Por: Marolen Martínez
Hay una fecha en el calendario que me llega al alma cada año: el 23 de abril, Día Internacional del Libro. No porque sea una conmemoración más entre las muchas que pueblan el almanaque, sino porque me recuerda algo que el mundo moderno está olvidando a una velocidad que debería alarmarnos: que los libros no llegan solos a las manos de los niños. Alguien tiene que ponérselos.
Ese alguien somos nosotros. Los adultos. Los padres, los maestros, los abuelos, los tíos, las figuras que un niño o adolescente tiene a su alrededor. Y si esas figuras no leen, si esas figuras no hablan de libros, si esas figuras no tienen en sus manos una historia que les apasiona, ¿con qué fuerza moral y con qué ejemplo vivo le pedimos a las nuevas generaciones que lean?
Los libros no se heredan solos. Se transmiten. Y esa transmisión empieza en el ejemplo, no en la obligación.
Recientemente, varios estudios han puesto sobre la mesa una realidad que incomoda: estamos ante la primera generación que, en promedio, podría ser menos capaz cognitivamente que la anterior. No menos talentosa, no menos creativa en potencia, sino menos entrenada para pensar profundo, para sostener la atención, para procesar argumentos complejos, para tolerar la incomodidad de no entender algo de inmediato y seguir adelante hasta comprenderlo.
Y aunque sería injusto —y simplista— atribuirlo todo a las pantallas, sería igualmente ingenuo ignorar que la lectura profunda, la lectura de libros reales, está siendo desplazada por el consumo de contenidos fragmentados, veloces e instantáneos. El cerebro se adapta a lo que le damos. Si le damos videos de diez segundos, aprende a pensar en diez segundos. Si le damos novelas, aprende a construir mundos.
El espejo que los niños no pueden ignorar
Los niños no hacen lo que les decimos. Hacen lo que nos ven hacer. Esta es una de las verdades más antiguas y más resistentes de la pedagogía, y sin embargo seguimos ignorándola cada vez que le decimos a un hijo que lea mientras nosotros scrolleamos sin parar.
Si en tu casa no hay libros visibles, si nadie habla en la mesa de lo que está leyendo, así sea el periódico en papel, si la lectura nunca aparece como fuente de placer o de conversación, estás comunicando algo muy claro: los libros no importan tanto. Y esa enseñanza silenciosa tiene un peso infinitamente mayor que cualquier tarea escolar de lectura obligatoria.
La pregunta, entonces, no es solo ¿cuándo leerán mis hijos? La pregunta honesta, la que duele un poco hacerse, es: ¿cuándo leí yo por última vez? ¿Qué libro tengo en mi mesa de noche? ¿De qué libro hablé en los últimos treinta días?
Leer no es un lujo académico. Es un acto de amor.
Leer a un niño en voz alta antes de dormir no es un ritual pintoresco de familia perfecta. Es neurociencia aplicada: estimula el lenguaje, expande el vocabulario, desarrolla la empatía, fortalece el vínculo emocional y —esto es crucial— le enseña al cerebro que las historias largas tienen valor, que vale la pena esperar para llegar al final.
Leerle a un adolescente ya no funciona de la misma manera, claro. Pero sí funciona hablar con él de libros. Preguntarle su opinión. Recomendarle uno que te marcó. Dejarle ver que tú también tienes preguntas sin respuesta y que a veces las encuentras —o las profundizas— entre páginas.
La lectura no compite con la tecnología: compite con la superficialidad. Y esa batalla no la ganan los maestros ni los algoritmos. La ganan los adultos que deciden, conscientemente, poner un libro en sus propias manos primero.
Si queremos una generación que piense profundo, necesitamos adultos dispuestos a hacer exactamente eso.
Este 23 de abril, más que publicar una frase bonita sobre los libros, te invito a hacer algo concreto: abre uno. Léelo donde tus hijos o tus estudiantes puedan verte. Habla de él en la cena. Llévalo contigo. Regala uno con una dedicatoria escrita a mano.
Los libros no se heredan solos. Se transmiten. Y esa transmisión empieza en el ejemplo, no en la obligación. Empieza en ti.
Los libros te encuentran en el momento justo. Todos los libros que tengo me han encontrado, nos es solo el contenido si no la historia de cómo llegó a mi. Es una pegatina que siempre deja en tu piel algo que te deja tatuado y te va cambiando poco a a poco. Feliz día del libro y gracias por compartir tan linda lecturaN!! Para un domingo fue miy refrescante!!
Gracias por ser parte de nuestra comunidad leyendo nuestros contenido y más aún compartirlos con otras personas, así podemos transformar nuestra sociedad, nuestro metro cuadrado, uno a uno. #JuntasInvencibles.