Alas del anhelo

Autor: Diego Méndez – Instagram: @dfm.mp3 – Editorial: youngfortransparency@gmail.com

Introducción

La política en Guatemala es una bestia que busca devorarse a sí misma. Quienes buscan generar un cambio y quienes han corroyendo un sistema fallecido han radicalizado tanto sus acciones e ideales que ya no hay manera de distinguir quién busca la razón y quién solo quiere que su ego resuene.

Por eso cada vez me cuesta más hablar de la realidad que atraviesa el país. Pero el lente de la ficción me devolvió la voz.

Hoy presento una historia sobre la voluntad democrática de Guatemala: su deseo de luchar por un día de verdadera libertad, la juventud que sueña con un mejor mañana y la realidad que recuerda que ese mañana todavía está lejos. La historia habla de la tentación de destruirlo todo cuando no podemos arrancar la podredumbre del sistema desde la raíz.

He disfrazado la identidad política del país con el mito griego de Ícaro. Espero que quien lea encuentre en la narración alguna semblanza de lo que llamamos “verdad”.

I. El juicio de Dédalo

– La santidad de la institución es el máximo pilar de nuestra sociedad, pues es el orden el que nos rige y brinda paz, pero ahora tu mente y tu ambición se han vuelto demasiado caóticas para mi organización. – trató de explicar el rey Minos, envuelto en un terciopelo azulado, mientras descuartizaba con apetito la carne servida en su banquete matutino. La grasa le escurría por su abundante barba enmarañada y las joyas de sus dedos se bañaban en la jugosa carne mientras el rey saciaba su apetito.

La sala guardaba un silencio completo. Los bocados del rey sonaban como la verdadera sentencia que todos debían soportar.

Dédalo permanecía encadenado, hincado y humillado frente a su rey. Su mente había construido el legado que ahora lo juzgaba, y el padre de la invención enfrentaba ese juicio como un animal ante la corte real a la que alguna vez perteneció.

Buscó mantenerse sumiso durante el proceso. El frío abrazo de las cadenas le recordaba que había traicionado a su rey; sabía que en esa posición sus opciones eran pocas. Aun así, su voz merecía escucharse: era lo único que le quedaba.

– Hoy el mundo me declarará un monstruo, un traidor de mi patria. Sé que tu palabra es la ley, mi gran rey, pero no seas vulgar con los hechos de la realidad: la bestia que declarabas como tu sangre era una plaga para este reino. El minotauro solo buscaba alimentarse de la carne de tu propio pueblo. Su muerte honra la memoria de quienes derramaron su sangre sin sentido. –

El pueblo de Creta recibió esas palabras con el mismo respeto que se le da a un leproso. Pero el corazón de Dédalo sabía que la historia lo recordaría como aquel que el pueblo siempre necesitó.

Minos se limpió las manos en su delicada vestimenta y se levantó. Su figura era obesa y corrompida; la maldad parecía brotar de cada poro. Le costaba respirar de pie y más aún encontrar fuerzas para hablar.

– Hablas verdad cuando dices que has servido a tu pueblo, pero no puedo ignorar que tu ambición carga con estas atrocidades – dijo jadeando el rey.

Dos esclavos entraron sofocados cargando un palanquín donde reposaba el fétido cadáver del minotauro. Nadie se atrevía a decir nada. Las moscas rondaban el cuerpo y la carne comenzaba a tornarse verde. Aun así, el rey se acercó con la ternura que un padre reserva para su hijo.

– Mi hermoso muchacho dejó este mundo sin despedirse de su padre. Sé que todo el pueblo llora la muerte de su príncipe – lloró el rey.

Minos soltó un grito de dolor. La corte entera se sumió en silencio por el luto de su gobernante. Dédalo solo pudo ser testigo de algo que ya conocía: aun ante los horrores que causa la locura, la obediencia seguía brillando en los ojos de todas las almas perdidas.

