Lo humano no necesita apellido
Por: Marolen Martínez
Hace unos días, caminando por la Avenida Reforma, me detuve frente a un anuncio que llamo mi atención: un curso llamado «Experiencia profundamente humana». Pensé que se trataba de algo espiritual o de crecimiento personal. Al leer con atención, descubrí que era un curso sobre servicio y experiencia del cliente.
Me quedé pensando. ¿Cuándo llegamos al punto de necesitar un curso para tratar humanamente a otro ser humano? Somos humanos, y lo «profundamente humano» debería ser simplemente cómo vivimos: saludar, escuchar, mirar a los ojos, ser amables. Que tengamos que ponerle apellido a lo que es natural nos dice cuánto nos hemos alejado de nuestras raíces.
Una decisión que invita a reflexionar
En estos días, la presidenta de Perú, Keiko Fujimori, ha dado pasos que han abierto conversación en toda la región. Su gobierno aprobó el reglamento que restringe de forma obligatoria el uso de celulares durante las actividades educativas en colegios públicos y privados. Además, anunció nuevos lineamientos de disciplina escolar que incluyen la expulsión de alumnos violentos, el combate al acoso escolar y la prohibición de maquillaje, pelo largo o pintado. El ministro de Educación explicó que también se establecerán criterios sobre el largo de las faldas del uniforme. Estas reglas todavía están en prepublicación y se aplicarán a los colegios públicos.
La presidenta sostuvo que estas medidas buscan establecer hábitos de disciplina que preparen a los estudiantes para asumir responsabilidades a lo largo de su vida. Más allá de las opiniones que despierten, la pregunta de fondo merece atención: ¿qué estamos formando en nuestras escuelas?
Disciplina no es castigo, es formación
Durante años confundimos libertad con ausencia de límites. Pero un niño sin límites no es un niño libre; es un niño desorientado. El uniforme, el respeto al maestro, la puntualidad y la presentación personal no son adornos. Son lenguajes que enseñan que pertenecemos a algo más grande que nosotros, que existen normas que cuidan la convivencia y que todos somos iguales en un mismo salón.
Aquí hay algo que como mujer y formadora de adolescentes quiero subrayar: cada etapa de la vida tiene su belleza y su tiempo. La niñez es para jugar, preguntar y soñar. La adolescencia es para descubrirse, no para parecer adultos antes de tiempo. Cuando adelantamos la etapa con maquillaje, modas y exposición propias de los mayores, les robamos algo que no se recupera: el derecho a ser niños y a ser jóvenes. Madurar no se logra con apariencia, sino viviendo cada etapa con plenitud.
La tecnología, una herramienta y no un sustituto
Nada de esto significa rechazar el progreso. La tecnología nos ha dado acceso al conocimiento como nunca antes. Pero una pantalla no abraza, no escucha ni consuela. Un celular puede distraer al estudiante, pero también puede alejarlo de la conversación en el recreo, del silencio para pensar y de la mirada de un maestro que cree en él. Aprender es, ante todo, un acto entre personas.
Somos seres espirituales viviendo una experiencia humana
Aquí volvemos al anuncio de Reforma. Creo que «experiencia humana» sí es una frase profunda, pero no por el sentido comercial. Somos seres espirituales viviendo una experiencia humana, y no al revés. Venimos con un propósito, con valores, con una esencia que ningún avance tecnológico puede reemplazar.
Volver a las raíces es recordar eso: que antes de ser consumidores, clientes o usuarios, somos personas. Que la educación no solo debe preparar para un empleo, sino para una vida con sentido, con respeto, con empatía, con fe y con propósito. Que la mejor «experiencia» que podemos dar a otro no se aprende en un curso, sino que nace del corazón.
Regresar sin retroceder
Volver a las raíces no es renunciar al futuro. Es construirlo sobre bases firmes. Un árbol alto necesita raíces profundas; si no, el primer viento lo derriba. Que la tecnología nos impulse, pero que los valores nos sostengan.
Padres, maestros, líderes y comunidades: tenemos la tarea de recordarles a los niños y adolescentes quiénes son y de dónde vienen. Si lo logramos, no necesitaremos cursos para ser profundamente humanos. Lo seremos simplemente, como siempre debió ser.