¿Acaso el humano pretende ser más que Dios?
Por: Marolen Martínez
Para muchas cosas, yo sigo siendo análoga. Sí, las personas que me conocen saben que he sido escéptica en usar la nube y en darle gran protagonismo a la tecnología, y menos aún a la inteligencia artificial. Quizás sea porque desde que veía a Los Supersónicos de niña ya era sensible a esos avances futuristas. Y lo confirmo: he visto películas de ciencia ficción, más aun las que muestran cómo las máquinas se apoderan del humano, ¡y me dan pesadillas! Será hipersensibilidad mía, no lo sé. Pero hoy, con lo que está pasando, no estoy tan segura de que sea exagerada.
¿Y por qué decidí escribir sobre este tema hoy? Seguramente has leído o escuchado las recientes declaraciones que los genios de la IA y las grandes empresas de tecnología han hecho en las últimas semanas. Investigadores actuales y anteriores de estas compañías advirtiendo, casi con resignación, que su propia creación podría escapárseles de las manos.
Yo he sido más de libros: desde leer a los grandes filósofos griegos, pasando por las profecías de Nostradamus —a las que confieso no les doy crédito literal, pero que siempre me han parecido fascinantes como espejo de los miedos humanos de cada época—, hasta Alan Turing, que ya en la década de 1950 escribió que si las máquinas inteligentes llegaran a ser posibles, podrían tomar el control. Setenta años después, esa frase ya no suena a advertencia lejana de un matemático visionario. Suena a noticia de esta semana.
Porque eso es, exactamente, lo que estamos viendo: un investigador de Anthropic asegurando que existe más de un 10% de probabilidad de que la IA «acabe con todos los humanos» en la próxima década. Otro, recién salido de la misma empresa, confesando que él y su equipo están «genuinamente asustados». Y los propios directivos que construyen esta tecnología —Dario Amodei, Sam Altman— pidiendo a los gobiernos que la regulen, aunque sin detener jamás su propia carrera.
Y en medio de todo esto, una frase que me quedó resonando:
«Estamos liderando a China en IA… y, francamente, quiero que siga siendo así porque quien gane en IA, gana.»
¿Ganar qué? Esa es la pregunta que nadie responde. ¿Ganar el mercado, el poder, la influencia geopolítica? Porque si lo que está en juego es —como algunos de sus propios creadores advierten— el control mismo de nuestra especie sobre su destino, entonces no hay carrera que valga la pena ganar así. Ahí es donde empiezo a preguntarme si el ser humano, en su afán de crear algo a su imagen y semejanza, capaz de pensar, de decidir, de superarlo, no está intentando ser más que Dios. Crear vida, crear conciencia, crear algo que un día ya no necesite de nosotros para existir. Y como toda historia de hibris, desde los griegos hasta hoy, ese impulso tiene un precio.
No soy ingenua: sé que no toda advertencia sobre la IA es una profecía apocalíptica, y que muchas veces se exagera el riesgo lejano para no hablar del daño cercano. Mientras discutimos si una superinteligencia algún día decidirá actuar sin control humano, hoy mismo se están generando imágenes falsas de mujeres sin su consentimiento, hoy mismo se están amplificando estafas contra quienes menos herramientas tienen para defenderse. Ese es el riesgo con nombre y apellido, y ese es el que más debería preocuparnos como sociedad.
Pero también encuentro consuelo en que no soy la única que se hace estas preguntas desde un lugar distinto al de los laboratorios y los gobiernos. En mayo de este año, el papa León XIV publicó su primera encíclica, Magnifica Humanitas, dedicada por completo a la inteligencia artificial. En ella sostiene que la IA «no puede considerarse moralmente neutra» y pide «desarmarla» para evitar que termine dominando al ser humano. Me parece revelador que, en medio de un debate dominado por ingenieros y jefes de Estado, sea una voz espiritual la que insista en poner la dignidad humana por encima de la capacidad técnica.
Y ahí llego, finalmente, a lo que de verdad quiero decirte: tenemos libre albedrío. Podemos elegir no depender de la tecnología para todo. Podemos elegir seguir siendo, como yo, un poco análogas: seguir leyendo libros de papel, seguir pensando con nuestra propia cabeza antes de preguntarle a una máquina, seguir formando en nuestros hijos e hijas el juicio propio y no la respuesta automática. La IA no nos va a quitar la voluntad; somos nosotros quienes podemos entregarla, poco a poco, por comodidad.
No sé si las máquinas algún día se apoderarán del humano, como en mis pesadillas de cine; tan reciente como si hablamos de Misión Imposible y «la entidad», o del 2009 con Bruce Willis en Los sustitutos, y así podría seguir nombrando películas que han venido anunciando lo que se vive en la actualidad.
Pero de algo sí estoy segura: el verdadero peligro no llegará de golpe, como en esas pantallas, con alarmas y luces rojas. Llegará despacio, casi sin ruido, cada vez que elijamos preguntarle a una máquina antes que preguntarnos a nosotros mismos.
Dios nos hizo a su imagen y nos dio algo que ninguna IA podrá replicar jamás: la capacidad de amar sin cálculo, de dudar con propósito, de equivocarnos y aprender de ello. Eso es lo que nos hace humanos, no la velocidad con la que procesamos datos.