Por: Marolen Martínez
Al frente de Orquídeas SyM, esta emprendedora ha convertido una pasión compartida en una empresa familiar donde cultivar también significa conservar, aprender y abrir oportunidades.
Una flor puede tardar años en abrir. Un negocio también necesita tiempo para mostrar todo lo que lleva dentro. Silvia de Palmieri conoce ambas esperas: ha aprendido a observar, a insistir y a volver a empezar cuando una planta no responde como esperaba. Esa paciencia, lejos de apagar su intensidad, le ha dado raíces.
Su historia comenzó con un regalo. Su esposo le llevaba orquídeas, pero ella las colocaba en la tierra y no conseguía que volvieran a florecer. En lugar de resignarse, los dos decidieron aprender. Aquella pregunta —¿cómo se cultivan?— los llevó a exposiciones, libros, invernaderos y viajes. Con los años, la curiosidad se convirtió en conocimiento; el conocimiento, en una empresa; y la empresa, en un proyecto de vida.
Nacida en Argentina, formada en estadística matemática en la Universidad Nacional de Rosario y establecida en Guatemala, Silvia es madre de cinco hijos y abuela de seis nietos. En Orquídeas S&M, su historia reúne negocios, familia y una convicción: la naturaleza no es solo algo que se admira; es algo que se cuida.
Para nuestra Mujer del Mes, conversamos con ella sobre la pasión que sostiene un emprendimiento, el valor de generar oportunidades y el legado que se cultiva mucho antes de verlo florecer.
De una pregunta a una empresa
¿En qué momento las orquídeas dejaron de ser una afición y se convirtieron en un negocio?
Fue un proceso gradual. Primero aprendimos a cultivarlas y, después, la gente empezó a pedirnos que le vendiéramos una para un regalo. Vendíamos a puerta cerrada, en casa; incluso la persona que me ayudaba atendía cuando yo salía. En 1995 abrimos una tienda pequeña, de dos por tres metros. Luego la ampliamos, y fue creciendo poco a poco.
También vimos una oportunidad: en Guatemala existe una tradición de orquídeas, pero no siempre se podían conseguir durante todo el año. Al mismo tiempo, nos interesaba reproducir especies y conservarlas. El negocio fue creciendo junto con ese interés.
¿Qué hizo posible pasar de la curiosidad al conocimiento especializado?
Preguntar, leer y seguir aprendiendo. Fuimos a una exposición de la asociación de orquídeas y comenzamos a consultar a distintas personas. Después viajamos a exposiciones y visitamos invernaderos en otros países. En ese tiempo no teníamos las facilidades de internet: comprábamos libros y los leíamos. Mientras más aprendía, más me interesaba. Todo se fue construyendo de a poquito.
¿Qué representa hoy Orquídeas SyM para ustedes como pareja?
Una pasión que compartimos. A mí me gusta mucho cultivar; mi esposo se dedica más a la hibridación, a seleccionar el material genético y hacer la polinización. Nos complementamos. Cuando abre una flor, nos emociona verla porque conocemos su procedencia, sus padres y los años que llevamos cultivándola.
Además, este lugar tiene un significado familiar. Aquí estaba la casa de la mamá de mi esposo, y él quiso convertirlo en un santuario de plantas como un homenaje a ella. Me encanta ver cómo ha crecido.
La familia también echa raíces
¿Cómo convivieron la maternidad y la construcción de este proyecto?

Nuestras hijas crecieron acompañándonos a las exposiciones y a los invernaderos. Si viajábamos a Miami o a California, visitábamos los lugares donde se cultivaban orquídeas. En ese momento a veces decían: «Otra vez». Ahora recuerdan esas experiencias como algo muy lindo.
Hoy varios de nuestros hijos participan en el proyecto. María Silvia y Marito están aquí, y Laura, que es bióloga, trabajó con su papá en la creación del laboratorio en Guatemala, en 2008. Ella se capacitó y también está involucrada en el cultivo; le interesa mucho lo orgánico. No siempre a los hijos les gusta el negocio familiar, así que es especial compartirlo con ellos.
Más allá de las plantas, ¿qué le da sentido a ser una fuente de trabajo?
Para mí, una de las cosas más importantes es el impacto en las mujeres que trabajan con nosotros. Hay madres solteras y hemos sido testigos de su esfuerzo diario para sacar adelante a sus hijos y darles estudios. Las valoramos enormemente.
