Vocación, identidad y perspectiva

Vocación, Identidad y Perspectiva en la Práctica Médica

Por: Kelly Hernández, TikTok: @grakehp – IG: @Kellyhpola – FB: @gracekelly.hernandezpolanco.3 – gracekellyhp@gmail.com youngfortransparency@gmail.com

Trabajo desde hace más de un año en una asociación no gubernamental en San Andrés Itzapa, Chimaltenango. Inicié esta etapa justo después de haber cerrado pensum en la carrera de Médica y Cirujana, aún sin título ni colegiado. Las oportunidades laborales eran limitadas, pues la mayoría de plazas solicitaban experiencia comprobada y colegiatura activa. Por ello, la apertura de esta asociación representó para mí una oportunidad invaluable, un regalo por el cual agradecí profundamente a Dios.

Aunque diariamente recorro aproximadamente 45 kilómetros de carretera, enfrentando tráfico, bloqueos o accidentes, y aún cuando el gasto en gasolina ronda los dos mil quetzales mensuales, me siento plena y cómoda en este lugar de trabajo.

La rutina me ubica en una clínica donde, con mi uniforme azul y la bata blanca, intento proyectar siempre una imagen profesional. Los pacientes suelen dirigirse a mí con apelativos como “señorita”, “seño”, “niña”, “madre” o “mija”. Durante las consultas, que suelen durar entre 20 y 30 minutos según la patología, realizo la historia clínica, el examen físico y formulo el tratamiento, además de brindar adecuado plan educacional. En ocasiones me presento al inicio o al final diciendo: “Soy la doctora Kelly y estoy aquí para servirles”. Sin embargo, casi invariablemente, los pacientes despiden la consulta con un agradecido “gracias, seño”.

Me resulta difícil recordar una ocasión en la que haya corregido directamente a alguien por esa forma de dirigirse a mí. Lo entiendo como parte de nuestras costumbres, aunque no deja de inquietarme que, al llegar a la farmacia, el joven que despacha —sin uniforme ni bata— sea llamado “doctor”. Este fenómeno no es exclusivo de mi clínica; lo viví también en hospitales públicos y centros de salud durante mis rotaciones. Aún no encuentro las palabras exactas para explicar lo que me genera esa diferencia en el trato.

No busco sonar indignada ni parecer vanidosa. Reconozco que, por tradición, en Guatemala el título de doctor se utiliza con mucha ligereza, cuando en realidad corresponde únicamente a un grado académico. Podrían, si lo desearan, llamarme licenciada. Sin embargo, más allá de lo anecdótico, lo que me interesa subrayar es una idea: las mujeres somos igual de capaces que los hombres en cualquier ámbito profesional. Sí, enfrentamos particularidades como los ciclos hormonales o la maternidad, experiencias que los hombres jamás tendrán que sobrellevar; pero estas condiciones no nos hacen menos aptas ni disminuyen nuestro valor en el ejercicio de la medicina.

Creo firmemente que el verdadero cambio no pasa solo por las leyes o los títulos, sino por una transformación cultural en la forma en que reconocemos y respetamos la labor de las mujeres en la sociedad guatemalteca.

Deja un comentario