con hilo, instinto y el amor de una madre
| Maritza Figueroa comenzó con 2,000 quetzales prestados por su mamá, tres hijos pequeños en el asiento trasero del carro, y una intuición más poderosa que cualquier plan de negocios. Hoy, Uniformes de Guatemala es una empresa con más de 350 colaboradoras, 11 tiendas en todo el país y sueños que se extienden hasta Centroamérica. Esta es la historia de una madre que no esperó permiso para construir su legado. |
Maritza, ¿quién es la mujer detrás de Uniformes de Guatemala?

Soy hija de unos padres maravillosos, la única hermana entre cuatro varones, madre de tres hijos hermosos. Soy una mujer emprendedora, luchadora. Desde los 15 años quise trabajar, incluso en contra de la opinión de mi papá. Tenía un espíritu que no cabía quieto.
Mi mamá nunca trabajó fuera de casa. Vivió para nosotros, para mi papá. Pero de quien heredé el fuego fue de él: siempre andaba buscando mejores oportunidades, quería más para la familia. Creo que ese espíritu de no conformismo se metió en mi ADN, y en el de todos mis hermanos. Todos estamos en el mundo de los negocios.
«Los obstáculos los tiene uno en su mente. Cuando tienes una visión o un sueño, debes madurarlo y cumplirlo.»
¿Cómo nació la empresa? ¿De dónde vino la primera chispa?
Es una historia que siempre me hace sonreír. Mi suegra era modista de alta costura y le hacía unos vestiditos preciosos a mi hija mayor. Un día alguien me dijo: «¿Y por qué no vendés vestidos de niña?» Yo respondí que no, que las ventas no eran lo mío. Pero lo mencioné en casa, y mi mamá me puso en la mano 2,000 quetzales de sus ahorros y me dijo: «Mija, tome. Emprenda. Saque vestiditos para ver cómo le va.»
Le dije que qué pasaba si perdía el dinero. Me respondió: «Usted lo va a multiplicar.» Y así arrancamos. Con docenas de vestidos para niñas, que yo vendía en el colegio donde trabajaba como maestra. Las maestras me compraban, una maestra me presentó a su hermana que tenía tiendas en Cutiapa y en la capital, y la cosa fue creciendo sola.
¿Cuándo decidió dejar la docencia y apostarlo todo al negocio?

Cuando el negocio ya era más que suficiente. Pasé de docenas de vestidos a cientos. Las vendedoras llegaban a consignación, me traían abonos, todo funcionaba con una confianza hermosa. Un día simplemente vi que el taller me necesitaba más que el colegio. Renuncié y no miré atrás.
Y fue en 1992 cuando di el salto definitivo: fundar Uniformes de Guatemala. La gente empezaba a pedirme que les hiciera los uniformes de sus empresas. Al principio lo veía complicado, muy distinto a vender vestidos de ganchera. Pero las condiciones eran mejores: el 50% de anticipo, pedidos concretos, cero inventario que se quedara sin vender. Un uniforme no pasa de moda.
| «El uniforme no pasa de moda. Porque se uniforman 30 agentes, o se entregan 30 trajes y pagan por 30. Cero riesgo de colección.» |
¿Cómo logró ganar a clientes tan grandes y mantenerlos por décadas?
Entramos por la sastrería. Mis colaboradoras eran sastres, entonces podíamos hacer prendas de alta calidad con medidas. Eso nos abrió puertas en empresas grandes. Recuerdo que a IRTRA entré así, a sacar los trajes de sastrería, y en recursos humanos vieron el trabajo. «Pues si trabaja bonito», me dijeron, y fueron abriendo más puertas. Con INDE tengo más de 25 años de relación. Con IRTRA, igual.
Lo que nos ha mantenido no es solo la calidad, es el servicio. Hemos tenido competidores, claro. Y algunas empresas han decidido probar con otros proveedores. Está bien, lo respeto. Pero a veces regresan y me cuentan: «El producto estaba bien, Maritza, pero el servicio… no venían a arreglarnos nada.» Y ahí volvemos. Porque nosotros sabemos la cultura de cada empresa, conocemos a su gente, les quitamos ese problema de encima.
Madre, maestra y jefa de taller: el arte de hacer todo al mismo tiempo
¿Cómo era su vida cuando sus tres hijos eran pequeños y el negocio crecía al mismo tiempo?
Complicada y hermosa a la vez. Pasaba dejando a uno al colegio, a otro al otro. Las niñas en María Auxiliadora, el varón en el Liceo de Guatemala. Que uno se quedaba al fútbol, que otra al teatro… Uno no sabe en realidad cómo se gestiona el tiempo. Pero lo que sí sé es que si le ponés pasión, se logra.
Mi rutina era así: a las ocho ya estaba trabajando fuerte en el taller. A la una y media paraba, iba a recoger a los niños, los dejaba almorzar en casa, y me regresaba a la oficina. A las cinco volvía para estar con ellos. Hoy suena agotador. Pero en ese momento era simplemente la vida que tenía, y la vivía con todo.
| «Cuando uno pone pasión, se logra. Uno se va envolviendo, y de pronto ya lo logró.» |
Cuando los hijos heredan el fuego

