Inflación, crisis silencionsa

Políticos obesos de corrupción vrs la inflación

La política del hambre

Autor: Kevin Segura Carrillo – Instagram: @kevincsegura – Email: kcsegura@gmail.com – Editorial: youngfortransparency@gmail.com

Hay una escena que se repite todos los días, pero que pocas veces aparece en los informes económicos.

A mediados de cada mes, algunos compañeros de trabajo cambian el almuerzo por una sopa instantánea. He visto madres convertir el ayuno intermitente en una obligación económica para dejarle ese pan o ese vaso de leche a sus hijos. Nadie lo anuncia, nadie protesta por ello, pero ocurre en silencio.

Y quizá esa sea la mayor tragedia de la inflación NO HACE RUIDO.

No aparece con sirenas ni con titulares espectaculares. Se instala lentamente en las casas hasta que un día descubrimos que el dinero ya no alcanza para vivir como antes.

Hace apenas unos meses, cien quetzales parecían un pequeño tesoro. Hoy basta entrar a un supermercado para entender que desaparecen en cuestión de minutos. Lo que antes llenaba una bolsa, ahora apenas alcanza para unos cuantos productos. No es que el quetzal haya perdido su valor nominal; sigue siendo un quetzal. Lo que ha perdido es su capacidad de compra.

Y esa diferencia cambia por completo la vida de millones de personas. La inflación suele explicarse con términos técnicos, aumento generalizado de precios, variaciones del índice de precios al consumidor o presiones sobre la demanda. Pero para quien toma el Transmetro a las seis de la mañana, la inflación tiene otra definición mucho más sencilla, “es llegar a la tienda con el mismo billete y salir con menos comida.”

Es escuchar conversaciones donde una libra de carne que hace algunos MESES costaba veinte quetzales hoy ronda los cuarenta. Es dejar de comprar frutas porque «están muy caras». Es sustituir proteínas por carbohidratos porque alimentan más, aunque nutran menos. Es reducir las porciones para que todos puedan comer.

La inflación no solo encarece los productos; también modifica nuestros hábitos, nuestras decisiones y hasta nuestros sueños.

El trabajador que destina entre veinte y treinta quetzales diarios únicamente en transporte público inicia la jornada con una parte importante de su salario comprometido. Si además debe gastar veinte o treinta quetzales en un almuerzo modesto, el margen para ahorrar, estudiar, emprender o simplemente disfrutar de un fin de semana desaparece.

Trabajar deja de ser una oportunidad para mejorar la calidad de vida y comienza a convertirse en una carrera permanente por mantenerse a flote.

La inflación termina siendo, en la práctica, un impuesto invisible que golpea con mayor fuerza a quienes menos tienen.

Guatemala produce alimentos, posee una enorme riqueza agrícola y cuenta con una población trabajadora. El problema ya no consiste únicamente en producir más, sino en garantizar que las personas puedan comprar aquello que producen.

Mientras tanto, el debate público suele distraerse en discusiones que poco tienen que ver con el costo de vida. Se habla de impuestos, de disputas políticas y de confrontaciones ideológicas, pero rara vez se discuten estrategias nacionales para fortalecer la producción agrícola, reducir las pérdidas en la cadena de distribución, mejorar el transporte de mercancías o aumentar la productividad, factores que inciden directamente en el precio que pagamos todos los días.

Quizá por eso la inflación se ha convertido en una crisis silenciosa. No porque no exista, sino porque nos hemos acostumbrado a convivir con ella.

Nos acostumbramos a comprar menos. A pedirle a la señora del mercado solo media libra. A comparar precios. A pensar dos veces antes de salir un domingo con la familia.

Nos acostumbramos, incluso, a escuchar que «el dinero ya no alcanza», principalmente en los discursos de políticos obesos de corrupción y cinismo, como si fuera una frase inevitable y no el reflejo de una economía que debería garantizar mejores condiciones para vivir.

El problema deja de ser únicamente económico y se convierte en social. Porque detrás de cada billete que compra menos hay un estudiante que abandona sus estudios, un adulto mayor que reduce sus medicamentos, una madre que sacrifica su alimentación o un trabajador que suma horas extras para mantener el mismo nivel de vida que tenía hace algunos años, la verdadera pobreza ya no se mide únicamente por los ingresos. Se mide por la cantidad de decisiones que una familia debe dejar de tomar porque simplemente ya no puede pagarlas.

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