Cuando la belleza se convierte en capital

¿Cuánto estatus cabe en una mesa de Montano’s?

Sobre la autora: Ingrid Julissa De La Paz Olivarez, Contadora Pública y Auditora, Politóloga y M.A. en Gestión, Fiscalización y Control Gubernamental. Escritora en Jóvenes por la Transparencia (@Jxt_gt) y Secretaria del COCODE Central de Fraijanes.

Cuando la belleza se convierte en capital, el consumo en prestigio y una mujer en símbolo de estatus, hay que preguntarse quién establece las reglas del reconocimiento social.

Bastó una conversación sobre maquillaje costoso, restaurantes exclusivos y estatus para que las redes sociales encontraran un nuevo motivo de discusión, Sofía Bonilla habló de cuánto invierte en su apariencia, mencionó Montano’s y sostuvo que el hombre que sale con ella gana estatus porque no es una mujer que ande con cualquiera, una afirmación que despertó burlas, críticas y opiniones encontradas. Sin embargo, entre tantos comentarios sobre el precio de una base de maquillaje o lo que significa sentarse a comer en determinado restaurante, me parece que hemos dejado pasar algo bastante más interesante: comprender por qué una mujer puede asociar su apariencia, sus gustos y su manera de elegir pareja con el prestigio que considera aportar a otra persona y, sobre todo, por qué quienes escuchamos esa conversación entendimos inmediatamente a qué se refería.

Y es que podemos estar de acuerdo o no con sus palabras, incluso podemos encontrar exagerada la importancia que se concede a determinados productos o lugares, pero difícilmente podemos negar que reconocemos los códigos sociales que aparecen en esa conversación, sabemos que ciertas marcas, restaurantes, universidades y espacios de entretenimiento gozan de un reconocimiento particular, aunque no necesariamente compartamos esa valoración, y allí encuentro una primera pregunta que vale la pena hacernos: si sabemos identificar esos símbolos de prestigio, incluso cuando los cuestionamos, ¿de dónde aprendimos a reconocerlos y por qué algunos llegan a parecernos tan importantes?

El sociólogo francés Pierre Bourdieu desarrolló un concepto que ayuda a comprender esta situación, el habitus, entendido como un conjunto de disposiciones que adquirimos a través de nuestra experiencia social y que influyen en aquello que consideramos natural, deseable, elegante o prestigioso, nuestros gustos no surgen completamente de decisiones aisladas, se forman en la familia, en los espacios educativos, entre amistades y en los ambientes donde aprendemos a relacionarnos, por eso, cuando una persona se desenvuelve en círculos donde determinadas marcas, lugares y formas de consumo reciben admiración, puede incorporar esas asociaciones hasta considerarlas evidentes, aunque eso no significa que esté condenada a pensar siempre de la misma manera ni que todas las personas de un mismo entorno compartan idénticas preferencias.

Bourdieu también explicó que el reconocimiento social no depende únicamente del dinero que poseemos, sino de los significados que otras personas atribuyen a nuestros recursos, conocimientos, relaciones y formas de comportamiento, algo que podemos relacionar con el capital simbólico, porque un objeto costoso no adquiere prestigio solamente por su precio, sino porque existe un entorno que lo reconoce como distinguido, y lo mismo puede ocurrir con determinadas relaciones personales, de manera que cuando alguien considera que su compañía le aporta estatus a otra persona, está expresando una idea sobre el valor social que cree representar y sobre la importancia que supone que los demás conceden a ese reconocimiento.

Pero hay algo que me interesa todavía más y es lo que ocurre cuando trasladamos esta conversación a nuestra experiencia como mujeres, porque nuestra relación con la apariencia nunca ha estado completamente desligada de las expectativas sociales, desde pequeñas aprendemos que debemos vernos presentables, cuidar nuestra imagen, comportarnos de determinada manera y procurar causar una buena impresión, y aunque esas recomendaciones puedan parecer parte de la vida cotidiana, también nos enseñan qué formas de feminidad reciben aprobación y cuáles son cuestionadas, Simone de Beauvoir, en “El segundo sexo”, examinó precisamente cómo la condición femenina se construye dentro de un conjunto de expectativas sociales, una reflexión que nos permite comprender que incluso aquello que vivimos como una decisión personal puede encontrarse influido por las ideas que hemos aprendido sobre lo que significa ser una mujer admirada.

