pero su ausencia tiene costo
Autora: Mercedes López – Instagram: @mercedeslopez_oficialgt -Editorial: youngfortransparency@gmail.com
Las fiestas patrias nos permiten ver en miniatura una cultura económica mucho más grande: consumimos recursos, los damos por garantizados y rara vez contabilizamos el costo que queda después.
Durante septiembre compramos, producimos, transportamos, cocinamos, vendemos, organizamos eventos, llenamos espacios comerciales y celebramos. Utilizamos agua para preparar alimentos, limpiar, producir, atender clientes, mantener instalaciones y sostener prácticamente cada actividad económica.
Y cuando termina la celebración, normalmente hacemos algo muy sencillo: dejamos de pensar en ello. El problema es que el agua no desaparece cuando dejamos de verla.
El agua tiene precio, pero su ausencia tiene costo.
Ese costo empieza a hacerse visible cuando una empresa no puede producir, cuando un restaurante no puede operar con normalidad, cuando una finca pierde una cosecha, cuando una comunidad debe recorrer mayores distancias para abastecerse o cuando una cadena de suministro comienza a encarecerse porque el recurso que sostiene una parte de su operación ya no está disponible en las mismas condiciones.
Por eso resulta extraño que todavía tratemos el agua como un asunto exclusivamente ambiental.
También es un asunto económico.
Y, cada vez más, es un asunto empresarial.
Los datos deberían ser suficientes para dejar de hablar del agua como si fuera un recurso garantizado. La Encuesta Nacional de Desarrollo en Salud (ENDESA) 2025 encontró que únicamente el 70 % de la población guatemalteca tuvo suficiente agua para beber cuando la necesitó durante el último mes. En el departamento de Guatemala la cifra fue de 83 %, pero existen territorios donde la situación es considerablemente más difícil. Además, el 52 % de la población utiliza fuentes de agua contaminadas con E. coli.
Es decir: incluso antes de hablar de escasez futura, Guatemala ya enfrenta un problema de disponibilidad y calidad del agua.
Y el escenario climático tampoco permite mirar hacia otro lado.
El INSIVUMEH informó recientemente que existe una probabilidad de entre 95 % y 100 % de condiciones asociadas a El Niño para el período de agosto de 2026 a marzo de 2027. Para agosto-octubre se prevén lluvias por debajo de los valores climatológicos esperados, particularmente durante la segunda mitad de la época lluviosa. El instituto también reportó déficits de precipitación de 29 % en la región Pacífico y Altiplano Central y de 17 % en Occidente.
Esto no significa que Guatemala simplemente “se vaya a quedar sin agua”.
Significa algo más complejo y, para quienes toman decisiones, mucho más importante: la disponibilidad del recurso será cada vez más variable y el riesgo será cada vez menos predecible.
Una empresa que depende del agua no debería esperar a que salga menos agua del chorro para preguntarse cuánto necesita.
Debería preguntárselo ahora.
Aquí resulta particularmente útil el trabajo de la economista Elinor Ostrom, Premio Nobel de Economía, quien estudió durante décadas la gestión de los recursos de uso común. Su investigación demostró que recursos como el agua no pueden gestionarse adecuadamente únicamente pensando en decisiones individuales: requieren reglas, coordinación, instituciones y mecanismos que permitan conciliar los distintos usos del recurso.
La idea tiene una implicación empresarial poderosa.
El agua no es solamente un insumo que se paga en una factura. Es un recurso estratégico cuya disponibilidad condiciona la capacidad de producir.
Una fábrica puede comprar maquinaria nueva. Un restaurante puede cambiar de proveedor. Una empresa puede renegociar un contrato.
Pero no puede sustituir fácilmente el agua que necesita para operar.
Y aquí aparece uno de los errores más frecuentes de nuestra cultura económica: confundimos precio con costo.
El precio es lo que pagamos.
El costo puede ser todo aquello que ocurre después.
Una empresa puede pagar relativamente poco por el agua que utiliza y, sin embargo, estar expuesta a costos enormes si la disponibilidad disminuye: interrupciones operativas, reducción de producción, aumento de precios, pérdida de proveedores, conflictos por acceso al recurso, deterioro de reputación o necesidad de realizar inversiones urgentes.
Lo mismo ocurre con los residuos.
Una botella de plástico puede costar unos cuantos quetzales.
Pero su disposición, recolección, transporte, tratamiento y eventual impacto ambiental tienen un costo que muchas veces no aparece en la etiqueta.
