Autor: Katerin Gabriela Macario Pac – Instagram: @katerin.g_mac – Email: katygabrielmacario@gmail.com Editorial: youngfortransparency@gmail.com
Recuerdo que, durante mi primer año de universidad, para una clase debíamos desarrollar un proyecto social para alguna institución, era un trabajo de investigación y planificación, por lo tanto, con los compañeros de mi grupo nos propusimos recaudar fondos para llevar a cabo el proyecto. Entre donaciones y ventas de paletas de malvaviscos, más un poco de trabajo duro, logramos juntar la meta. Fue en uno de esos días de ventas, mientras, como grupo nos encontrábamos haciendo cuentas, que la coordinadora del equipo me hizo un comentario que realmente me dejó pensando.
Mientras ella contaba el dinero, con gesto pensativo, me dijo: “tengo que apartar bien este dinero, porque después se me revuelve y lo termino agarrando, así es como empieza la corrupción ¿sabes?”. Yo me reí, sin tomarlo tan en serio, entonces ella volvió a hablar: “De verdad, porque mira, de tanto dinero que tengo, si no lo aparto y lo apunto, agarro de ahí para mi pasaje o para cualquier otro gasto pequeño que tenga; y pues como no es mucho, no me doy cuenta. No se refleja… Ahora, ¿te imaginas como será con aquellos de allá arriba, donde ya son miles de quetzales? Ay no”.
Si bien uno puede pensar que es un ejemplo de comparación absurdo, a mi me dejó más bien una pequeña reflexión: La transparencia también se aplica y empieza por nosotros. Y creo que es algo que a veces olvidamos.
Esta transparencia no radica únicamente en el ámbito económico y el manejo de recursos; nace también en acciones pequeñas como la puntualidad, la responsabilidad, la honestidad, la ética, el respeto.
La chica que en ese momento fue mi coordinadora de grupo me demostró que sea cual sea nuestro contexto o situación, ya sea el trabajo en el que nos desempeñamos, en algún cargo que tengamos, por más pequeño e irrelevante que lo consideremos, en las acciones que realizamos, es necesario que seamos honestos; honestos a la hora de reconocer errores, en hacer lo que nos corresponde, al momento de comunicarnos; porque es esa cualidad lo que nos hace seres auténticos e íntegros. Si tenemos esas responsabilidades, incluso esos pequeños deberes que desarrollamos en nuestra familia, es porque alguien confió en nosotros para la labor, y, por lo tanto, debemos hacer nuestro mejor trabajo.
No podemos exigir a los demás algo que nosotros mismos no cumplimos. Con esto no quiero decir que ciertos personajes no sean merecedores de ser señalados por actos deshonestos, sino más bien, decir que, a pesar de que nosotros no manejamos cargos de gran peso como ellos, no es motivo para ser malas personas. Que a pesar de que a nuestro alrededor se vea oscurecido por lo que sucede día a día, con noticias deprimentes y realidades frustrantes, no dejemos que se extinga esa chispa de esperanza alojada en el fondo de nuestros corazones.
Seamos ese primer paso que rechaza lo fraudulento, lo engañoso, eso que quiere ser oculto con sobornos frente a nuestros ojos.
No se trata de ser ciudadanos perfectos y moralistas absolutos, sino más bien es ser personas íntegras. Ser buenas personas. Este es un llamado a la juventud, esa alerta para no normalizar prácticas corruptas por más pequeñas e inofensivas que se vean, y de esta manera, poder generar espacios de confianza, fortalecer relaciones y seguir promoviendo la cultura de la transparencia.
Porque ser honesto también es un acto de rebeldía.
Sobre el Autor: Estudiante de Psicología en el Centro Universitario de Occidente de la Universidad de San Carlos de Guatemala.