– Soy un rey bondadoso y alguna vez me atreví a llamarte amigo, Dédalo. Por eso te otorgo la clemencia de despedirte de tu legado mientras mueres rey de las ideas. Que tu hijo te acompañe en tu penitencia y que tengas la bendición de decirle adiós antes de soltar tu último aliento – Sus palabras eran finales.

Dédalo gritó el nombre de su hijo mientras intentaba liberarse. Los guardias sometieron al niño con cadenas. Por un momento, los ojos de Minos cruzaron la mirada de Ícaro, y en ese instante el joven vio con claridad el rostro de la verdadera oscuridad: egoísta e incorruptible.

– Llevadlos al laberinto, que ocupen la labor del minotauro – declaró el rey, sin interés, reanudando su apetito junto al cadáver de la bestia.

II. La prisión del inventor

El sabor a sal marina le quedó pegado al paladar de Ícaro. El estruendo del mar fue su primer recuerdo al llegar a la prisión. Los soldados se burlaron de la idea de que un hombre fuera capaz de construir su propia ruina.

Les quitaron las cadenas y les advirtieron que ahora el laberinto dictaría su libertad. Las puertas se cerraron y el silencio reinó dentro de las cuevas. Las rocas de los muros eran húmedas y antiguas, levantadas bajo tradiciones casi olvidadas.

El eco de las gotas que erosionaban la piedra era su único acompañante. Dédalo y su hijo vagaron por los pasillos hasta que el pesar superó al hombre cuyos ojos habían perdido toda chispa de vida. Dédalo cayó de rodillas y trató de contener el llanto en la oscuridad.

La gente que alguna vez juró proteger lo había humillado. Lo encerraron para siempre en su propio invento, y solo su inocente hijo le hacía compañía. Dédalo gritó en agonía. El grito creció hasta convertirse en llanto y el llanto en sollozo, hasta que las lágrimas se agotaron. Entonces comenzó a reír: la ironía de su castigo pesaba tanto como su dolor.

Ícaro corrió a los brazos de su padre y los dos buscaron consuelo el uno en el otro. El muchacho fue valiente y le preguntó si ese era el fin. Dédalo levantó la vista y, dentro del silencio de su prisión, encontró una armonía que le ofreció una respuesta.

– Busca la luz. –

Dédalo entendió entonces que la esperanza sería lo último en abandonarlo. Los días se hacían largos y las noches pesadas, pero el padre y su hijo vivían.

III. El hogar dentro del laberinto

Una mañana de nueva primavera, un conejo silvestre saltó por un prado verde y fresco. Se detuvo a merendar, y en esa pausa una flecha le atravesó el corazón.

Ícaro salió corriendo a buscarlo y anunció la victoria a su padre con alegría desbordante. Los dos habían convertido su prisión en un hogar: dentro de los interminables caminos y corredores encontraron un jardín donde descansar, alimentarse y prosperar.

– ¿Por qué es tan hermoso? – preguntó Ícaro a su padre mientras servía la comida. – El laberinto es muy hermoso para ser una prisión.

Con la mesa lista y la comida servida, Dédalo se sentó al lado de su hijo.

– Su propósito era ser un hogar, un lugar donde hasta el minotauro pudiera encontrar sentido, conocer la paz y escuchar a la naturaleza –

Eran palabras que Dédalo alguna vez pronunció con orgullo.

– Por muy divina que sea mi creación, la hizo el orgullo de un hombre, y al orgullo siempre lo persigue el error. Eso es lo que necesito: un error basta para reclamar nuestra libertad. –

Ícaro descansaba en los prados. La brisa lo acariciaba mientras su mirada perseguía el vuelo de las aves. Dédalo recordó lo que es amar cuando la luz del amanecer comienza a esconder ese vuelo. En un momento, mientras la oscuridad crecía en el horizonte, el hombre tuvo una idea.

IV. Las alas del padre

Al llegar la mañana, Ícaro despertó y no encontró a su padre. Lo buscó por los alrededores y, sin compañía, comprendió que la soledad del alma se agrandaba ante la escala de la prisión.