Nos alegra saber que sus hijos estudian y las animamos a seguir apoyando esa formación. Aunque no seamos una empresa grande, poder generar ese impacto es muy importante para mí y para mi familia.
Crecer al ritmo de la naturaleza
En los negocios suele hablarse de resultados rápidos. ¿Qué le han enseñado las orquídeas sobre la paciencia?
Que hay procesos de muchos años. Una Phalaenopsis puede tardar entre tres y cuatro años desde la semilla; otras orquídeas pueden tardar alrededor de siete. Es una visión a largo plazo. Estamos produciendo plantas que también serán parte del futuro de nuestros hijos.
Soy apasionada, pero también paciente y perseverante. Si una orquídea no funcionó porque no entendí sus condiciones, lo intento otra vez. Me gustan los retos. Cultivar exige constancia, aprender todos los días y estar muy enfocada.
¿Qué significa para usted cuidar una planta?

Verla como un ser vivo único. Cada planta tiene su espacio según la luz, la humedad y el riego que necesita. No se trata de colocarla en cualquier lugar. Si la veo débil, tengo que preguntarme qué está pasando y revisar sus raíces. Si reacciono y hago algo, la planta puede responder. Para mí, eso ha sido una lección de vida y una forma de vida.
¿Cómo se conecta esa forma de cultivar con la conservación?
Desde el principio nos interesó reproducir especies y conservarlas. Seguimos en esa línea. También queremos continuar los esfuerzos con la monja blanca, aunque con el clima de la Ciudad de Guatemala no hemos tenido éxito en los intentos anteriores.
La educación es parte de ese compromiso. Damos talleres para que las personas aprendan a cultivar. También colaboro, desde la Asociación de Orquídeas, en la coordinación de dos Parques Ecológicos de la ciudad, donde trabajamos con la Municipalidad y la administración de los parques en actividades de concientización. El mensaje es que tenemos que cuidar la naturaleza y la biodiversidad.
¿Cuál es su mayor satisfacción como mujer de negocios?
Ver la respuesta de las personas cuando entran aquí: que disfruten el sonido del agua, el verde y la armonía de las plantas. Me gusta sentir que han entendido el mensaje que queremos compartir.
También me da mucha satisfacción producir plantas de calidad y haber recibido premios en competencias internacionales por la flor y por el cultivo. Mi esposo ha recibido reconocimientos como hibridador. Es una alegría poner en alto el nombre de Guatemala. Pero, antes que el negocio, están mis hijos.
Una pasión que se comparte
¿Qué ha cambiado entre quienes llegan a sus talleres?
Al principio, muchas personas no entendían por qué estas plantas necesitaban cuidados especiales. Ahora llegan con experiencia, con más dudas y con más preguntas. Es gratificante ver que hemos incidido en ese interés por cultivar orquídeas en Guatemala. Observar una flor nos puede dar una sensación de paz, y recibir una orquídea como regalo se siente especial.
Después de tantos años, ¿todavía tiene una flor favorita?
La que floreció hoy. Me gustan todas. A pesar de tantos años, puedo seguir disfrutando cada día y emocionarme con una nueva flor.
¿Qué les diría a las mujeres que están construyendo su propio negocio?
Yo encontré mi pasión temprano, pero siento que nunca es tarde para encontrarla. Hay que tomarla con alegría, como un reto: hacer algo especial que nos dé satisfacción y que podamos desarrollar con pasión. Puede aplicarse a muchas actividades de la vida. Encontrar algo que una pueda hacer así es una bendición, y también una manera de dar ejemplo a la familia y a los hijos.
El legado no siempre florece de inmediato
En la historia de Silvia, emprender no ha sido separar el negocio de la vida, sino encontrar una forma de hacerlos crecer juntos. Una tienda pequeña se convirtió en un proyecto familiar; la curiosidad abrió camino a la conservación; y el trabajo creó oportunidades que van más allá de las plantas.
Su historia nos recuerda que los grandes emprendimientos casi nunca llegan de golpe. Se construyen «de a poquito», con paciencia, con perseverancia y con una pasión que se comparte: aquí, entre esposos, y luego con los hijos que crecieron entre invernaderos y hoy forman parte del camino.
Su manera de mirar el futuro tiene la paciencia de quien siembra sin exigir una recompensa inmediata. Hay flores que tardarán años en abrir. Silvia sigue cultivándolas.