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La insatisfacción femenina

Las mujeres solemos sentirnos insatisfechas muy a menudo. Insatisfechas con lo que somos, con lo que tenemos, con lo que queremos.

Si tenemos el pelo negro, lo queremos rubio. Si lo tenemos corto, lo queremos largo. Si subimos un kilo, nos sentimos gordas. Siempre estamos mirando lo ajeno con más beneplácito que lo propio. Y comprando ilusión. Por eso existe la baba de caracol, la yesoterapia, el baño de lodo del Mar Muerto, el maquillaje y las cremas rejuvenece-doras, los perfumes desatapasiones, las planchas para acabar con los rizos y los pushups para acabar con los hombres. La insatisfacción femenina mueve millonadas cantidades de dinero, genera puestos de trabajo y, por ende, bienestar social.

Pero la insatisfacción femenina es nuestra peor enemiga cuando de relaciones de pareja se trata. Acostumbramos pensar que no somos lo suficientemente queridas y comprendidas por quien está a nuestro lado. Ahí empieza el problema, pues no hay cosa que haga huir a un hombre más rápido que una mujer que se muestra insatisfecha (cosa que sabemos expresar con gran histrionismo). El hombre aguanta casi todo menos percibir que no puede satisfacer a su mujer (o a la mujer de otro con la que él tiene un romance furtivo). Acordémonos que él es un macho, en el mejor de los casos un macho alpha, un macho beta, incluso, cuando no le da el cerebro y la billetera, un macho omega (que sigue siendo un macho), y por eso, en su naturaleza está el proveer a su mujer, proveerla de alimento, de seguridad, de protección, de satisfacción, de placer. Al percibir que no llega a cumplir con esos deberes que su propia naturaleza le ha designado, sentirá una inmensa frustración. Y querrá dejar de sentirla. En otras palabras, largará a la in satisfecha hembra que lo hace sentir insatisfecho, y vendrá el “necesito mi espacio” (o no hará sonar nin¬guna alarma y de buenas a primeras, estará con otra. Una que sonríe).

Es curioso observar que hasta en las películas pornográficas, el hombre no necesariamente emite sonidos, pero la mujer de todas maneras emite sonidos de placer. Sonidos que comunican satisfacción, que están dirigidos al hombre que atiende a esa mujer en ese momento (y a todos los que están mirando la danza a través de una pantalla). Puede ser que esos sonidos guturales, interjecciones, onomatopeyas e invocaciones al Dios Padre que ella produce, sean fingidos. Recordemos que un gran porcentaje de lo que percibimos como real está solo en nuestra imaginación. Tomemos en cuenta que ellos no tienen que querernos como nosotras queremos ni tener los gestos para con nosotras que nosotras tenemos para con ellos. Somos distintos. Por eso, queremos distinto.

No inventes insatisfacciones. Ya no hay razones para sentirnos las víctimas. Es más, son ellos, los hombres, los que podrían sentirse hoy en día las víctimas, pues estamos quitándoles los puestos de trabajo. Pero ese es ya otro tema. Por lo pronto, guarda tu insatisfacción para aplacarla en un centro comercial, a través del bis¬turí o teniendo un tórrido romance. Deja la cara larga para la sala de espera del ginecólogo. Y sonríe.
Las mujeres debemos entender la sutil diferencia entre ser una jodida y ser una insatisfecha.

Tomado del libro: Malabares en tacaon aguja de Josefina Barrón.

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