Al cruzarse con él, encontró a Dédalo obsesionado en un nuevo espacio de trabajo, rodeado de velas. El suelo estaba cubierto de sangre y aves desemplumadas. En medio de ese caos, al ver a su hijo en la habitación, Dédalo se acercó, lo abrazó y lo cargó. Al dejarlo en el suelo, le prometió que volverían a ser libres.

Desde entonces, Ícaro comenzó a recibir el mismo sueño cada noche. Su conciencia viajaba a un lugar donde el alma sentía que pertenecía. El hogar que su mente construía en el descanso no era un lugar físico ni el abrazo de una persona: era el destello brillante y la calidez que solo puede dar la luz.

El joven despertaba preguntándose si ese resplandor era un ángel con la misión de devolverles la esperanza, o si ese era simplemente el rostro de la libertad.

La luz le prometía a Ícaro un momento donde las acciones del pasado no dictarían su presente. Y ese recuerdo, de un lugar que no existía, le recordó a su alma la vitalidad que entrega la libertad. Pues aun dentro de su prisión, la mente había encontrado una manera de escapar.

El tiempo pasó, las velas escasearon y la luz nocturna se convirtió en el recurso más preciado de Dédalo. Pero en una mañana gloriosa, Ícaro encontró a su padre de pie, exhausto, con unas alas nuevas listas para partir.

Dédalo había reconstruido un aparato que los haría volar como las aves. Pero el padre le advirtió a su hijo con sabiduría:

– Debes seguir dos reglas: no vueles cerca del mar, su corriente dañará la estructura y te arrastrará para siempre. –

Dédalo se arrodilló para mirar directamente a los ojos de su hijo mientras los dos recobraban, poco a poco, la esperanza.

– Prométeme que no volarás tan alto: el calor del sol derretirá las alas y caerás a una muerte segura. –

V. El vuelo hacia la libertad

Después de escuchar las instrucciones, compartieron un abrazo. Comenzaron a despedirse del lugar que les impusieron como hogar. Ícaro no pudo evitar preguntarse si sus corazones serían capaces de sentir nostalgia por algo que nació como su ruina.

Dédalo fue el primero en acercarse al borde de los muros del laberinto. El nivel del mar estaba bajo y la brisa traía consigo una felicidad que parecía la bendición de las fuerzas naturales, esas más difíciles de entender que cualquier ciencia humana. La brisa acarició el rostro de Dédalo una última vez. Luego le dedicó un suspiro final a su laberinto y saltó hacia la libertad.

El mañana nunca se había sentido tan cerca para Ícaro. Aun así, comprendió que la verdadera libertad vivía en seguir luchando por el presente, no en esconderse en la inacción de soñar con un lugar que no existe. Dejarse caer fue lo más fácil: morir resultaba un destino más digno que vivir sin libertad.

Al extender las alas y emprender el vuelo, Ícaro comenzó a reír por la gracia del espíritu humano. Qué bello era el tacto del sol en la mañana. Qué fresco el sabor del aire libre. Qué valiente debía ser, pensó entre carcajadas. Su risa era merecida, y por un momento sintió que pertenecía a algo más grande de lo que se había atrevido a soñar.

No hay nada más hermoso que la cálida luz de la libertad. Era la única pasión, el único amor, el único sueño del espíritu de Ícaro: florecer en un mundo donde era libre de pensar y de actuar.

VI. La tentación del sol

En su euforia, Ícaro no encontraba palabras para traducir lo que sentía. ¿Cómo se traduce esa divinidad del amanecer? La luz había sido su compañera durante la opresión, y Ícaro no resistió la tentación de verla más de cerca.

Ignoró su voz interior y voló más alto, más y más alto. Las lágrimas corrían por sus mejillas e Ícaro supo que nadie conocería el cielo como él lo estaba conociendo en ese instante.

Solo la ambición lo sostenía en el aire. Al comprender su inminente caída, Ícaro siguió riendo. El intrépido joven nunca se arrepintió ni de la caída ni del vuelo: su mente sabía que la verdadera tragedia de aquel día habría sido no ver nunca la calidez de la luz.

Su amor eterno solo pudo recordarse a través de la tragedia de su caída.

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