María José Morales, cantar para abrir camino a otros
Por: Marolen Martínez
La mujer detrás del arte
María José, ¿en qué momento de tu vida supiste que el canto no era solo un talento sino tu vocación y tu camino profesional?
Desde muy pequeña me enamoré del escenario. Reunía a mi familia en la sala de la casa para cantarles y, en el colegio, participaba en el coro, en teatro y en cualquier actividad artística que se presentara. Empecé clases de canto muy jovencita y me encantaba participar en musicales tipo Broadway; luego me flechó la ópera, y esa pasión continuó durante la universidad, donde estudié Diseño Gráfico en paralelo a mis estudios de música en el conservatorio y con maestros particulares.
La combinación entre las artes escénicas y las visuales me abrió un mundo completamente nuevo. Descubrí que no solo disfrutaba cantar, sino también crear conceptos, reunir personas para producir espectáculos y convertir ideas en experiencias. Me encantó poner toda mi creatividad al servicio de proyectos complejos, especialmente en un contexto donde la misión no es fácil: desarrollar y difundir la ópera en nuestro país. La ópera es la reina de las artes, une todas las formas de arte. Hoy no me imagino una vida lejos de este mundo que he construido; si no me encuentras sobre un escenario, es detrás de él.
También comprendí que mi voz podía servir para algo más que cantar. Hay una reflexión de San Juan Pablo II, en su Carta a los Artistas, que siempre me ha acompañado: quien descubre una vocación artística tiene también la responsabilidad de desarrollarla y ponerla al servicio de la humanidad. Esa idea resume muy bien la educación que recibí en mi hogar y la manera en que entiendo lo que hago. Es a donde regreso cuando me pierdo.
Un momento que para mí fue un antes y un después fue durante un Congreso Mundial de El Sistema de Orquestas Juveniles e Infantiles, en Venezuela. Allí experimenté cómo la música podía convertirse en una verdadera herramienta de desarrollo humano: llegando a niños y jóvenes en contextos de vulnerabilidad, a personas con discapacidad y a comunidades donde pocas veces existen oportunidades de acceso al arte.
Hasta entonces entendía la excelencia como un camino principalmente personal: formarme mejor, cantar mejor, exigirme más como artista. También la veía, en mi caso, como la construcción de una industria para mi arte en Guatemala. Con la experiencia en Venezuela descubrí una dimensión aún más amplia del poder de la música: la excelencia también puede convertirse en una herramienta para abrir oportunidades e impulsar a otros. Encontré un propósito mayor.
Entendí que la música no es un privilegio de pocos ni un lujo: la música es para todos. Puede emocionar a un público e impulsar carreras, pero también puede fortalecer la autoestima de un joven, crear comunidad y ayudar a una persona a descubrir su propio valor.
Hoy sigo formándome como cantante lírica, sigo soñando con escenarios importantes, sigo desarrollando proyectos en Guatemala para impulsar la ópera y otros géneros musicales, y también espero de todo corazón seguir siendo apoyo, impactando y creando espacios para que otras personas encuentren su propia voz. Porque cuando alguien la encuentra, encuentra también confianza, propósito y la certeza de que tiene algo valioso que aportar al mundo.
¿Cómo describes el equilibrio entre ser artista, gestora cultural y mujer en Guatemala? ¿Qué ha sido lo más difícil de sostener ese equilibrio?
Siempre digo que la vida es una canción: cada momento tiene una melodía distinta, con bemoles y silencios que también son necesarios. Cada uno tiene un soundtrack de vida distinto.
Balancear una agenda como artista, gestora cultural, esposa y mamá no es fácil, pero tampoco creo que las cosas que realmente valen la pena se construyan sin esfuerzo. Es un aprendizaje constante que requiere organización, disciplina y, sobre todo, aprender a estar presente de verdad donde toca estar. Hay que entender que no se puede hacer todo al mismo tiempo y que no todo puede ser perfecto; lo que sí depende de mí es dar el 100% en cada momento.
También he aprendido que nadie construye solo. Ha sido importante rodearme de personas en quienes confío, aprender a delegar y reconocer que pedir ayuda no es una señal de debilidad. Algo en lo que he estado trabajando últimamente es en darme también espacio para mí misma; entre tantas cosas por hacer, a veces me he dejado de último, y el autocuidado es parte esencial para poder cumplir con todo.
