No se puede renunciar a la política

Cuestionando la realidad

Autor: Fernando R. Cucul Reyes – Instagram: @fenixcx – Editorial: youngfortransparency@gmail.com

El detonante fue sutil, pero certero. Hace unos días escuché a una politóloga decir una frase que resonó con fuerza: “Ya no quiero saber nada más de política, ya para mí fue suficiente”. Lo decía con ironía, por supuesto, pero describía con precisión un agotamiento que sentí como propio. No necesité un título en ciencias políticas para asimilar ese “basta”; me dolió el pecho como ciudadano. Y estoy seguro, le dolería a cualquiera que sintonice con nuestra realidad actual.

​Vivimos en un entorno donde hacer política —o simplemente opinar— trae más costos personales que gratificaciones, tal como ella mencionaba. Es un sistema que te condena de inmediato: te condena si apoyaste a tal persona, te condena si creíste en tal partido, te condena por un comentario en X o por atreverte a disentir. Hoy, la palabra “política” se ha vuelto sinónimo de corrupción, de un fango del que todos quieren salir limpios.

​Pero el costo de este juego no es el mismo para todos. Las canchas están inclinadas. La política te pasa una factura mucho más alta si eres joven, si eres indígena, si no tienes la billetera llena, o si careces de influencias y del famoso “cuello” que todo lo arregla. Ante ese muro, la idea de la renuncia pasa por la mente miles de veces. El silencio empieza a parecer un refugio atractivo.

​Sin embargo, en medio de ese hastío, ocurre un quiebre necesario. Te das cuenta de que nos han vendido una mentira: hacer política no es militar en un partido, ni buscar una diputación, una alcaldía o la presidencia. Eso es buscar un cargo. Hacer política, en el sentido más puro y ciudadano, es algo que hacemos todos los días. Es cuando te cuestionas el entorno, cuando opinas, cuando dices lo que piensas aunque la corriente vaya en contra y aunque no siempre seas escuchado.

​La política partidista nos puede defraudar, pero la política ciudadana es nuestra única herramienta de defensa. Es la que nos ayuda a exigir resultados —aunque avancen a cuentagotas—, la que nos permite evidenciar las injusticias que otros quieren normalizar y sobre todo, la que nos obliga a ser mejores ciudadanos.

​No podemos regalarles nuestro silencio a quienes se alimentan de nuestra apatía. Renunciar al debate no es protegernos; es dejarles el camino libre. Por eso, aunque el ambiente canse y den ganas de apagar las pantallas, hoy elegimos escribir. Porque cuestionar la realidad sigue siendo el acto de rebeldía más honesto que nos queda.

Sobre el Autor: Zootecnista en formación, activo en organizaciones juveniles y espacios de incidencia política

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