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La fórmula del líder

Se ha hablado mucho de IQ, el coeficiente intelectual,

como aquello que tenemos todos los seres humanos, unos en mayor proporción que otros, y que hace que unos sean mejor que otros, que tengan mejores resultados, que alcancen sus metas y que logren el éxito en la vida.

Para hablar de este tema es importante alinear el significado de la palabra éxito. Según definición de, éxito viene del término latino exitus (“salida”), el concepto se refiere al efecto o la consecuencia acertada de una acción o de un emprendimiento. Su raíz se hace más o menos evidente según el contexto en que usemos esta palabra, ya que muchas veces expresa “sobresalir”, “salir por encima de la competencia”, “salir de la oscuridad del anonimato”. Y entonces será que para salir, para sobresalir, es suficiente con un IQ alto? Será que con lo que un líder guarda, procesa y analiza en cerebro es suficiente para lograr el éxito?

Daniel Goleman, famoso autor del modelo de Inteligencia Emocional, dice en un artículo reciente (Why New LeadersFail), que el éxito es la suma del coeficiente intelectual (IQ) más el coeficiente emocional (EQ). Para Goleman el EQ tiene que ver con el manejo de la las emociones. Esto significa en términos de liderazgo, que “somos responsables por darle forma a los sentimientos de aquellos con quienes interactuamos – para bien o para mal”. Así, una gran capacidad o talento para relacionarnos – a lo que Goleman se refiere como inteligencia social – nos permite gestionar los estados emocionales de otras personas.

Goleman dice que la persona que envía las emociones en los grupos de pares (personas de igual rango), suele ser la persona más expresiva. En el caso de grupos donde hay diferentes rangos, es la persona con más rango quien determina la tendencia emocional, influyendo en el estado emocional del resto del grupo.
Es importante entonces, para el líder, ser consciente de su estado emocional y del impacto de éste en el resto del equipo, siendo su responsabilidad el estado mental del grupo.

De acuerdo con esto, Goleman dice que “muchas organizaciones que promueven personas de alto desempeño a posiciones de liderazgo encuentran que estos líderes fallan si les falta inteligencia emocional y social. Es por esto que pasar a un miembro del equipo a una posición de liderazgo requiere de un agudo conocimiento de nuestros estados mentales individuales y de los estados mentales de otros.

Goleman plantea tres aspectos a tener en cuenta para establecer esta “camaradería sincrónica”.
1. Pon toda tu atención. Al poner toda la atención en el otro, el otro se siente escuchado, validado, admirado, importante y valioso, lo que le permite un estado emocional potencializador, creativo y satisfactorio.
2. Sincronía no verbal. Al existir una sincronía no verbal, o dicho de otra manera, al sincronizarnos corporalmente con el otro, como cuando nos agachamos para quedar corporalmente a la altura de un niño, los cerebros y las emociones se sincronizan también, es como cuando en un partido “hacemos la ola”, en ese momento existe un contagio corporal que lleva a un contagio emocional.
3. Genera emociones positivas. Cuando el líder genera emociones positivas, simplemente las contagia y entonces impacta con ellas al equipo y sus resultados.

Cuando la fisiología del líder está en sincronía con la de su equipo, todos se sienten conectados, se sienten cerca, acogidos y seguros. Es en este estado, de “Sincronía
de Equipo”, que es posible liberar todo el potencial de sus integrantes, llevándolos al éxito acompañado de satisfacción y bienestar.
Escrito por: Mauricio Anaya Coach (PCC) – Consultor

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