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Familia y trabajo, balance que construye

Según datos del INE actualmente en Guatemala trabajan 45% de las mujeres de la población económicamente activa.  Por Lucía Legorreta de Cervantes

 

Al buscar algunas definiciones de “trabajo” encuentro las siguientes ideas: “esfuerzo físico y mental”; “producción de bienes y servicios”; “satisfacción de necesidades”; “medio para conseguir la perfección humana”; desarrollar cualidades humanas”; “derecho y deber”, entre otras. Esto me lleva a que el trabajo es necesario en el hombre, que lo dignifica como persona y que contribuye a su felicidad.

No cabe duda que es mucho el tiempo que se dedica a éste, para que te des una idea: si una persona vive 77 años y trabaja a partir de los 20 años un promedio de ocho horas, dedicará 19 años de su vida exclusivamente a trabajar.

Según datos del INE, actualmente en Guatemala  trabajan 45% de las mujeres de la población económicamente activa; considerando la economía informal me atrevería a afirmar que somos casi 90 por ciento. Esto sin tomar en cuenta el trabajo doméstico, en el que se calcula que las mujeres trabajamos 20 horas semanales más que los hombres.

Hablemos entonces de la familia, a quien la Declaración Universal de los Derechos Humanos define como “el elemento natural y fundamental de la sociedad y que tiene derecho a la protección de la sociedad y del Estado”. La familia ha tenido cambios sociales y demográficos notorios desde los años 60, durante los cuales existía un matrimonio más estable, pero que a la vez presentaba una falta de equidad en las relaciones de hombre y mujer, así como una falta de compromiso emocional del hombre con la vida diaria de sus hijos.

En el siglo XXI el panorama ha cambiado drásticamente. Es usual hablar de “familias” para destacar la gran pluralidad de tipos o estructuras existentes.  Familiares nucleares o biparentales de un hombre y una mujer casados en primeras nupcias y con hijos propios; parejas casadas en segunda o más ocasiones con hijos de parejas previas o de ambos; o bien parejas que cohabitan en unión libre (representan entre 70 y 85 por ciento).

Las familias monoparentales, formadas por una mamá sola, y en menor medida por un papá solo que se hace cargo de manera exclusiva del cuidado y educación de los hijos, ya sea por viudez, divorcio, separación, adopción de niños por adultos solos o maternidad en adolescentes, que representan entre 15 y 30 por ciento.

Vayamos pues al planteamiento inicial de este análisis, ¿qué es más importante en la vida de una persona: su realización profesional o su familia? Tanto el hombre como la mujer pueden amar su profesión por encima de todo y buscar una realización personal a toda costa, o bien amar por encima de todo a su familia y tomar el trabajo como un medio.

En mi opinión, el “trabajo debe estar subordinado siempre a la familia”; no hay paridad entre ambos, ya que el motor del trabajo es la familia, pero el motor de la familia es el amor. El fin de los esposos es la familia, y el trabajo es el medio que está al servicio de la familia. Si los fines se transforman en medios, dejan de ser fines; y si los medios se vuelven fines, la vida humana pierde significado y valor.

¿Dónde importa fracasar menos? Si se da un fracaso en el trabajo y el hombre o la mujer continúan siendo admirados y apoyados por su familia, podrá salir adelante. Si se da un fracaso familiar, existe la posibilidad de que el trabajo se vea afectado. Es más fácil rehacerse de un fracaso profesional que de una ruptura familiar.

Ahora que estamos iniciando el segundo semestre del año,  te invito a pensar como está este balance en tu vida, qué tanto tiempo le dedicas a tu trabajo, descuidando o sacrificando tiempo con tu familia.

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