El precio de la vía libre

Por: Marolen Martínez

Salí de mi casa a las cuatro de la mañana. Todavía estaba oscuro cuando tomé la carretera rumbo a Ocosito, Retalhuleu, donde me esperaba una mañana que —lo supe desde que la agendé— iba a valer la pena: compartir con niñas y niños sobre “Juntas Invencibles para adolescentes”  y sobre “Cuidado, hombre en construcción”. Sembrar, una vez más, en el interior del país.

Llegué a las ocho. Trabajamos de nueve a once, entre risas, preguntas y esas miradas que ya conozco bien —las de quien está descubriendo, quizás por primera vez, que alguien cree en su potencial. Salí de ahí, como siempre, con el corazón lleno.

Y entonces empezó el regreso.

La Xochi: la carretera que sí funciona

En el camino recorrimos la nueva autopista Xochi, con peaje, y no pude evitar sentir algo parecido al asombro. Carretera amplia, señalizada, en buen estado, fluida. Manejar por ahí se sintió como manejar en otro país —uno donde la infraestructura se piensa, se invierte y se mantiene. Por un momento pensé: esto es lo que Guatemala necesita ver más seguido.

¡Ese pensamiento me duró poco!

El bloqueo del kilómetro 125

Al llegar al kilómetro 125, ya de regreso en el tramo de carretera libre, me encontré con lo que ya no debería sorprenderme, pero sigue doliendo cada vez: un bloqueo. Uno de los veinte que hubo ayer 31 de agosto en distintos puntos del país.

Después de casi una hora, ya cerca del mediodía, el hambre me ganó. Al cruzar entre las personas que bloqueaban, encontré un restaurante. En una mesa, un grupo de señores pilotos que almorzaban comentó que les habían informado que liberarían el paso hasta la noche.

Intercambié con ellos una breve conversación, y me dieron la sugerencia de otra ruta. Les comenté lo que a ellos les toca vivir constantemente, y uno de ellos respondió: «Ay señito, esto es normal para nosotros, qué nos queda…»

Esa frase se me quedó grabada.

Todo lo que se había ganado en la Xochi —el tiempo, la fluidez, la sensación de avance— se perdió ahí mismo, parada frente a una turba de llantas, palos y consignas que, a mí, en ese momento, no me representaban ni me explicaban nada. Porque no fui yo quien decidió bloquear una carretera. Fui, una vez más, la ciudadana que paga las consecuencias de una decisión que no tomé.

Busqué alternativa. La encontré: tres horas adicionales de recorrido, buena parte en terracería, con el consumo de gasolina que eso implica y el desgaste —físico y emocional— de un día que ya había empezado a las cuatro de la mañana. Si hubiera tenido los recursos, habría tomado un helicóptero. No los tengo. Actividades como la de hoy las hago como parte de mi propósito de vida, sin cobrar mi tiempo, y por eso tampoco hay presupuesto para llegar volando. Y no fue la primera vez: estos bloqueos me han tocado en diversas ocasiones —hoy fue en Suchitepéquez, pero los he vivido también en Cobán, en Quetzaltenango, entre otros lugares.

La pregunta que me queda

¿Cuántas veces más tenemos que vivir esto para entender que la carretera libre no es sinónimo de libertad, cuando cualquiera puede cerrarla por horas y dejar varados a miles?

Ahí es donde vuelvo a la Xochi. Una carretera de peaje no se bloquea con la misma facilidad: hay control de acceso, hay una empresa que responde por la vía, hay consecuencias claras para quien intente interrumpirla. Quizás por eso, mientras recorría ese tramo, sentí seguridad y fluidez —y apenas veinte minutos después, en la vía «libre», sentí exactamente lo contrario.

No sé tú, pero yo pagaría los peajes con tal de no volver a vivir esto.

Tampoco quiero romantizar el peaje. Sé que implica un costo, que no todos pueden pagarlo siempre, que la conversación sobre infraestructura en Guatemala es más compleja que «cobrar o no cobrar». Pero ese día, varada en el kilómetro 125, pensando en las tres horas de terracería que me esperaban, no pude evitar desear que existiera un sistema que protegiera el derecho de miles de personas a movernos, a trabajar, a llegar a tiempo a compartir con niños en Retalhuleu o a cualquier otro lugar —sin que la forma de pensar de un grupo decida, de un día para otro, quitarnos ese derecho.

Guatemala es de los pocos países de la región sin una red de carreteras de peaje. Se presenta como una ventaja: movilidad gratuita para todos. Pero esa gratuidad tiene un costo que casi nunca se contabiliza: el de las horas perdidas, los negocios afectados, los compromisos incumplidos, el combustible extra, el cansancio acumulado de quienes, como yo hoy, solo queríamos llegar a casa.

Llegué. Tarde, cansada, con cuatro horas más de las planeadas. Pero llegué. No todos, en este país, tienen siempre esa suerte.


Marolen Martínez, Directora de Revista Mujer de Negocios, escritora y creadora de los programas Juntas Invencibles® y Cuidado, hombre en construcción

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