Ahora bien, reconocer esos aprendizajes no significa negar nuestra capacidad de decidir, una mujer puede disfrutar del maquillaje, invertir en su apariencia, frecuentar restaurantes costosos y sentirse orgullosa de sus estándares sin que ninguna de esas elecciones la convierta automáticamente en superficial, de hecho, para muchas mujeres disponer de recursos propios y decidir libremente cómo utilizarlos representa una conquista importante, especialmente si recordamos que durante mucho tiempo la independencia económica femenina estuvo limitada por normas y relaciones de dependencia, el problema no aparece cuando una mujer disfruta de sus preferencias, sino cuando comenzamos a preguntarnos si esas preferencias deben convertirse en una medida del valor que atribuimos a las demás.

Y volvamos por un momento a la afirmación que provocó la polémica, la idea de que un hombre gana estatus por salir con una mujer que no elige a cualquiera, porque aquí aparece una dimensión que va más allá del maquillaje y de Montano’s, estamos hablando de cómo interpretamos el reconocimiento dentro de las relaciones afectivas. Durante generaciones la apariencia de las mujeres ha sido utilizada como un símbolo de prestigio masculino, mientras la posición económica de los hombres ha sido asociada con su capacidad de provisión y reconocimiento social, por eso resulta interesante observar que una mujer pueda presentarse a sí misma como quien aporta prestigio a su pareja, aunque al hacerlo todavía recurra a un lenguaje de distinción, exclusividad y valoración social que tiene una historia mucho más larga que esta conversación.

Quizá por eso las declaraciones despertaron tantas reacciones, porque tocaron contradicciones con las que convivimos más de lo que solemos reconocer, podemos cuestionar los símbolos de exclusividad mientras deseamos acceder a determinados espacios.

Defender la autonomía femenina mientras juzgamos las decisiones de otras mujeres y hablar de libertad personal mientras seguimos buscando aprobación en estándares que no elegimos completamente por nosotras mismas, es importante de mencionar y no necesariamente para señalar culpables, sino porque me parece difícil examinar críticamente las creencias de alguien más sin preguntarnos cuáles hemos incorporado en nuestra propia manera de entender el éxito, la belleza y el reconocimiento.

También considero importante que no convirtamos a Sofía Bonilla en responsable de una forma de pensar que existía mucho antes de sus declaraciones y que seguramente continuará circulando después de que termine la polémica, comprender sociológicamente sus palabras no exige compartirlas ni asumir que conocemos su historia personal, pero sí reconocer que nuestras ideas se desarrollan dentro de un mundo social que nos enseña qué admirar, qué desear y qué considerar prestigioso, y responder únicamente con burlas puede llevarnos a reproducir esa costumbre tan arraigada de vigilar lo que otras mujeres dicen, compran, esperan de una relación o consideran importante en sus vidas.

Al final, una mujer puede encontrar satisfacción en su maquillaje, en una mesa de Montano’s o en sentirse reconocida por la persona que eligió como pareja, mientras otra puede encontrarla en un título universitario, en un negocio que construyó con esfuerzo, en su independencia económica o en una decisión personal que cambió el rumbo de su vida, y ninguna de esas experiencias necesita convertirse en una competencia para demostrar quién merece mayor admiración, porque nuestra dignidad no depende de que los demás reconozcan nuestros gustos como distinguidos ni de que nuestras elecciones encajen en una determinada imagen de éxito.

Tal vez lo más valioso de esta polémica sea que nos permite ver más allá de una declaración individual y reconocer cuánto de nuestra manera de entender el prestigio proviene de aprendizajes que pocas veces examinamos, no se trata de decidir si Sofía Bonilla tiene o no estatus, ni de establecer qué tipo de mujer merece mayor reconocimiento, sino de comprender cómo llegamos a conceder tanta importancia a determinados símbolos y cómo esas ideas influyen en la manera en que nos vemos y valoramos unas a otras, porque después de tantas opiniones sobre maquillaje, restaurantes y relaciones, todavía queda una pregunta, ¿por qué nos resulta tan fácil cuestionar el valor de otra mujer y tan difícil cuestionar las ideas que nos enseñaron a medirlo?

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