Cuando opinar sin saber también daña
Autor: Gabriela Solórzano – Instagram: @gabrielasolorzano_ Editorial: youngfortransparency@gmail.com
En Guatemala, la desinformación no es un accidente: es un hábito. Vive en los grupos de WhatsApp familiares, en páginas de Facebook con miles de seguidores, e incluso en discursos políticos y espacios mediáticos que deberían informar, no confundir.
Hoy, cualquiera puede difundir “noticias”. Basta un titular alarmista, una imagen sacada de contexto o un audio con tono convincente para encender la conversación. Y lo más preocupante no es que exista contenido falso, sino la velocidad con la que decidimos creerlo… y compartirlo.
Hemos normalizado opinar sin saber.
Se ha vuelto común ver discusiones intensas sobre temas complejos basadas en información incompleta o, peor aún, falsa. Se comparten cadenas que apelan al miedo, a la indignación o al morbo, sin detenernos un segundo a preguntarnos: ¿esto es cierto? ¿de dónde viene? ¿a quién beneficia que yo lo crea?
Porque sí, la desinformación siempre beneficia a alguien.
En contextos políticos, es una herramienta poderosa. Manipula percepciones, distorsiona la realidad y condiciona decisiones. No es casualidad que, en momentos clave para el país, aumenten los rumores, las noticias dudosas y los discursos polarizantes. La confusión también es una estrategia.
Pero sería cómodo culpar únicamente a la política o a los medios.
La verdad es más incómoda: nosotros también somos parte del problema.
Cada vez que compartimos sin verificar, cada vez que opinamos desde el impulso y no desde el conocimiento, nos convertimos en cómplices de un ecosistema que premia la mentira y castiga la reflexión. No hace falta ser un actor poderoso para desinformar; basta con tener un celular y cero filtros.
Y aquí entra otro factor clave: las redes sociales no están diseñadas para la verdad, están diseñadas para el engagement. Lo que más se comparte no es lo más preciso, sino lo que más provoca. La indignación genera clics, el miedo genera interacción y el escándalo se viraliza más rápido que cualquier dato verificado.
En ese contexto, informarse bien requiere esfuerzo. Y no todos están dispuestos a hacerlo.
Pero si realmente queremos un país más crítico, más justo y menos manipulable, el cambio no empieza solo en las instituciones: empieza en lo cotidiano. En decidir no compartir algo dudoso, en tomarse el tiempo de leer más allá del titular, en aceptar que no siempre tenemos una opinión formada.
No se trata de quedarnos callados, sino de dejar de hablar por inercia.
Porque opinar sin saber no es solo un error individual; es una práctica colectiva que debilita la conversación pública. Y en un país donde la verdad ya compite en desventaja, cada voz irresponsable pesa más de lo que creemos.
Tal vez el verdadero acto de rebeldía hoy no es decirlo todo, sino aprender cuándo no decir nada.