Poder, seguridad y multilateralismo
Autor: Bryan Chacón – X: @BryanChaconGT – TikTok: @bryanchacongt – Instagram: @bryanchacongt – Editorial: youngfortransparency@gmail.com
El inicio de 2026 confirma una transformación estructural del sistema internacional. Lejos de consolidarse el orden liberal posterior a la Guerra Fría, el escenario global evidencia un retorno al realismo duro, caracterizado por la primacía del interés nacional, el uso de la coerción y el debilitamiento funcional de las instituciones multilaterales. Este proceso no responde a coyunturas aisladas ni a liderazgos específicos, sino a dinámicas sistémicas propias de un entorno internacional cada vez más competitivo, fragmentado e inestable (Mearsheimer, 2001).
Uno de los síntomas más claros de esta reconfiguración es la pérdida de eficacia del multilateralismo institucional. El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, concebido como el principal mecanismo de seguridad colectiva, ha demostrado una incapacidad persistente para gestionar conflictos armados de alta intensidad. El uso reiterado del veto por parte de las grandes potencias ha transformado al organismo en un espacio predominantemente declarativo. Como señala Ikenberry (2018), el problema central no es la desaparición del orden liberal, sino la erosión de su capacidad para regular efectivamente el comportamiento de los Estados más poderosos. Las instituciones sobreviven formalmente, pero ya no condicionan de manera decisiva la acción estatal.
En paralelo, los conflictos armados prolongados se han normalizado como parte del funcionamiento del sistema internacional. En diversas regiones, la guerra ha dejado de concebirse como una anomalía para convertirse en un instrumento legítimo de política exterior. Esta lógica responde a los postulados del realismo estructural y ofensivo, según los cuales los Estados buscan maximizar su poder relativo para garantizar su supervivencia en un sistema internacional anárquico (Waltz, 1979; Mearsheimer, 2001). En este contexto, la prioridad no es la resolución definitiva del conflicto, sino su administración estratégica y su uso como mecanismo de disuasión.
El comportamiento de las grandes potencias refuerza esta tendencia. La política exterior de Estados Unidos bajo la Administración Trump, profundiza una visión transaccional y selectiva del multilateralismo, privilegiando acciones unilaterales o coaliciones ad hoc cuando los organismos internacionales limitan su margen de maniobra. Este enfoque no constituye una ruptura excepcional, sino una expresión explícita del desencanto con el liberalismo internacional como proyecto normativo capaz de contener la competencia entre potencias (Mearsheimer, 2018). El soft power y la diplomacia multilateral pierden centralidad frente a la coerción económica, la presión política y la lógica de seguridad.
Asimismo, el auge de actores no estatales con capacidad coercitiva —como cárteles del narcotráfico y organizaciones terroristas— ha ampliado el concepto tradicional de seguridad internacional. Estos actores disputan el control territorial, erosionan el monopolio estatal de la fuerza y condicionan las agendas de política exterior, especialmente en Estados con capacidades institucionales limitadas. Desde la perspectiva de la securitización, fenómenos como la migración, el crimen organizado y la violencia transnacional han sido redefinidos como amenazas existenciales, legitimando respuestas extraordinarias y enfoques crecientemente militarizados (Buzan y Waever, 1998).
En el plano regional latinoamericano, la crisis venezolana constituye un ejemplo paradigmático del debilitamiento del multilateralismo. La incapacidad de la Organización de los Estados Americanos para generar una salida política efectiva, sumada a la limitada eficacia de los regímenes de sanciones, evidencia los límites de la gobernanza regional en América Latina. Como sostiene Tokatlian (2020), este fracaso ha sido compensado por estrategias unilaterales y presiones indirectas, tanto internas como externas, confirmando la pérdida de centralidad de los mecanismos multilaterales como espacios de resolución de crisis.
En conjunto, el actual orden internacional no se caracteriza por la ausencia de instituciones, sino por su incapacidad para condicionar a los actores más poderosos. El retorno del realismo duro redefine la política internacional contemporánea y reduce significativamente el margen de maniobra de los Estados pequeños y medianos, obligándolos a replantear sus estrategias de inserción internacional en un sistema crecientemente orientado por la lógica del poder y la seguridad.
En este contexto, la reconfiguración del orden internacional en 2026 no debe interpretarse como una crisis pasajera, sino como la consolidación de un cambio estructural en la lógica de la política internacional. El retorno del realismo duro y el debilitamiento del multilateralismo reflejan un sistema donde el poder, la seguridad y la capacidad coercitiva, vuelven a ocupar un lugar central en la toma de decisiones. Lejos de desaparecer, las instituciones internacionales persisten como marcos formales de interacción, pero han perdido su capacidad para condicionar de manera efectiva el comportamiento de los actores dominantes. Este escenario plantea desafíos profundos para la estabilidad global y obliga a repensar las estrategias de política exterior, especialmente para los Estados pequeños y medianos, cuya supervivencia dependerá cada vez más de su capacidad de adaptación en un orden internacional crecientemente competitivo y fragmentado.
Sobre el Autor: Licenciado en Relaciones Internacionales por la Universidad Rafael Landívar, empresario y catedrático universitario. Posee formación en liderazgo político juvenil, diplomacia y protocolo internacional, así como acreditaciones en geopolítica, gestión de proyectos, gestión pública y derechos de las juventudes en América Latina y el Caribe.