El costo de votar por el “MENOS PEOR”

Autor: Luis Chávez – X: @mluiscarlosgt – TikTok: @mluiscarlosgt – Instagram: @mluiscarlosgt – Facebook: @mluiscarlosgt – Editorial: youngfortransparency@gmail.com

Durante más de dos décadas, los guatemaltecos hemos repetido una frase en cada elección: «hay que votar por el menos peor» o “todos roban, que robe pero que trabaje”. Lo decimos como si fuera una estrategia inteligente, cuando en realidad podría ser una confesión de fracaso colectivo. Votamos para evitar un desastre, no para construir una visión de país.

El resultado está a la vista. Desde el año 2000 hemos elegido presidentes con discursos distintos, ideologías y promesas distintas. Sin embargo, la sensación de decepción se ha repetido con una consistencia alarmante.

Durante buena parte de nuestra historia, los guatemaltecos podíamos atribuir nuestros fracasos democráticos a dictaduras, gobiernos autoritarios, intervenciones militares o golpes de Estado. Hoy, afortunadamente, vivimos en un sistema donde los gobernantes llegan al poder a través de las urnas. Y precisamente por eso, la excusa ya no es tan sencilla.

La pregunta incómoda es si el principal obstáculo para construir mejores gobiernos ya no está en los cuarteles ni en los palacios, sino frente al espejo. Porque cuando una sociedad tiene la libertad de elegir y, aun así, se conforma repetidamente con opciones mediocres, la responsabilidad deja de ser exclusivamente de quienes gobiernan y comienza a ser también de quienes los eligen.

Alfonso Portillo (2000-2004)

Prometió gobernar para los olvidados y representar una alternativa al sistema tradicional. Terminó convirtiéndose en uno de los rostros más emblemáticos de la corrupción, demostrando que ser diferente no es sinónimo de gobernar mejor.

Óscar Berger (2004-2008)

Ofreció modernización y eficiencia. Aunque hubo avances económicos, muchos guatemaltecos siguieron enfrentando los mismos problemas de inseguridad, pobreza y exclusión.

Álvaro Colom (2008-2012)

Con el lema «Mi familia progresa», impulsó programas sociales que ayudaron a sectores vulnerables, pero que también fueron señalados por su posible uso político. La pobreza persistió y las instituciones siguieron siendo frágiles.

Otto Pérez Molina (2012-2015)

Llegó con la promesa de la «mano dura» contra la delincuencia. Su gobierno terminó sepultado por el caso La Línea, convirtiéndose en uno de los mayores escándalos de corrupción de la historia reciente.

Jimmy Morales (2016-2020)

Ganó bajo la consigna de ser «ni corrupto ni ladrón». El candidato antisistema terminó protagonizando conflictos institucionales y dejando atrás la esperanza de una verdadera renovación política.

Alejandro Giammattei (2020-2024)

Prometió experiencia, orden y liderazgo. Su administración quedó marcada por cuestionamientos a la transparencia, la pérdida de confianza ciudadana y una creciente percepción de corrupción.

Quizá el patrón se repite porque seguimos votando por símbolos. Portillo fue el hombre del pueblo; Berger, el administrador eficiente; Colom, la sensibilidad social; Pérez Molina, la mano dura; Jimmy Morales, el ciudadano ajeno a la política; Giammattei, la experiencia; Arévalo, la esperanza de una nueva primavera democrática. Cambian los discursos, cambian las generaciones y cambian los rostros, pero la tendencia es la misma: depositamos en una persona expectativas que ninguna institución débil puede satisfacer por sí sola.

Lo interesante no es que cada gobierno haya cometido errores. Eso ocurre en todas las democracias. Lo verdaderamente preocupante es que los errores parecen repetirse bajo distintos nombres y distintos colores partidarios.

Elegimos al que promete acabar con la corrupción y luego descubrimos casos de corrupción. Elegimos al que promete seguridad y seguimos sintiéndonos inseguros. Elegimos al administrador, al empresario, al militar, al socialdemócrata, al outsider, al veterano de la política y a quien pensamos que tenía en sangre lo del papá. Ninguno ha logrado romper el ciclo de desconfianza.

La parte que no nos gusta admitir

Sería injusto atribuir todos los problemas de Guatemala únicamente a quienes han ocupado la Presidencia. Los gobernantes toman decisiones, pero las democracias también son un reflejo de la cultura política de sus ciudadanos.

Durante años hemos criticado a los políticos por incumplir promesas, por rodearse de personas cuestionables o por privilegiar intereses particulares sobre el bien común. Sin embargo, rara vez nos preguntamos si como sociedad exigimos algo más que discursos atractivos y campañas emotivas.

Con frecuencia evaluamos a los candidatos como si fueran figuras mesiánicas capaces de resolver por sí solos problemas históricos. Depositamos esperanzas exageradas en una persona y luego reaccionamos con indignación cuando comprobamos que no estaba a la altura de nuestras expectativas. Entonces repetimos el ciclo: buscamos un nuevo salvador para la siguiente elección.

También hemos desarrollado una peligrosa tolerancia hacia la mediocridad política. Cuando el debate público gira alrededor de quién es «menos corrupto», «menos incapaz» o «menos peligroso», estamos aceptando implícitamente que la excelencia ya no es una exigencia razonable. Hemos reducido nuestras expectativas hasta el punto de considerar una victoria simplemente evitar una catástrofe mayor.

Quizá el síntoma más preocupante es que muchas veces votamos con base en el rechazo. No elegimos un proyecto nacional, una visión de desarrollo o un conjunto de políticas públicas. Elegimos castigar al gobierno anterior, frenar a determinado grupo o impedir que otro candidato llegue al poder. El voto deja de ser una expresión de esperanza y se convierte en una reacción de miedo.

Y el miedo es un mal consejero para una democracia.

Una ciudadanía guiada por el miedo suele conformarse con promesas simples para problemas complejos. Premia los discursos contundentes por encima de las propuestas sólidas. Celebra las frases ingeniosas más que los planes de gobierno. Recuerda los eslóganes electorales, pero olvida examinar la capacidad, la trayectoria y el equipo de quienes aspiran a dirigir el país.

La pregunta incómoda no es por qué nos han decepcionado tantos presidentes. La pregunta realmente incómoda es por qué seguimos evaluando a los candidatos con los mismos criterios que nos llevaron a esas decepciones.

Las naciones no cambian únicamente cuando aparecen mejores líderes. También cambian cuando aparecen ciudadanos más exigentes. Cuando el electorado deja de conformarse con palabras y comienza a exigir resultados. Cuando la discusión política abandona la emoción y adopta la responsabilidad.

Después de veintiséis años, tal vez el problema no sea que siempre hemos encontrado al “menos peor”. Tal vez el problema es que hemos aprendido a conformarnos con él. Y una sociedad que se acostumbra a conformarse termina convirtiendo la resignación en una costumbre nacional.

Tal vez la lección de estos años no sea que hemos tenido mala suerte al elegir presidentes. Tal vez la verdadera lección es que hemos votado con criterios equivocados.

Una democracia madura no se conforma con elegir al menos malo. Exige capacidad, integridad, visión y resultados. Mientras los ciudadanos sigamos llegando a las urnas movidos principalmente por el miedo al peor candidato, seguiremos obteniendo gobiernos que apenas alcanzan a ser menos decepcionantes que el anterior.

Guatemala no necesita aprender a escoger entre malas opciones; necesita dejar de aceptar que esas sean las únicas opciones que merece.

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