Autor: Jennifer Paniagua – X: @jennypaniagua01 – Instagram: @jenny_paniagua01 – Facebook: @jennifer.paniagua.73 – Editorial: youngfortransparency@gmail.com
“No hay raza superior, señores. No hay pueblo elegido de Dios. No lo es ni Estados Unidos ni Israel. Ignorantes fundamentalistas de extrema derecha piensan así. El pueblo elegido de Dios es la humanidad toda” -Gustavo Petro
Las cifras detrás de la tragedia
Hay cifras que deberían ser imposibles de leer sin que algo se rompa dentro de quien las lee. Hasta el 30 de junio de 2026, al menos 21,700 niños habían sido reportados muertos en Gaza y otros 45,000 habían resultado heridos. Más de 11,000 sufren lesiones que pueden cambiarles la vida para siempre. Sin embargo, incluso escribir esos números resulta peligroso. Las cifras tienen una forma cruel de convertir personas en estadísticas.
21,700 niños pueden parecer únicamente un dato, hasta que se intenta imaginar que cada uno tenía un nombre, una cama, una madre que probablemente le acomodaba la ropa antes de salir. Niños que alguna vez lloraron por una rodilla raspada y que jamás debieron aprender a distinguir el sonido de una explosión. El problema comienza precisamente ahí: cuando una tragedia alcanza dimensiones tan grandes que la mente deja de imaginar personas y empieza únicamente a procesar números.
El hambre como forma de supervivencia
Desde octubre de 2023, Gaza ha obligado al mundo a observar imágenes que ninguna generación debería normalizar. Hay padres cargando los cuerpos de sus hijos, niños cubiertos de sangre y polvo, y familias buscando personas entre edificios destruidos. Los hospitales intentan funcionar bajo condiciones extremas, mientras poblaciones enteras deben desplazarse una y otra vez. Pero quizá una de las dimensiones más insoportables de esta tragedia sea el hambre. No el hambre utilizada como expresión cotidiana después de saltarse una comida, sino el hambre real, la que consume el cuerpo. Es la que obliga a una madre a dividir lo poco que tiene entre sus hijos. También transforma conseguir harina, agua o leche en una cuestión de supervivencia.
Para el período entre julio y diciembre de 2026, el sistema internacional IPC proyecta que más de 1.4 millones de personas enfrentarán niveles de crisis alimentaria. Esa cifra equivale a alrededor del 67 % de la población analizada. Hay algo profundamente doloroso en imaginar a una madre abrazando a su hijo sabiendo que todo el amor del mundo no puede alimentarlo. Puede sostenerlo, besarle la frente y decirle que todo estará bien. Pero no puede abrazarle el hambre hasta hacerla desaparecer.
El debate jurídico sobre el genocidio
Y frente a todo esto aparece una palabra que durante demasiado tiempo muchos evitaron pronunciar: genocidio. La Convención para la Prevención y la Sanción del Delito de Genocidio define este concepto mediante determinados actos. Estos deben cometerse con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso. Entre esos actos se incluyen matar a miembros del grupo, causarles daños físicos o mentales graves y someterlos deliberadamente a condiciones de vida encaminadas a provocar su destrucción física. Entonces, resulta inevitable formular una pregunta incómoda: ¿acaso no es precisamente esto lo que el mundo lleva observando en Gaza durante años?
La pregunta no nace solamente de la indignación. En septiembre de 2025, la Comisión Internacional Independiente de Investigación de Naciones Unidas concluyó que las autoridades y fuerzas de seguridad israelíes habían cometido cuatro de los cinco actos contemplados por la Convención, y sostuvo que existía intención específica de destruir, total o parcialmente, a los palestinos de Gaza como grupo.
Israel rechaza esa conclusión y sostiene que sus operaciones están dirigidas contra Hamás, no contra la población palestina. La Corte Internacional de Justicia todavía no ha dictado una sentencia definitiva sobre el fondo del caso presentado por Sudáfrica. Por ello, la determinación jurídica final sigue pendiente. Sin embargo, la precisión jurídica, aunque indispensable, no puede convertirse en una excusa para dejar de mirar lo que ocurre frente a los ojos del mundo. Mientras tribunales, gobiernos y organismos internacionales discuten cómo nombrar jurídicamente el horror, hay niños que únicamente saben que tienen miedo y hambre. Hay familias que han perdido sus hogares y personas que cada día descubren que alguien a quien amaban ya no está.
