Autora: Abdi Tojil – Instagram: @abdi._.i – Editorial: youngfortransparency@gmail.com
Hoy, en Guatemala, deberíamos detenernos por un momento, observar nuestra realidad y preguntarnos con honestidad: ¿realmente este es el país que quiero? La respuesta, para muchas y muchos, probablemente sea no. Y quizá lo más preocupante es que nos encontramos nuevamente en momentos de campaña política, mientras se desarrollan las elecciones de representantes ante los Consejos Departamentales de Desarrollo (CODEDE) y nos acercamos a un nuevo proceso electoral general. Aunque ambos procesos puedan parecer distintos, hay algo que los conecta profundamente: la manera en que elegimos a quienes queremos que nos representen y nuestra capacidad —o incapacidad— para mirar más allá de un rostro, un discurso o una campaña. Porque antes de preguntarnos quién queremos que nos gobierne, deberíamos preguntarnos qué país queremos construir y qué estamos dispuestos a exigir para hacerlo posible.
En los últimos años hemos hablado mucho de la necesidad de nuevos liderazgos, especialmente de abrir espacios para jóvenes y mujeres. Y sí, Guatemala necesita nuevas generaciones participando en la toma de decisiones. Necesitamos personas que se atrevan a involucrarse, que cuestionen lo establecido y que tengan la capacidad de imaginar otras formas de hacer política. Pero aquí comienza una de las preguntas que deberíamos hacernos con mayor seriedad: ¿qué significa realmente que alguien sea “nuevo”? ¿Es suficiente con que tenga menos edad, una imagen diferente o un discurso renovado? ¿Podemos hablar verdaderamente de renovación política cuando detrás de esos nuevos rostros encontramos, en algunos casos, las mismas estructuras, los mismos intereses y las mismas formas de financiamiento que hemos visto durante años?
No se trata de afirmar que todo apoyo político sea negativo. Tampoco de asumir que una persona joven deja de representar un cambio simplemente porque recibe respaldo. El problema está en aquello que muchas veces no vemos o preferimos no preguntar: ¿quién está detrás de quienes se presentan como lo nuevo? ¿Quién financia sus campañas? ¿Qué intereses existen detrás de ese financiamiento? ¿Qué compromisos se adquieren? ¿Qué sucede cuando quien ayuda a llegar al poder comienza a pedir que ese poder le sea devuelto? Porque si quienes sostienen económicamente a los nuevos liderazgos son los mismos de siempre y, una vez alcanzado el espacio de decisión, las prioridades continúan siendo las mismas de siempre, entonces quizá no estamos frente a una transformación, sino únicamente frente a un cambio de rostro.
Porque también debemos reconocer algo incómodo: como ciudadanía tenemos parte de la responsabilidad. Es muy fácil decir que los políticos son siempre los mismos, que nada cambia o que todos terminan haciendo lo mismo. Pero, ¿qué hacemos nosotros cuando llega una elección? ¿Investigamos? ¿Comparamos propuestas? ¿Cuestionamos a quienes admiramos? ¿Leemos más allá de una publicación en redes sociales? ¿O simplemente escogemos al que nos parece más cercano, más carismático, más joven o más popular? La democracia no puede reducirse a elegir entre rostros. También requiere ciudadanos capaces de analizar, cuestionar y exigir.
Y esto resulta todavía más importante cuando pensamos en el gobierno actual. Sería injusto decir que no ha tenido luces; las ha tenido, y reconocerlas también forma parte de una ciudadanía responsable. Pero tampoco podemos permitir que esas luces nos impidan observar las sombras. Un gobierno no debería evaluarse únicamente por la esperanza que generó, por su capacidad de comunicación o por las expectativas que despertó, sino también por aquello que logró concretar, por lo que quedó pendiente, por las decisiones que tomó y por los resultados que puede demostrar. ¿De qué sirve una narrativa de cambio si las estructuras que queremos transformar permanecen intactas? ¿De qué sirve hablar de renovación si seguimos enfrentando los mismos problemas con respuestas insuficientes? Gobernar no es solamente representar una esperanza; es convertirla en resultados.
Por eso, quizá la pregunta que deberíamos hacernos antes de 2027 no es solamente “¿quién es nuevo?”, sino “¿qué es realmente diferente?” ¿Qué propone esa persona? ¿Cómo piensa hacerlo? ¿Con qué recursos? ¿Con quiénes? ¿Qué intereses representa? ¿Qué ha hecho antes? ¿Qué está dispuesta a cambiar y qué está dispuesta a mantener? Y, sobre todo, ¿su propuesta responde al país que realmente tenemos o al país que nos quieren mostrar durante una campaña electoral?
Guatemala enfrenta problemas demasiado grandes como para conformarnos con discursos bonitos. Necesitamos instituciones capaces de responder, políticas públicas que puedan ejecutarse, oportunidades para quienes históricamente han quedado fuera, educación, salud, empleo digno, seguridad, infraestructura, protección ambiental y un desarrollo que llegue realmente a los territorios. Pero también necesitamos algo que muchas veces olvidamos: ciudadanos dispuestos a asumir su responsabilidad dentro de la democracia.
Deberíamos ser un llamado a nosotros mismos. A dejar de enamorarnos únicamente de las campañas, de las tendencias y de las palabras que queremos escuchar. A comprender que una persona puede ser joven y no representar necesariamente una nueva forma de hacer política, así como una persona con experiencia no necesariamente representa lo viejo. La edad no garantiza renovación, como tampoco la experiencia garantiza continuidad. Lo que debería importarnos es la coherencia entre lo que se dice, lo que se ha hecho, lo que se propone y las personas e intereses que acompañan ese proyecto.
Así que, guatemaltecos y guatemaltecas, por favor: miremos más allá del rostro nuevo, del discurso bonito y de la tendencia del momento. Preguntemos quién está detrás, qué propone, cómo piensa hacerlo y para quién está construyendo ese futuro. Porque el país que tendremos mañana no dependerá únicamente de quién gane las elecciones, sino también de la ciudadanía que hoy decidamos ser.
El futuro de Guatemala no comienza cuando lleguemos a las urnas. Comienza mucho antes: cuando dejamos de conformarnos con palabras y empezamos a exigir respuestas.