Organizarnos sin contradicciones

Ética, transparencia y coherencia política

Autora: Alejandra Teleguario – Instagram: @ale_teleguarioEmail: mateleguario.juventudes@gmail.com – Editorial: youngfortransparency@gmail.com

En los espacios de organización social, hablar de ética y transparencia no debería ser solamente un simbolismo o una narrativa: debería ser una práctica cotidiana. Muchas veces, las organizaciones, redes, colectivos o movimientos nacen desde convicciones profundas: el deseo de fortalecer la democracia, de buscar justicia reparadora, de construir comunidades, de generar aportes colectivos. Sin embargo, sostener nuestros principios rectores en la cotidianidad es de nuestros mayores desafíos.

Organizarnos implica mucho más que compartir objetivos, luchas o espacios. Nos invita a preguntarnos cómo tomamos decisiones, cómo distribuimos responsabilidades y cómo nos relacionamos entre quienes integramos cada espacio. En ese camino, la transparencia se vuelve clave. Saber qué se decide, cómo se decide y quiénes participan en esas decisiones es fundamental para construir confianza y espacios seguros para todas las personas.

Cuando la transparencia se debilita, aparecen tensiones que afectan directamente la vida organizativa y las formas de construir colectividad.  El hermetismo, los silencios o la comunicación poco clara no solo desgastan los vínculos interpersonales, también afectan de forma significativa la credibilidad de los procesos.

La ética, por su parte, debe responder a nuestras creencias, prácticas y aprendizajes que permitan sostener nuestras decisiones, es decir, debe tener relación con lo que decimos posicionar y defender.  La ética organizativa tiene que ver con la capacidad de cuestionarnos, de reconocer errores y de asumir responsabilidad por nuestras acciones, ya sea a un nivel de liderazgos individuales o como una colectividad.

Para conectar estos dos pilares, debe existir coherencia política. No basta con sostener un discurso si las prácticas van en otra dirección.  La coherencia no significa perfección, pero sí es un compromiso constante de reducir la brecha entre lo que se dice y lo que se hace. Es en este punto donde se juega gran parte de la legitimidad de cualquier proceso organizativo. 

Así como demandamos cortes justas, autonomía universitaria, o un alto a la violencia sistémica, debemos revisar críticamente nuestras propias formas de organizarnos, las relaciones de poder que reproducimos y las prácticas cotidianas que sostenemos al interior de nuestros espacios.

Enfrentamos el riesgo de replicar dentro de nuestros espacios aquello que decimos transformar afuera.  Podríamos replicar ismos: racismo, machismo, edadismo, capacitismo, entre otros, y estos no desaparecen por el simple hecho de organizarnos.  Pueden manifestarse de formas sutiles en dinámicas cotidianas: en quiénes toman las decisiones, en qué experiencias se validan, en quiénes visibilizamos un liderazgo. Reconocerlo es una oportunidad para construir espacios más conscientes, donde la revisión crítica y el aprendizaje colectivo formen parte del proceso organizativo.

El centro de toda organización son las personas, y es precisamente eso lo que las hace complejas.  Ningún espacio colectivo está libre de conflictos, diferencias o contradicciones; la diferencia radica en cómo se gestionan esas tensiones. Apostar por la ética y la transparencia no elimina los problemas, pero sí crea condiciones para atravesar la incomodidad de manera constructiva, permitiendo alcanzar acuerdos más honestos y responsables.

En algunos casos, tomar distancia de esos espacios, aunque represente una decisión difícil, puede llegar a ser lo más coherente y sano para todas las partes involucradas.  Reconocer que ya no existe alineación entre las convicciones personales y las dinámicas colectivas no es sencillo, pero puede ser una forma de cuidar la integridad y continuar aportando desde otros lugares. Nombrar estas disidencias y complejidades también es parte de construir ética organizativa.

Todo esto debe complementarse desde el respeto, la empatía, el cuidado y la responsabilidad compartida; hay que forjar espacios donde la claridad y la horizontalidad nos permitan caminar juntas y juntos:  la forma en que hacemos las cosas importa tanto como los objetivos que perseguimos y las luchas que lideramos. Porque al final, la transformación social no solo se mide por los resultados, sino también por los caminos que elegimos para alcanzarlos.

Sobre la Autora:  Joven quetzalteca, feminista, internacionalista, investigadora y facilitadora en temas de género, juventudes y derechos humanos.

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