Responsabilidad internacional y apoyo militar
Estados Unidos tampoco puede describirse simplemente como un espectador distante; su respaldo militar a Israel ha sido sostenido. El acuerdo bilateral vigente contempla miles de millones de dólares anuales en financiamiento militar y cooperación para defensa antimisiles. Además, para mayo de 2025, el Ministerio de Defensa israelí informó que Estados Unidos había enviado cientos de aviones de transporte desde octubre de 2023. También había enviado decenas de barcos con más de 90,000 toneladas de armamento y equipo militar. Por eso resulta difícil escuchar discursos sobre libertad mientras se observan niños enterrados. También cuesta hablar de dignidad mientras una madre intenta alimentar a sus hijos con prácticamente nada. Es igualmente difícil insistir en la seguridad mientras familias enteras pasan la noche preguntándose si llegarán vivas a la mañana siguiente. Las palabras pueden explicar una alianza estratégica, pero ninguna palabra vuelve a levantar a un niño muerto. Ningún discurso justifica que una madre no pueda reconocer el cuerpo de su hijo, y ninguna bandera hace que una herida duela menos.
Las víctimas civiles no son objetivos
Reconocer todo esto tampoco significa borrar lo ocurrido el 7 de octubre de 2023. Los asesinatos y secuestros perpetrados por Hamás contra civiles israelíes fueron atrocidades. Los civiles israelíes tampoco debían convertirse legítimamente en objetivos solo por las decisiones de su gobierno. Pero, precisamente por eso, una atrocidad no puede convertirse en autorización moral para ignorar el sufrimiento de otra población civil. Un niño palestino no es Hamás. Tampoco lo es una madre que busca alimento. Un médico que intenta mantener con vida a un paciente no representa a Hamás, ni un recién nacido puede serlo. Los derechos humanos pierden todo sentido cuando empiezan a aplicarse según quién sea la víctima. También lo pierden cuando dependen de su pasaporte, religión, idioma o del lado de una frontera donde tuvo la casualidad de nacer.
El peligro de acostumbrarse al horror
Gaza también obliga a mirar algo todavía más incómodo que la guerra. Al principio, las imágenes estremecían; después, indignaban y, con el paso del tiempo, comenzaron a parecer conocidas. Quizá una de las formas más terribles de perder humanidad ocurre cuando la fotografía de un niño muerto deja de resultar insoportable porque ya se han visto demasiadas. La desensibilización no necesariamente significa apoyar la violencia. A veces es algo mucho más silencioso: mirar y continuar, cerrar la noticia, pasar el video y seguir deslizando. Así, las personas se convierten en números porque pensar en cada una de ellas sería demasiado doloroso.
Lo que el mundo decidió ver
Algún día probablemente se observarán las fotografías de estos años y alguien preguntará cómo pudo permitirse que ocurriera. Pero quizá esa pregunta sea demasiado cómoda, porque el mundo no solamente lo supo: también lo vio. Contempló a los niños, el hambre, los hospitales y los edificios convertidos en polvo. Presenció a padres gritando nombres entre los escombros y a madres abrazando cuerpos que alguna vez habían cargado vivos. Vio a gobiernos hablar de libertad mientras enviaban armas y observó aumentar las cifras prácticamente en tiempo real. Por eso, la pregunta ya no puede ser únicamente cuánto sufrimiento es capaz de soportar Gaza. También debe cuestionar cuánto sufrimiento puede observar el resto del mundo antes de dejar de sentirlo.
Tal vez la pérdida de humanidad no ocurre solamente cuando alguien dispara un arma. También ocurre cuando alguien observa las consecuencias y decide que todavía son aceptables, y ocurre lentamente cuando quienes están lejos empiezan a encontrar normal el sufrimiento. Cuando dejan de indignarse, de preguntar, de llorar y de sentirse atravesados por lo que ven. Porque si 21,700 niños muertos consiguen pasar frente a los ojos del mundo sin atravesarle el alma, quizá algún día ya no será necesario preguntarse cuándo comenzó la deshumanización. La respuesta será mucho más dolorosa: el mundo lo sabía, el mundo lo vio y ocurrió mientras todos miraban.
La historia alcanza uno de sus puntos más perversos cuando quienes invocan a Hitler para recordar hasta dónde puede llegar la deshumanización terminan justificando prácticas que obligan al mundo a recordar, precisamente, aquello que juró nunca repetir.
Valiente texto de una joven mujer guatemalteca que me permite saber que Guatemala tiene futuro y en su juventud sigue latiendo el espíritu de justicia y dignidad.