Mi fe en Dios ha sido el centro que me sostiene cuando todo es difícil. Gracias a Dios cuento con el apoyo incondicional de mi esposo, el tenor Mario Chang, mi familia y las personas que caminan conmigo, y que entienden nuestra forma de vida. Eso me ha permitido vivir cada uno de estos roles con responsabilidad y con mucha gratitud.
¿Quién ha sido tu mayor referente femenino, dentro o fuera del mundo del arte?

Sin duda, mi mamá. Es una mujer de una enorme fortaleza y generosidad. Me inspira la manera en que ha vivido: con alegría, actitud de servicio, integridad y con una forma amorosa de estar siempre presente para los demás. Es una súper mujer y una súper madre.
Y también me inspiran profundamente muchas mujeres valientes que no suelen aparecer en los titulares. Mujeres que trabajan, que sostienen a sus familias, que emprenden y lideran, que sacrifican, educan, cuidan, que nutren y guían a otros aunque no sean su sangre, que sirven a sus comunidades y que, sin buscar reconocimiento, hacen posible que la vida cotidiana funcione.
Son mujeres que no necesariamente están en escenarios ni ocupan espacios visibles, pero que sostienen gran parte de lo que somos como sociedad. Creo que ahí existe una forma de liderazgo que no siempre se nombra, pero que tiene un impacto profundo y real.
Querido Arte nació con una misión muy clara: democratizar el acceso a las artes en Guatemala. ¿Qué te llevó a fundarla y cuál ha sido el mayor desafío de hacer sostenible un proyecto cultural en nuestro país?
Querido Arte nació, en un inicio, por amor a la ópera. De ahí viene su nombre.
Cuando comencé mi formación como cantante lírica en Guatemala existían muy pocos espacios para desarrollarse profesionalmente en ese ámbito. Había pocos maestros especializados, pocas oportunidades para presentarse y prácticamente ningún ecosistema para quienes queríamos dedicarnos a esta forma de arte.
Al mismo tiempo conocí al tenor Mario Chang —una de las grandes voces de ópera que tiene Guatemala, con una carrera muy importante—, quien hoy es mi esposo. Vi en él un talento extraordinario y una disciplina admirable, y decidimos apostar juntos por ese sueño, pese a que casi todo el mundo nos dio la espalda. Mientras él desarrollaba una carrera internacional, yo seguía preparándome en paralelo y construyendo mi propio camino.
Cada teatro y producción que conocíamos alrededor del mundo nos dejaba la misma pregunta: ¿por qué esto no puede existir también en Guatemala?
Pero no nos quedamos solo con la interrogante, nos pusimos manos a la obra. Hoy Querido Arte, además de trabajar en pro de la ópera, produce experiencias musicales de distintos géneros: son Conciertos con Propósito, para acercar la música académica a nuevos públicos y educar. A través del Centro de Perfeccionamiento para las Artes impulsamos programas gratuitos de formación para niños y jóvenes mediante orquestas y coros; y, a través de la Asociación TALENTO, trabajamos para identificar, formar e impulsar nuevos talentos guatemaltecos, para que puedan llegar a su máximo potencial.
Hemos estado construyendo un ecosistema integral donde la producción, la formación y el impacto social se fortalecen mutuamente. Y nos hemos enfocado en fortalecer las instituciones para que puedan crecer y ser sostenibles en el tiempo.
Nuestro mayor desafío es el desconocimiento. Hemos ido demostrando que la cultura no es un lujo, que es algo esencial. El arte es educación, es una inversión en las personas, en la identidad de un país y en su futuro. Hemos visto a lo largo de los años las historias de éxito y superación de las personas que pasan por nuestras iniciativas, cómo cada vez hay más industria y cada vez hay más guatemaltecos brillando, y por eso vale la pena.
No estamos formando solamente excelentes artistas. Estamos formando excelentes seres humanos.
¿Cómo convences a los patrocinadores y aliados de que invertir en cultura es también una inversión en desarrollo humano y social?
Siempre digo que un país sin música es como un cuerpo sin alma.
A veces se ve la música únicamente como entretenimiento o algo accesorio, pero en realidad es una de las herramientas más completas para formar seres humanos. En una orquesta o en un coro no solo se aprende a cantar o a tocar un instrumento: con las horas de ensayo se aprenden habilidades blandas y básicas para la vida: disciplina, escucha, responsabilidad, empatía y trabajo en equipo. Es un ejercicio de sociedad en pequeño, con sus reglas y jerarquías, donde se avanza según el esfuerzo individual y colectivo. Todos están trabajando por un bien común.
