El aburrimiento como herramienta

Autor: Sara Lourdes Orozco Benítez – Instagram: @slorozco_lb – Email: sarisob07@gmail.com – Editorial: youngfortransparency@gmail.com

Cuando se habla de los impactos del ser humano en la naturaleza, uno de los principales suele ser la generación de cambios acelerados en los ecosistemas, que sobrepasa la capacidad de adaptación de las especies. Hasta ahora no había reconocido que lo estoy viviendo en carne propia, así como muchas otras personas y jóvenes que también presentan dificultades para adaptarse a la hiperconectividad.

Allá por el año 2011, cuando cursaba 4to primaria, tuve mi primer celular. Era uno de los famosos frijolitos, incluso con pantalla a escala de grises; simple, llamadas y mensajes de texto. En la actualidad, he de admitir que mi celular me costó más caro que mi propio computador. Antes, me entretenía de más con aplicaciones de juegos, ahora mi atención se la roban videos cortos infinitos, con algoritmos que hábilmente utilizan cada tiempo, movimiento y reacción para lucrar.

El documental de Netflix ‘El dilema de las redes sociales’ marcó un antes y un después en mi forma de ver las cosas.  Pero el punto de esta reflexión no es cuestionar si es justo o no la manera en que se lucra al manipular nuestro comportamiento, sino resaltar el valor del aburrimiento y los efectos que esto puede tener en el interés por participar en la política. La sobreestimulación tecnológica acostumbra a nuestro cerebro a un ritmo de información intenso que la realidad no puede proporcionar, lo cual provoca falta de curiosidad y motivación hacia procesos institucionales que naturalmente son más lentos.

En este entorno, el ciudadano se siente desconectado y percibe que no tiene capacidad real para impactar en las decisiones que afectan su vida. Además, la gratificación instantánea choca con la naturaleza de la política, que requiere perseverancia para enfrentar obstáculos estructurales y lógicas de exclusión que limitan el acceso a diversos sectores a los espacios de poder.

Por eso resalto que el aburrimiento no se debe evitar, al asociarle una connotación negativa, por el contrario, en la era moderna es ir contra la corriente, si se utiliza como la herramienta biológica y psicológica que es, esencial para el equilibrio emocional y toma de decisiones. Cuando dejamos de prestar atención a estímulos externos y nos aburrimos, el cerebro no descansa, sino que activa la red neuronal por defecto. Este crucial sistema permite realizar tareas silenciosas como organizar recuerdos, consolidar la memoria y resolver problemas de forma introspectiva.

A mi me es difícil reconocerlo, pero parar no es perder el tiempo, sino invertir en claridad mental e introspección. Este modo de «cerebro aburrido” no solo nos ayuda a entender el pasado, sino también a anticipar el futuro, con posibles conexiones neuronales inesperadas. Pasando del individuo a la sociedad, aburrirnos tiene una incidencia importante, pues nos volvemos ciudadanos con mayor capacidad para tomar decisiones meditadas, sin caer en la gratificación instantánea.

Como último punto, invito a todos los lectores, especialmente a los jóvenes, a practicar el Arte de Parar. Se empieza con acciones sencillas, tales como: no usar las herramientas de aceleración de contenido (el x2), ver o leer el contenido hasta el final, establecer tiempos límite de uso del celular, diversificar estímulos de ritmo real como la actividad física, abrazar el aburrimiento, retomar viejos hobbies y la última que es de mis favoritas, incrementar el contacto con la naturaleza.

Como último punto, invito a todos los lectores, especialmente a los jóvenes, a practicar el Arte de Parar.

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