La economía tiene un nombre para parte de este problema: externalidades. Son los costos o beneficios que una actividad genera sobre terceros y que no necesariamente quedan reflejados en el precio de
mercado. En materia ambiental, esto significa que una decisión puede ser rentable para quien la toma y, al mismo tiempo, trasladar costos a comunidades, municipalidades, ecosistemas o generaciones futuras.
Por eso una pregunta empresarial más madura no debería ser solamente: ¿cuánto cuesta el agua? Debería ser: ¿cuánto le costaría a mi empresa no tenerla?
La diferencia entre ambas preguntas es enorme.
Y aquí septiembre nos deja una lección interesante.
Durante las fiestas patrias vemos con claridad una dinámica que repetimos durante todo el año: compramos agua embotellada, utilizamos productos desechables, producimos residuos, consumimos energía y organizamos actividades que requieren recursos.
No se trata de dejar de celebrar.
Se trata de entender que la eficiencia también puede ser una forma de celebrar.
Una empresa puede organizar una actividad sin convertirla automáticamente en una montaña de residuos. Puede evitar compras innecesarias, reducir plásticos de un solo uso, utilizar sistemas de abastecimiento más eficientes, separar residuos y medir el consumo de agua.
Puede, además, preguntarse algo que pocas empresas preguntan con suficiente seriedad:
¿Dónde está el agua que sostiene mi negocio?
Porque quizá no esté únicamente dentro de sus instalaciones. Puede estar en la finca que produce la materia prima.
En el proveedor que abastece sus alimentos. En la comunidad donde opera.
En el río que alimenta una cuenca.
En el acuífero del que dependen varios usuarios.
En la agricultura que sostiene su cadena de suministro.
Y aquí el problema deja de ser exclusivamente empresarial. Se vuelve sistémico.
Una sequía agrícola no se queda en el campo. Puede convertirse en menor producción, menor oferta, aumento de precios, presión sobre los ingresos familiares y problemas de abastecimiento.
La disminución de disponibilidad hídrica tampoco se queda en el nacimiento de agua. Puede afectar hogares, comercios, industrias, servicios y gobiernos locales.
Lo que ocurre con el agua termina recorriendo toda la economía.
Por eso hablar de sostenibilidad empresarial sin hablar de agua es, sencillamente, incompleto. Y aquí también debemos tener cuidado con el greenwashing.
Poner una hoja verde en el logo durante septiembre no convierte a una empresa en sostenible; gestionar sus recursos sí.
La sostenibilidad empresarial no debería medirse por la cantidad de publicaciones verdes que una organización hace en redes sociales, sino por las decisiones que toma cuando esas decisiones implican modificar procesos, invertir dinero, medir resultados o reconocer que un recurso tiene límites.
Una empresa resiliente no espera quedarse sin agua para empezar a gestionarla. Empieza antes.
Mide cuánto consume. Identifica dónde desperdicia. Reduce fugas. Mejora procesos. Reutiliza agua cuando sea técnica y sanitariamente viable.
Evalúa alternativas como la captación de lluvia donde las condiciones lo permiten. Analiza los riesgos hídricos de sus proveedores.
Trabaja con quienes comparten la misma cuenca.
Y entiende que proteger el recurso que sostiene su actividad no es filantropía.
Es gestión de riesgo. También es competitividad.
Porque en un contexto de mayor variabilidad climática, las empresas que sepan anticiparse tendrán una ventaja frente a aquellas que simplemente reaccionen cuando el problema ya esté encima.
Guatemala no necesita empresas que únicamente hablen de sostenibilidad.
Necesita empresas capaces de incorporarla a sus decisiones financieras, operativas y estratégicas.
Necesita empresarias y empresarios que entiendan que la naturaleza también forma parte de sus estados de resultados, aunque todavía no aparezca con esa claridad en una hoja de cálculo.
Porque un río contaminado puede convertirse en un problema sanitario. Un acuífero sobreexplotado puede convertirse en un problema productivo. Una sequía puede convertirse en inflación.
Una mala gestión hídrica puede convertirse en interrupción de operaciones.
Y una empresa que no entiende su dependencia del agua puede descubrir demasiado tarde que aquello que consideraba barato era, en realidad, indispensable.
Las fiestas patrias terminan.
Las banderas se guardan, los desfiles pasan y las actividades comerciales vuelven a su ritmo habitual. Pero el agua sigue ahí.
O debería seguir ahí.
La pregunta para nuestras empresas ya no debería ser únicamente cuánto pagan por ella.
Debería ser cuánto dependen de ella, cuánto están haciendo para conservarla y cuánto les costaría quedarse sin ella.
Porque el agua tiene precio, pero su ausencia tiene costo.
Y las empresas que entiendan esa diferencia antes que las demás no solamente estarán haciendo mejor negocio.
Estarán preparándose para el futuro.