También se trabaja el sentido de pertenencia y la autoestima, y se aprende a regular las emociones y a tomar mejores decisiones. Toda esta práctica constante forja el carácter y permea en otras esferas de la vida.
Se necesitan también espacios positivos para la juventud, en contraparte de las malas influencias, donde se invierta el tiempo de forma constructiva.
Después de trabajar con cientos de niños y jóvenes, lo he visto de forma muy concreta: la música no es el fin, es el vehículo. La verdadera obra de arte es la transformación humana.
Y eso no se queda solo en lo individual. Cuando un joven se transforma, también cambia su familia, su entorno, su comunidad y nuestra sociedad.
Además, existe un impacto que a veces se subestima: el cultural y económico. Las industrias creativas aportan al PIB de gran manera, generan empleos, dinamizan economías locales, fortalecen el turismo y ayudan a construir identidad. La cultura es motor de desarrollo. Por eso, invertir en cultura no es simbólico: es invertir en personas, en la economía, en el tejido social y en el futuro de un país.
Muchas mujeres emprendedoras sienten que su sector “no es suficientemente serio” para ser tomado en cuenta. ¿Cómo has manejado ese prejuicio en el mundo de las artes escénicas?
Creo que las industrias creativas todavía tienen mucho camino por recorrer para ocupar el lugar que merecen dentro de la conversación sobre desarrollo.
Muchas veces me ha tocado explicar por qué el arte importa. Digo en broma que hemos estado haciendo un verdadero apostolado artístico.
Pero con el tiempo entendí que la mejor manera de cambiar esa percepción no era solamente hablando, sino demostrando resultados. Haciendo el trabajo: produciendo conciertos, formando jóvenes, construyendo instituciones, creando alianzas y mostrando que el arte también puede generar impacto social, empleo, oportunidades y sostenibilidad.
Si los espacios no existen, hay que construirlos. Creo que esa ha sido una constante en mi vida. Valoro mucho espacios como este que me das en la Revista Mujer de Negocios para contar mi historia; la participación en foros, fellowships y conferencias ayuda a visibilizar la gran importancia que tienen el arte y la cultura dentro del ecosistema y la economía.
Y también he aprendido algo importante: no esperar a que alguien más dé permiso para empezar. Muchas veces el liderazgo consiste precisamente en dar el primer paso. Si de verdad crees en algo, no pares por nada ni por nadie. El camino del éxito no siempre es el más fácil.
EL CANDLELIGHT CONCERT DEL 2 DE JULIO

Cuéntanos sobre este Candlelight Concert: ¿qué van a vivir las personas que asistan el jueves 2 de julio en Casa Santo Domingo?
El jueves 2 de julio estaremos presentando un Candlelight Concert, una experiencia musical inmersiva en formato acústico, donde la música sucede en un ambiente íntimo, iluminado por cientos de velas. La idea es que, desde que el público entra al salón, sienta que está viviendo algo especial.
Haremos un recorrido por distintos estilos y épocas: desde grandes momentos de la ópera como La Bohème de Puccini, hasta éxitos de Broadway, el cine y canciones de arte latinoamericana que forman parte de nuestra memoria colectiva. Queríamos construir un programa que pudiera emocionar tanto a conocedores de la música clásica como a quien asiste por primera vez a un concierto de este tipo.
Además, Casa Santo Domingo tiene una magia muy particular. Es uno de esos lugares donde la historia, la arquitectura y el arte se conjugan. Cuando ese espacio se llena de música y de cientos de velas, la experiencia se vuelve realmente única.
Vivimos tan deprisa que pocas veces nos damos permiso de detenernos. Me gusta pensar que este concierto es justamente una invitación a hacer una pausa, disfrutar de la belleza y recordar el enorme poder que tiene la música para reunirnos, emocionarnos y conectar con algo que a veces olvidamos en medio de la rutina. Queremos que sea algo multisensorial: rodeados de velas, que escuchen la música con los ojos y el corazón. Es para ir con alguien especial, para desconectarse y hacer algo diferente.
Y hay algo que hace esta noche todavía más especial para mí: es uno de nuestros Conciertos con Propósito. Cada entrada nos ayuda a seguir brindando oportunidades de formación artística a niños y jóvenes a través de la Asociación TALENTO. Así que quienes nos acompañen no solo vivirán una experiencia inolvidable, sino que también estarán haciendo posible que más personas encuentren en la música un espacio para crecer.
