El impacto de la mudanza
Autora: Abdi Tojil – Instagram: @abdi._.i – Editorial: youngfortransparency@gmail.com
Hay algo particular en saber que te vas y que todo lo que has vivido se va a transformar.
No importa cuántas veces lo hagamos ni qué tan acostumbrados estemos a viajar. Hay una diferencia entre preparar una maleta para unos días y guardar nuestras cosas sabiendo que, durante un tiempo, nuestra vida estará en otro lugar. En esa maleta no solamente ponemos ropa, zapatos o documentos. También llevamos nuestras costumbres, nuestras preocupaciones, las expectativas de quienes nos quieren y, aunque no lo sepamos en ese momento, una versión de nosotros mismos que está a punto de cambiar.
En mi familia, como en muchas, las mudanzas han estado presentes antes de que yo tuviera que pensar en ellas de esta manera. Quienes se mudaron tuvieron que vivir momentos en los que comenzar una nueva etapa significaba hacerlo lejos de lo familiar. Al crecer escuchando esas historias, nunca pensé demasiado en lo que había detrás de esas decisiones. Con los años entendí que detrás de cada viaje había también una dosis de incertidumbre, adaptación y valentía.
Quizá por eso hoy presto más atención a las personas que se mudan.
Pienso, por ejemplo, en mis amigas y amigos que han tenido que dejar su casa para estudiar en otro departamento. Para algunos, la distancia no es enorme y pueden regresar de vez en cuando; para otros, implica pasar meses lejos de sus familias. También pienso en quienes se mudan por un trabajo, quienes cambian de ciudad para aprovechar una oportunidad o quienes deciden irse a otro país con la esperanza de encontrar mejores posibilidades.
Desde afuera, muchas de estas decisiones pueden parecer sencillas. “Se fue a estudiar”, “consiguió trabajo en otra ciudad”, “se mudó al extranjero”. Son frases que resumen en pocas palabras procesos que, para quienes los viven, pueden durar meses o incluso años.
Porque mudarse no es solamente llegar a un lugar nuevo. Es aprender nuevamente muchas cosas que antes hacíamos casi sin pensar.
Es descubrir cómo organizar un presupuesto cuando nadie más administra los gastos de la casa. Es aprender a resolver problemas cotidianos por cuenta propia. Es acostumbrarse a nuevos horarios, nuevas calles y nuevas personas. Es entender que, cuando algo sucede, ya no siempre podemos simplemente abrir una puerta y encontrar a nuestra familia del otro lado.
Para quienes se mudan por estudios, además, existe una contradicción interesante. Por un lado, está la emoción de tener una oportunidad y comenzar una etapa que puede acercarnos a aquello que queremos para nuestro futuro. Por otro, está la sensación de estar dejando atrás una parte importante de nuestra vida.
Y ahí aparece la nostalgia.
La nostalgia no siempre llega en los grandes momentos. Muchas veces aparece en cosas pequeñas: una comida que sabe diferente, una celebración familiar a la que no pudimos asistir, una conversación que nos hubiera gustado tener en persona o incluso una tarde cualquiera en la que simplemente quisiéramos estar en casa.
Con el tiempo, uno aprende que extrañar no significa necesariamente querer regresar. Podemos estar convencidos de nuestra decisión y, aun así, echar de menos lo que dejamos atrás. Podemos disfrutar nuestra independencia y tener días en los que la distancia pesa más de lo habitual.
Creo que esa es una de las partes más difíciles de crecer: entender que algunas decisiones correctas también pueden doler.
Sin embargo, es precisamente en esa incomodidad donde ocurre buena parte del aprendizaje.
Cuando una persona se muda, tiene que desarrollar una autonomía que quizá antes no necesitaba. Empieza a tomar decisiones sobre su tiempo, su dinero, sus responsabilidades y su futuro. Aprende a pedir ayuda cuando la necesita, pero también a confiar en su propia capacidad para resolver problemas. Poco a poco, construye nuevas relaciones y aprende a desenvolverse en ambientes que inicialmente le resultaban desconocidos.
Son aprendizajes que rara vez aparecen en un título universitario o en una hoja de vida, pero que terminan acompañándonos en prácticamente todos los ámbitos de nuestra vida.
También en el profesional.
Muchas de las habilidades que desarrollamos al mudarnos —adaptabilidad, organización, toma de decisiones, manejo de la incertidumbre y capacidad para construir redes— son las mismas que posteriormente necesitamos en nuestros trabajos, emprendimientos y proyectos. Una persona que ha tenido que comenzar de nuevo en un lugar desconocido probablemente sabe algo sobre adaptarse cuando las circunstancias cambian.
Y las circunstancias siempre cambian.
Por eso, cuando pienso en las mujeres que han tenido que mudarse, no pienso solamente en la distancia que recorrieron. Pienso en todo lo que tuvieron que aprender mientras recorrían ese camino.
Mis abuelas lo hicieron en su momento. Mi mamá también. Hoy lo hacen muchas de mis compañeras y amigas. Algunas se van por una carrera universitaria; otras, por una oportunidad laboral. Algunas buscan independencia y otras simplemente siguen las circunstancias que la vida les presenta. No todas parten con las mismas condiciones ni persiguen los mismos objetivos, pero muchas comparten una experiencia: aprender a construir una vida mientras todavía están descubriendo cómo quieren vivirla.
Quizá por eso una mudanza puede ser también una forma de crecimiento que no siempre reconocemos.
No porque irse sea necesariamente mejor que quedarse. Quedarse también requiere valentía y tomar decisiones importantes. Pero cuando la vida nos lleva a otro lugar, nos obliga a mirarnos de una manera diferente. Sin las personas, rutinas y espacios que nos resultaban familiares, comenzamos a descubrir qué cosas realmente nos pertenecen y cuáles simplemente formaban parte de nuestro entorno.
Y después sucede algo curioso.
El lugar que al principio parecía extraño empieza a tener nuestros propios recuerdos. Encontramos una tienda que se convierte en nuestra favorita, aprendemos una ruta de memoria, conocemos personas que terminan siendo importantes y construimos pequeñas rutinas que hacen que una ciudad desconocida comience a sentirse nuestra.
No dejamos de extrañar nuestra casa, pero aprendemos que también podemos hacer hogar en otros lugares.
Tal vez eso sea lo que más me interesa de las mudanzas: no solamente nos enseñan a vivir lejos, sino también a ampliar la idea de dónde podemos pertenecer.
Por eso este texto es un tributo a quienes se han mudado. A quienes dejaron una casa para estudiar, trabajar o comenzar una nueva etapa. A quienes cruzaron un departamento y a quienes cruzaron una frontera. A quienes tuvieron miedo, a quienes extrañaron y a quienes, a pesar de todo, decidieron seguir adelante.
También es un tributo a las mujeres que lo hicieron antes que nosotras y que, de alguna manera, abrieron el camino para que otras pudiéramos atrevernos a ir un poco más lejos.
Porque detrás de cada mudanza hay mucho más que una dirección nueva. Hay decisiones, sacrificios, aprendizajes y oportunidades. Hay una persona que está intentando construir su futuro sin dejar de querer aquello que la formó.
Y quizás, después de tantas maletas, despedidas y comienzos, eso sea parte de crecer: aprender que podemos alejarnos de casa, construir nuevos caminos y llevar con nosotros aquello que nunca quisimos dejar atrás.
Al final, uno descubre que el hogar no siempre es el lugar al que regresamos.
A veces también es el lugar que aprendemos a construir.