Autor: Aura Almira – Instagram: @almisfortune – Email: almisfortune@gmail.com – Editorial: youngfortransparency@gmail.com
Hace un par de semanas reflexioné sobre cómo el liderazgo femenino no empieza cuando ocupamos un cargo, ni cuando tomamos un micrófono. Empieza mucho antes, en decisiones íntimas que rara vez se reconocen como actos de poder.
En Guatemala, ejercer el derecho a no ser madre, especialmente cuando se trata de “anticoncepción” sigue siendo un tema incómodo, vigilado y juzgado. Pero cuestionar ese silencio es cuestionar quién decide sobre el futuro de las mujeres. Hablar de anticoncepción no debería ser un acto de rebeldía, pero en nuestro contexto, muchas veces lo es. El miedo y los tabúes siguen siendo causas directas de la falta de acceso a métodos anticonceptivos: miedo al juicio familiar, religioso o social; tabúes que convierten la información en culpa y la prevención en vergüenza. No es la falta de opciones lo que limita, sino una cultura que prefiere callar antes que reconocer la autonomía femenina.
Las consecuencias son evidentes: en Guatemala nacen alrededor de 158 niños de madres adolescentes cada día. Esta cifra no es solo alarmante, es el reflejo de oportunidades truncadas, proyectos de vida interrumpidos y decisiones que no siempre fueron libres. La maternidad adolescente no es una elección romántica ni un destino inevitable; muchas veces es el resultado directo del silencio, la desinformación, el miedo a hablar y a actuar.
En Guatemala existe un marco legal que permite que adolescentes, desde los 14 años, puedan acceder a métodos anticonceptivos. Sin embargo, el desconocimiento y el miedo pesan más que la normativa, y tener un derecho que no se ejerce por esos factores sigue siendo una forma de opresión.
Cada cuerpo es distinto, pero la discusión no debería centrarse en el miedo a los anticonceptivos, sino en la necesidad de más investigación científica con perspectiva de género. El que exista igualdad de elección y que tanto hombres como mujeres puedan tener más opciones para elegir su cuidado.
Conocer el propio cuerpo como mujer, informarse y acompañar las decisiones con criterio médico, son acciones que permiten elegir métodos adecuados y reducir o evitar efectos secundarios. Los anticonceptivos no son malos cuando se usan de manera informada y consciente; lo dañino es la desinformación y la falta de opciones.
La escasez de métodos anticonceptivos masculinos no es una casualidad científica, sino el reflejo de una medicina históricamente construida sin la voz de las mujeres. Apostar por la investigación científica liderada por mujeres y por el desarrollo de métodos anticonceptivos masculinos seguros y eficaces permitiría no solo equilibrar la responsabilidad reproductiva, también permitiría avanzar hacia decisiones más justas, saludables y compartidas.
Educación integral
La corresponsabilidad sigue siendo una promesa incumplida. Un hombre que se involucra en la planificación familiar no “ayuda”; asume lo que le corresponde. Sin alternativas reales para ellos, la carga seguirá recayendo sobre los cuerpos femeninos. Esto no es solo un asunto privado, es una desigualdad estructural normalizada.
Además, reducir la anticoncepción únicamente a la prevención del embarazo es una visión incompleta. Hablar de métodos anticonceptivos, implica hablar de infecciones de transmisión sexual (ITS), de autocuidado, de responsabilidad compartida y de salud pública. El silencio no solo expone a embarazos no planificados, también pone en riesgo la salud de miles de personas.
La falta de educación sexual integral y la persistencia del tabú tienen efectos profundos en la vida de miles de niñas y mujeres. Muchas jóvenes utilizan métodos anticonceptivos en secreto, temiendo más al juicio social que a las consecuencias de un embarazo no planificado. Ese miedo no nace del desconocimiento, sino de una cultura que castiga a quien decide informarse.
Parte de estas reflexiones nacen también del aprendizaje en espacios que sí se atreven a hablar claro. Mucho de lo que hoy cuestiono lo aprendí en un taller recibido por parte de “Úsala Bien”, donde la información se aborda sin moralismos, sin culpa y desde el respeto a la autonomía. Espacios así demuestran que hablar de anticoncepción no confunde: empodera.
El silencio no protege; limita oportunidades. Callar sobre anticoncepción perpetúa desigualdades y condena a generaciones enteras a proyectos de vida interrumpidos. Hablar de anticoncepción desde una perspectiva de liderazgo, es apostar por mujeres con mayor capacidad de decisión, independencia y proyección a largo plazo.
Liderar también es incomodar; es atreverse a romper estigmas y defender el derecho a decidir sin miedo ni culpa. El acceso a información clara sobre métodos anticonceptivos seguros, no debería ser un privilegio ni una concesión moral, sino un derecho básico.
Una mujer que decide no ser madre o decide cuándo serlo, no solo ejerce autonomía: ejerce liderazgo.
Sobre el Autor: Estudiante de Derecho del Centro Universitario de Occidente (CUNOC) con promoción y liderazgo en movimientos estudiantiles y sociales