Información de la Asociación TALENTO en www.talentoguatemala.org y redes @queridoarte
¿Qué significa para ti presentarte con el Atlas String Quartet, Heber Morales y el tenor Mario Chang? ¿Qué construye la colaboración artística que no puede lograr el talento individual?
Me acompaña al piano el maestro Heber Morales, quien es nuestro coach en Guatemala y nos ha acompañado a lo largo de nuestra carrera. También el Cuarteto Atlas, jóvenes músicos de cuerda a quienes estamos apoyando y que está conformado por los líderes de nuestra orquesta juvenil. Los quiero muchísimo y he visto de cerca su desarrollo y su potencial.
De invitado tengo a mi esposo, el tenor Mario Chang, con quien más me gusta cantar en la vida. Va a ser una linda oportunidad de escucharlo, ya que siempre está cantando en teatros fuera de Guatemala. Creo que el público debería aprovechar esta oportunidad porque no sucede muy seguido.
Yo estoy emocionada de hacer música con mis personas favoritas. Hemos gozado el proceso de ensayos; ha sido un aprendizaje enorme desgranar y ensamblar cada pieza, y espero que el público reciba esa misma emoción y amor. Esta música es compleja, y cada uno estamos aportando nuestro trabajo para lograr que el público suspire y tenga una noche inolvidable.
Si pudieras dedicarle este concierto a una mujer guatemalteca —real o histórica, viva o histórica— ¿a quién sería y por qué?

Se lo dedicaría a todas las mujeres guatemaltecas que sueñan, que luchan y que no se dan por vencidas.
A las que cada día sacan adelante a sus familias, a las que emprenden, a las que sirven desde distintos espacios y a las que, aun cuando el camino se pone difícil, siguen creyendo que vale la pena intentarlo una vez más.
Me gustaría que este concierto fuera un pequeño homenaje para ellas. Que, por un par de horas, puedan detener el tiempo, disfrutar de la música y recordar que los sueños sí valen la pena.
Que este sea, sobre todo, un canto de inspiración y de esperanza para seguir adelante.
¿Qué le dirías a una mujer joven que siente que su pasión no encaja en el molde de “carrera exitosa” que la sociedad espera de ella?
Lo primero que le preguntaría es: ¿qué significa el éxito para ti?
Porque creo que esa respuesta es distinta para cada persona. No todos cabemos en la misma definición de éxito, y está bien que así sea.
Le diría que no tome las decisiones más importantes de su vida basándose únicamente en lo que los demás esperan de ella. Hay que animarse a romper paradigmas y ser fiel a aquello que uno siente que está llamado a hacer.
No voy a decir que es fácil. Muy probablemente le van a decir que está loca, que no se puede o que busque algo “más seguro”. A todos los que emprendemos o hacemos algo diferente nos pasa.
También le diría que los sueños no se cumplen solo con ilusión. Necesitan estrategia, preparación, disciplina y muchísimo trabajo. El talento, por sí solo, no alcanza. Hay que trabajarlo.
Rodéate de personas que crean en ti, que te reten a crecer y que celebren tus logros sin sentirse amenazadas por ellos. Prepárate para que, cuando llegue la oportunidad, estés lista.
La vida es demasiado corta para quedarse con la duda de qué habría pasado si lo hubieras intentado.
Sea cual sea tu sueño —emprender, ser artista, científica, maestra, escritora, liderar una empresa o formar una familia—, si ese camino te acerca a la persona que quieres llegar a ser, vale la pena luchar por él. Cuando uno encuentra un propósito en la vida, se trabaja con gusto y felicidad. Haz lo que te haga feliz.
Sin duda alguna María José, es una mujer que irradia su luz en todo lo que hace. Su compromiso, pasión, amor y generosidad son pilares que la sostienen no solo en el escenario y en su vida cotidiana, siendo inspiración para cientos de niñas y adolescentes que sueñan con ser artistas.
Además, es una mujer de negocios enfocada en hacer del arte un estilo de vida en nuestro país. Fomentemos siempre el amor al arte y la cultura pues solo así veremos una mejor sociedad. Ser una mujer de negocios dedicada al arte desde el amor y la pasión que la impulsa es ser un faro de luz en la oscuridad de muchos.