siendo niñas en Guatemala compartimos una lección temprana que jamás debió ser parte de nuestra historia: aprender a tener miedo. Miedo a caminar solas, a volver tarde a casa, a pensar dos veces antes de levantar la voz; miedo incluso a existir en espacios donde nuestros cuerpos son constantemente observados o violentados.
Para miles de nosotras, este miedo no es un instinto repentino, sino una construcción paulatina basada en experiencias cotidianas que lamentablemente la sociedad ha normalizado. El acoso callejero sigue siendo disfrazado de “piropos” o bromas, cuando en el fondo es una manifestación clara de violencia de género y un ejercicio de poder. Según el Observatorio contra el Acoso Callejero de Guatemala (OCACGT), en 2020 el 96% de las denuncias por este motivo fueron realizadas por mujeres. A esto se suma que casi 9 de cada 10 estudiantes universitarias en el país han vivido algún tipo de acoso sexual. Estas no son anomalías estadísticas; son el reflejo de una experiencia colectiva que restringe nuestra movilidad y nuestra tranquilidad.
Esta violencia altera drásticamente la forma en que las mujeres habitamos el espacio público y proyectamos nuestro futuro. Mientras gran parte de la población crece calculando el riesgo de que pueda ocurrir un asalto, las mujeres aprenden a recalcular rutas, horarios, vestimenta y comportamientos para evitar ser perseguidas o abusadas. Gastamos una energía vital intentando sentirnos seguras en lugares que, por derecho, también nos pertenecen.
Sin embargo, el miedo no se distribuye de manera equitativa. Si bien atraviesa a mujeres de todos los estratos, en las comunidades rurales e indígenas las barreras se multiplican por la brecha de pobreza, la ausencia institucional y la falta de acceso a la justicia. Es en estos entornos donde las niñas enfrentan realidades que truncan sus proyectos de vida antes de que puedan siquiera imaginarlos.
Datos de impacto
Los datos recientes son un llamado a la acción ineludible. El Observatorio en Salud Sexual y Reproductiva (OSAR) reportó que tan solo en el primer cuatrimestre del 2026, se registraron 20,760 nacimientos en madres de entre 10 y 19 años. De ellos, 691 corresponden a niñas de entre 10 y 14 años. Los estándares internacionales de derechos humanos son claros: en este rango de edad, un embarazo es consecuencia de violencia sexual.
Detrás de cada uno de esos 691 registros hay una niña cuya educación ha sido interrumpida y a la que se le ha negado la oportunidad de soñar más allá de los roles que su entorno le ha impuesto. Enfrentan rechazo social y asumen responsabilidades adultas sin estar preparadas física ni emocionalmente porque finalmente es una niña obligada a ser madre. Esta es la realidad al hablar de embarazo infantil en nuestro país: hablar de desigualdad y de una profunda ausencia estatal.
Lamentablemente, el interior de los hogares tampoco garantiza refugio. El Instituto Nacional de Estadística (INE) evidencia que Guatemala sostiene un promedio superior a las 36 mil víctimas anuales de violencia intrafamiliar. En el segundo trimestre de 2025, el 84.8% de esas víctimas fueron mujeres, con una marcada interseccionalidad que afecta desproporcionadamente a mujeres de pueblos originarios.
Crecer en Guatemala no debería limitarse a aprender tácticas de supervivencia. Ser mujer debe significar tener la autonomía para liderar, el acceso a una educación que sirva como verdadera herramienta de transformación y la garantía de espacios seguros donde las decisiones no estén condicionadas por el temor.
La violencia de género no es un destino inevitable. Es el resultado de estructuras que podemos y debemos desmantelar. Erradicarla exige más que campañas simbólicas; requiere políticas públicas con enfoque territorial, educación integral y un compromiso real del sector público y privado para dejar de minimizar las violencias cotidianas.
El desarrollo integral de Guatemala requiere de mujeres fuertes, educadas y presentes en la toma de decisiones, pero, sobre todo, requiere que ninguna niña crezca creyendo que el miedo es el precio que debe pagar por ser mujer.