Entre el deber y el conflicto

La utopía del abogado

Autora: Andrea Jose Fuentes Hidalgo – Instagram: @andreaf._618 – Editorial: youngfortransparency@gmail.com

Cada 24 de septiembre, Guatemala celebra el Día del Abogado, una fecha que invita a reconocer una profesión indispensable para la consolidación del estado de derecho. Sin embargo, más que un día de celebración, es una oportunidad para detenerse y cuestionar lo que realmente significa ser abogado en nuestro país.

La abogacía conlleva una responsabilidad que trasciende el conocimiento de las leyes: exige interpretar, integrar y aplicar las normas comprendiendo que detrás de ellas existen valores y principios que dan sentido al derecho, de manera que el conocimiento jurídico, por sí solo, no determina la manera correcta de ejercerlo; corresponde al profesional encontrar, con base en la ética, el criterio que oriente sus decisiones.

Por lo tanto, la verdadera formación de un abogado no puede medirse únicamente por cuánto conoce, sino también por los principios que está dispuesto a sostener cuando deba decidir entre lo conveniente y lo correcto; por ello, esta responsabilidad adquiere mayor relevancia cuando se comprende que el derecho no existe únicamente para resolver controversias, busca establecer condiciones que permitan una convivencia pacífica y justa, de tal forma que el abogado participa en una labor que trasciende la defensa de intereses particulares, pues su ejercicio profesional incide en la confianza en las instituciones públicas, en la seguridad jurídica y en la legalidad.

Es precisamente por ello, el Código de Ética Profesional del Colegio de Abogados y Notarios de Guatemala, establece principios que deben orientar su conducta profesional, como el decoro, la probidad, prudencia, lealtad, independencia, veracidad, juridicidad, eficiencia y solidaridad.

Desafíos…

No obstante, el verdadero desafío es hacer de estos principios parte del ejercicio cotidiano del abogado, puesto que la ética profesional pierde todo sentido cuando se convierte en un conjunto de palabras que se aprende durante la formación universitaria y se olvida cuando aparecen intereses, presiones o beneficios personales. Es entonces que la probidad deja de existir cuando la conveniencia pesa más que la integridad; la independencia se vuelve una ficción, cuando el criterio jurídico se somete a influencias; y la veracidad pierde su significado, cuando se tergiversan los hechos.

Propósito…

Ángel Ossorio, en El alma de la toga, escribió una reflexión que debería acompañar a todo aquel que decide ejercer esta profesión: «En el Abogado la rectitud de la conciencia es mil veces más importante que el tesoro de los conocimientos. Primero es ser bueno; luego, ser firme; después, ser prudente; la ilustración viene en cuarto lugar; la pericia, en el último».

Lo que plantea Ossorio lleva a cuestionar una idea que, en ocasiones, ha reducido al buen abogado a su capacidad para memorizar normas, construir argumentos o alcanzar resultados favorables. Sin restar importancia a la preparación técnica, el verdadero valor de ese conocimiento se encuentra en la manera en que se utiliza, pues de poco sirve conocer las normas si ese conocimiento se emplea para dilatar deliberadamente un proceso, alterar los hechos, aprovecharse del desconocimiento de un cliente o recurrir a influencias para obtener un beneficio, de modo que, cuando esto ocurre, se desvirtúa el sentido del derecho y, al mismo tiempo, afecta la confianza que la sociedad deposita en quienes tienen la responsabilidad de ejercerlo y en el propio sistema de justicia.

Honorabilidad…

Es por ellos que la honorabilidad debe entenderse como el compromiso de actuar con coherencia y comprender que el prestigio de esta profesión no proviene de acumular conocimientos o resultados, sino mediante decisiones concretas que demuestren la integridad y valores del profesional.

Bajo esta premisa, ser abogado también significa tener la oportunidad de dejar una huella en la sociedad a través del ejercicio, debido a que cada actuación puede contribuir a fortalecer la confianza en la justicia o, por el contrario, a debilitarla, motivo por el cual asumir esta responsabilidad exige recordar que detrás de cada expediente existen personas con realidades que merecen ser tratadas con dignidad.

El verdadero reto de nuestra profesión no es ganar casos, sino ser abogados que hagan del derecho una herramienta para servir y garantizar una vida plena para los demás, de esta forma, quienes ya ejercen y los futuros profesionales tienen en sus manos la responsabilidad de preservar el honor de la profesión, demostrándolo más en la manera en que deciden ejercerla que en la acumulación de conocimientos de la ley, porque el éxito profesional trasciende los resultados favorables y se consolida por aquello que somos capaces de aportar, con integridad, a la sociedad.

En este Día del Abogado, más que celebrar, vale la pena renovar el compromiso de ejercer con honorabilidad, recordando que el conocimiento jurídico nunca debe estar por encima de nuestros principios y que cada decisión representa una oportunidad para actuar conforme a la justicia. Al final, si se elige esta profesión, que sea también para buscar una sociedad más justa y comprender que el bien común no debe ser únicamente una aspiración, sino una responsabilidad que asumimos para con nosotros mismos y frente a los demás.

La verdadera formación de un abogado no puede medirse únicamente por cuánto conoce, sino también por los principios que está dispuesto a sostener

1 comentario en «Entre el deber y el conflicto»

  1. Un análisis interesante, profundo, que abarca el punto central del verdadero motivo de una profesión que pilar de la sociedad de hoy en día.

    Seguí adelante, me encantaría leer otro análisis igual.

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