¿Cómo llegaron sus hijos a integrarse a Uniformes de Guatemala?
Ellos crecieron entre rollos de tela e hilos. Mi carro era la bodega: rollos cruzados en el asiento, bolsas de botones en los pies. Pero ninguno me dijo de chiquito que quería trabajar conmigo. Cada uno tenía sus sueños y los cumplió.
La mayor se graduó de arquitecta y se fue a sacar una maestría a Barcelona. El varón, Víctor, estudió ingeniería mecánica en la Universidad del Valle. Un día me invitó a desayunar y me dijo: «Mamá, fíjate que Amanco me está ofreciendo un puesto de subjefe en planta, con buen salario. Pero me puse a pensar que vos tenés una empresa, y yo quisiera hacerla crecer. Pagame lo mismo que me darían allá, y me vengo.» Le pedí un plan. Se sentó y me dijo: «Crecer cuesta dinero, mamá. Al principio todo va para afuera. Pero cuando empieces a ver el retorno, vas a ver la diferencia.»
Le dije que sí. Y cumplió. Sistematizó todo, metió contabilidad formal, estructuró el equipo de ventas, renovó maquinaria. Cosas que yo llevaba años haciendo a puro artesanal. Los jóvenes traen otra mirada. Y esa mirada valía oro.
¿Y la hija arquitecta?
Ella se fue a trabajar en una firma de arquitectos. Un día me llama y me dice: «Mamá, yo te puedo ayudar en la empresa. Los programas de diseño que manejo se pueden adaptar a lo que ustedes hacen.» Le dije: ¿Por qué no te venís? Lo pensó. Y se integró.
Se fue directo a la planta. Y trabajar en la planta es de lo más exigente que existe: los tiempos de entrega, la presión, el control de calidad, la gente. Ella, sin saber nada de costura, empezó a buscar ingenieros especializados, asesores en maquinaria, y creó líneas de producción que antes no existían. La preparación que traía fue clave. Hoy Alejandra es la gerente de producción.
Y la menor, Marisa, que estudió relaciones internacionales y venía de trabajar en la gerencia de un banco, se integró a la parte administrativa. Hoy los tres están dentro: Víctor como gerente general, Alejandra en producción, Marisa en administración. Y yo me quedé en la gerencia comercial, que es donde estoy en mi elemento: con mis clientes, con las relaciones, con las personas.
| «De la puerta para acá son mis empleados. De la puerta para allá, son mis hijos. Pero aquí vienen a trabajar, y los voy a medir igual que a cualquiera. Porque esto es de ustedes. Hoy, mañana, y para los hijos de sus hijos.» |
¿Qué ha sido lo más difícil de trabajar entre familia?
Entender los límites. A mí me costó muchísimo entender hasta dónde terminaba mi rol y empezaba el de cada uno de ellos. Yo llegaba a la planta a ver cómo iban las cosas, y la gente cambiaba el plan solo por mi presencia. Alejandra me paró en seco un día: «Mami, no hagas esto. Me quitás autoridad. Estoy planificando, y cuando tu llegas rompes la cadena de producción.» Yo decía que solo iba a preguntar. Pero es que cuando llega «Doña Maritza», todo cambia. Aprendí a respetar eso.
También hubo momentos en que todos creían tener la razón. Reuniones donde cada quien jalaba para su lado. Fue necesario hacer coaching de empresa familiar durante casi dos años, con pruebas, reorganización de roles, y aprender que no estar de acuerdo es válido. Que la confianza no significa que todos piensen igual.
El legado que se sigue tejiendo

¿Qué la enorgullece más como madre empresaria?
Saber que un día me voy a retirar y la empresa no se va a perder. Todo el esfuerzo, todo el sacrificio, va a quedar en buenas manos, en las manos de mis hijos, que son excelentes profesionales y han demostrado que sí pueden. Eso, para mí, no tiene precio.
¿Cómo visualiza el futuro de Uniformes de Guatemala?
Mucho más grande de lo que hoy está. Hoy tenemos 11 tiendas abiertas, con proyección a llegar a 14. Y el sueño siguiente es Centroamérica: abrir presencia en otros países, de nosotros mismos, no en franquicia. Todo lo que nos hemos ido proponiendo, con el favor de Dios, se ha ido cumpliendo. La capacidad instalada está, la maquinaria está, los clientes están. La empresa tiene mucho, mucho para dar todavía.
| «Uniformes de Guatemala, mañana: Uniformes de Centroamérica.» |
¿Qué le dice Maritza a esa mujer que siente que no puede, que se bloquea antes de intentarlo?
| «No hay obstáculos. Los obstáculos los tiene uno en la mente. Cuando se tiene una visión o un sueño, hay que madurarlo y cumplirlo. Hay que buscar las formas. Porque no basta con querer: hay que actuar, planificar, estudiar, y darle continuidad. Todo trabajo tiene sus resultados. Y hoy, más que nunca, está demostrado que las mujeres somos tan capaces o más que cualquiera. Solo hay que trabajarlo.» |
Maritza no construyó una empresa a pesar de ser madre. La construyó exactamente porque lo era: con la misma tenacidad con que se levanta a las seis de la mañana, con la misma claridad con que sabe cuándo abrazar y cuándo soltar, con el mismo amor que no distingue entre una hija y un proyecto que merece crecer. Hoy, Uniformes de Guatemala viste a Guatemala entera. Y detrás de cada costura, hay una madre que nunca dejó de creer.