La ideología no llena platos

Autor: Meybel Amaya – X: @soymey_amayh – Instagram: @Soymey_amaya – Editorial: youngfortransparency@gmail.com

En Guatemala, después del fin del conflicto armado, la ideología perdió centralidad en el debate político. Los votantes, hastiados de una lucha que dejó miles de muertos, se enfocaron en resolver su día a día: ajustar presupuestos familiares, absorber el alza en el precio de los alimentos o sostener un hogar en condiciones de incertidumbre. Las reformas neoliberales que acompañaron la transición a la democracia exacerbaron la necesidad de asegurar el sustento de forma individual, ante la falta de una red de seguridad social provista por el Estado. El resultado fue una ciudadanía que no buscaba proyectos ideológicos, sino candidatos capaces de hacer el menor daño posible en el menor tiempo posible.

Ese pragmatismo ciudadano era comprensible. Pero tampoco dio resultados. Cuarenta años después, la desideologización de los partidos, la ausencia de programas de largo plazo y la incapacidad sistemática de ejecución produjeron algo más grave que la inestabilidad: produjeron indiferencia. Las expectativas ciudadanas y la confianza en las instituciones se fueron reduciendo hasta volverse casi invisibles.

Frente a esa desconexión creciente, la respuesta lógica habría sido construir un Estado más capaz: con recursos, reglas claras, capacidad real de atender a los sectores más vulnerables, como aquellos que pasan hambre. Sin embargo, no ocurrió y en cambio, resultó en el retorno de las ideologías, no como respuesta a las necesidades de la gente, sino como escudo para ocultar la falta de resultados.

Hoy, el debate político se estructura de nuevo alrededor de una dicotomía que parece inevitable: izquierda o derecha. Los posicionamientos se construyen desde ahí; la legitimidad de una postura se mide por su cercanía a uno u otro extremo, y los políticos se montan sobre plataformas de guerra cultural importadas de otros países, utilizando su supuesto compromiso ideológico para hacer menos visible su incapacidad de atender lo concreto. Se ha sobredimensionado el valor de las etiquetas, como si en ellas estuviera contenida la solución estructural que décadas de gobiernos no han podido construir. Es un debate intenso, constante y, con demasiada frecuencia, estéril.

Porque en el centro de toda esa discusión sigue ausente una pregunta incómoda: ¿la gente está comiendo o no?

La pregunta desarma la narrativa porque obliga a salir del terreno de la teoría y entrar en el de la realidad. Y en ese tránsito, muchas certezas empiezan a debilitarse. La evidencia cotidiana —la que no necesita estadísticas para ser visible— muestra algo que los debates ideológicos tienden a ignorar: que ningún modelo, por sí solo, garantiza bienestar si no se traduce en condiciones materiales concretas. La diferencia entre una discusión ideológica y una necesidad real es simple: la primera se sostiene en argumentos; la segunda, en el hambre.

Cuando esas necesidades no están cubiertas, el debate no desaparece, pero pierde sentido. No porque sea irrelevante, sino porque no responde. Y ese patrón no es nuevo: se repite, y todo indica que seguirá repitiéndose mientras la política hable un idioma distinto al de la ciudadanía.

Pensar que el próximo ciclo electoral será distinto sin modificar las condiciones de fondo, es una forma de negación. La pregunta que Guatemala necesita hacerse no es ideológica. Es funcional: ¿Qué está resolviendo realmente la política? ¿Qué decisiones están teniendo impacto en la vida de las personas? ¿Qué modelo —más allá de su nombre— es capaz de responder a lo básico?

No se trata de abandonar el debate político. Se trata de reordenarlo. De entender que la ideología no puede ser el centro si no está acompañada de resultados; que su valor no está en su formulación, sino en su capacidad de ejecución; que su legitimidad no se construye en el discurso, sino en la realidad de quienes viven bajo sus consecuencias.

La política debería ser evaluada por su capacidad de sostener la vida. Y sostener la vida, en su forma más elemental, implica garantizar lo básico.

Mientras eso no ocurra, el problema no será de izquierda ni de derecha.

Será de desconexión.

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