Autor: Jennifer Paniagua – X: @jennypaniagua01 – Instagram: @jenny_paniagua01 Facebook: @jennifer.paniagua.73
Editorial: youngfortransparency@gmail.com
Existen personas cuya presencia trasciende en el tiempo, los espacios y las circunstancias. Personas que no solamente ocupan un lugar dentro de una comunidad, sino que terminan convirtiéndose en parte esencial de la vida de quienes las rodean. Nancy Bobadilla fue una de ellas.
Dentro de Tigres Academy y toda la comunidad de Flag Football en Guatemala era conocida como entrenadora y árbitro, pero reducirla únicamente a esos títulos sería insuficiente. Nancy no solo formó atletas; formó seres humanos. Su legado jamás se limitó a una cancha, una jugada o a un marcador. Su verdadera huella quedó sembrada en el carácter, en los valores y en el corazón de generaciones enteras que encontraron en ella un refugio.
En una disciplina que exige fortaleza, disciplina y compromiso. Nancy enseño algo todavía a más importante: humanidad.
Cada entrenamiento y arbitraje era también una lección de respeto. Cada partido representa una oportunidad para aprender sobre compañerismo, humildad y empatía. Nancy insistía en que ningún triunfo justificaba la arrogancia y que ningún rival merecía humillación alguna, al contrario, celebraba el aprendizaje que la derrota dejaba. Enseñaba que el deporte debía de servir para construir personas integras, no únicamente competidores capaces.
A pesar de que en distintas ocasiones mencionó que no deseaba ser madre, la realidad es que terminó siendo una figura materna para generaciones enteras dentro de la academia. Su manera de cuidar, escuchar y acompañar dejó una marca imposible de borrar.
Para Nancy, existía una persona que representaba el centro emocional de su vida: Alexia Estrada, su hermana.
La relación entre ambas trascendía el vínculo ordinario entre hermanas. Compartían entrenamientos, viajes, celebraciones y silencios. Pero sobre todo compartían una conexión construida desde el amor más genuino y protector.
Cuando Nancy falleció, no solamente se perdió una entrenadora o un árbitro, se perdió una guía, una amiga, una figura de apoyo y una parte esencial de la identidad del flag football. Los atletas lloraban inconsolablemente. Muchos llegaron a despedirse portando camisolas, flags y balones, como una forma de acompañarla con aquello que ella tanto amó y construyó.
El homenaje realizado en la cancha fue una muestra de impacto que tuvo en tantas vidas. Demostrando que el verdadero éxito no está en los logros personales, sino en el amor sembrado en los demás.
A pesar del profundo dolor, el equipo continuó entrenando. No porque la ausencia fuera pequeña, sino porque abandonar aquellos que Nancy construyó habría significado permitir que una parte de ella desapareciera también.
Entonces llegó el 5 de mayo: el día de su cumpleaños.
Ese día, Tigres disputó la final del torneo Flag GT y obtuvo la victoria. Fue un triunfo profundamente simbólico y emocional. No se sintió únicamente como una conquista deportiva, sino como un homenaje. Como si de alguna forma, Nancy hubiera permanecido presente en cada jugada, en cada esfuerzo y en cada abrazo posterior al partido.
Hay ausencias que jamás logran superarse por completo, porque terminan convirtiéndose en parte permanente de quienes permanecen aquí y Nancy enseñó el verdadero sentido de la vida: vivir desde el amor.
Y aunque hoy no se encuentre físicamente entre nosotros, permanece viva en cada niño que ayudó a formar, en cada enseñanza transmitida dentro de la cancha, en cada abrazo compartido y en cada persona que aprendió de ella el valor del amor y la bondad genuina. Y también permanece viva en cada corazón que, aquel 05 de mayo, entre nostalgia y gratitud sigue elevando la misma frase hacia el cielo
“Feliz cumpleaños, Nancy. Gracias por todo”