El costo invisible de producir nuestros alimentos
Autora: Mercedes López – Instagram: @mercedeslopez_oficialgt – Editorial: youngfortransparency@gmail.com
Cuando sube el precio de un alimento, solemos mirar el último eslabón: el mercado, la tienda o el puesto donde compramos. Pero el costo de lo que comemos empieza mucho antes. Comienza en el suelo, en la disponibilidad de agua, en la semilla, en el trabajo de quien cultiva y en la capacidad de transportar y conservar la cosecha. Cuando alguno de esos elementos falla, el efecto puede llegar a toda la cadena.
Guatemala tiene razones para mirar ese riesgo con seriedad. El 2 de octubre, el Instituto Nacional de Sismología, Vulcanología, Meteorología e Hidrología (INSIVUMEH) informó que los pronósticos mantenían una probabilidad del 100 % de condiciones de El Niño para los trimestres previstos hasta febrero-marzo-abril de 2027. La perspectiva climática de octubre también advirtió que la lluvia podría comportarse de manera muy distinta según la región, con posibles déficits de entre 60 y 200 milímetros en algunas zonas y acumulados importantes en otras.
El Niño no significa que todo el país vaya a sufrir la misma sequía ni que todos los cultivos vayan a perderse. Sus efectos dependen de la región, el calendario agrícola, el tipo de cultivo y las condiciones locales. Precisamente por eso, el pronóstico debe servir para anticipar decisiones, no para anunciar una catástrofe uniforme.
Las pérdidas ya registradas muestran que el riesgo no es abstracto. El Ministerio de Agricultura, Ganadería y Alimentación informó que 33,214 agricultores afectados por la sequía recibirían Q52.78 millones mediante el Seguro Agropecuario, con datos al 31 de agosto de 2026. Los productores están distribuidos en 288 municipios de 21 departamentos. La ayuda es importante para las familias que sufrieron daños, pero también deja una pregunta económica: ¿qué parte de esas pérdidas podría reducirse con mejores herramientas de prevención, adaptación y gestión del riesgo?
El impacto no se queda en la parcela. Un productor que pierde parte de su cosecha puede tener menos ingresos para comprar insumos en el siguiente ciclo. Un comerciante puede recibir menos producto. Una empresa que utiliza materias primas agrícolas puede enfrentar cambios en la disponibilidad, la calidad o el costo de abastecimiento. Y los hogares, especialmente aquellos que destinan una proporción alta de sus ingresos a la alimentación, tienen menos margen para absorber aumentos.
Eso no significa que cada episodio de sequía se traduzca automáticamente en precios más altos. Los precios también dependen de las existencias, las importaciones, el transporte, la demanda y la intermediación. Pero sí significa que una economía con cadenas productivas frágiles queda más expuesta cuando el clima altera la oferta.
A este riesgo se suma un factor ya conocido y que no depende exclusivamente de El Niño: la pérdida de alimentos a lo largo de la cadena. Un estudio de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y el Observatorio Económico Sostenible de la Universidad del Valle de Guatemala estimó una pérdida promedio del 13.83 % en diez cadenas de alimentos de la canasta básica estudiadas en el país. El análisis incluyó productos como maíz, frijol, arroz, tomate, cebolla, papa, banano, azúcar, huevos y leche.
Perder alimentos significa perder también agua, suelo, energía, trabajo, transporte y capital invertido para producirlos. En algunas cadenas, mejorar el almacenamiento, la manipulación, la refrigeración, la logística o la coordinación entre productores y compradores puede reducir pérdidas y conservar valor. No todas las soluciones sirven para todos los productos, y cada empresa necesita identificar dónde ocurre el mayor desperdicio y cuánto cuesta.